domingo, 3 de abril de 2011

Diario de una provocación: vértigo







Entonces sus labios me rozaron, y con ellos, vinieron las turbulencias.


Las turbulencias, los mareos y el vértigo. Pero no un vértigo cualquiera, ni mucho menos. No era el tipo de vértigo que uno siente cuando el avión despega, ni cuando viene un terremoto y hace temblar el suelo bajo los pies, no. No era esa clase de vértigo que empuja a la náusea, a la debilidad, la palidez, -amarillento testimonio de la desesperación-.


Era más bien una especie de vértigo orgásmico, suerte de ebriedad desconocida, tan placentera que te lleva a temblar incontrolablemente, a contener un sollozo y quizás un desmayo, a gritar


o reír, o ambas cosas al mismo tiempo. -Menudo panorama-.




Entonces sus labios me rozaron y quise morderlos, con el ahínco con que se muerden las fresas hubiera capturado su lengua, para después pedir un alto precio por el rescate. Me habría lanzado a desabrocharle la camisa sin pararme a pensar en los botones, hubiera trazado un sendero de amargura en su pecho desoyendo sus jadeos, y juro que la culpabilidad no tendría cabida en mi mente ni en mi corazón...




...Ven, amor mío, vamos a suicidarnos esta noche. Mañana escucharé la sentencia y morirá la ilusión. Hoy no deseo estar sola. Necesito beber en tu llanto y embeberme de falso amor...




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