domingo, 10 de abril de 2011

Todo lo bello florece en primavera



Mevoyacallarmevoyacallarmevoyacallar. Y me encallo. Como un barco a la deriva que navega malherido, azotado por la tempestad, que da con sus huesos en un escarpado y mortífero acantilado. La tripulación cae por la borda: los marineros se ahogan y las sirenas los lloran. Pero yo no quiero llorar porque el llanto desborda, porque mis ojos enrojecen y parecen del barça: ojos azulgrana. Y todo menos eso, menos tener mirada futbolística, que nunca supe jugar, que prefería meter todos los goles en propia y mirar con desdén la portería contraria.


Quiero callarme y me caigo. Me caigo de la hamaca donde segundos antes estaba tumbada, achicharrada, con los muslos bailoteando despreocupados bajo el sol taciturno de abril. Que todavía no estamos en mayo y ya amenaza verano. Y yo febril en abril sin aguas mil. Eso es sufrir.


Pues bien, me caí -cosa rara-, y mientras mi hermana se retorcía de la risa, me dio por sonreír. Lo digo como si casi fuera un milagro. Como si la risa me estuviera prohibida por eso de que mi corazón está de luto. Serán las ganas de sobrevivir, o de sobresalir del agujero en que me pudro, en el que nos pudrimos todos, sin darnos ni cuenta, porque vivimos continuamente con los ojos entrecerrados.


Yo siempre tengo los ojos abiertos al mundo, y por eso vivo enamorada de él, aunque algunos días el sol se marche a hurtadillas y me deje a merced de la lluvia. Hoy luce resplandeciente y tibio, así que empleo mis horas perdiendo el tiempo como más me gusta: leyendo y garabateando en una libreta tonterías por doquier. Hasta el atardecer.


Me apetece cocinar y preparo un banquete. Me apetece viajar y compro un billete. Me apetece ser feliz, y lo soy. ¿Por qué pensar lo contrario? Me apetece oler las rosas que empiezan a florecer, y florecer yo a mi vez, junto a ellas, envuelta en rojos pétalos de terciopelo, protegida por una amenazadora corona de espinas, y que mis ojos, estambres altivos, adviertan: -se mira pero no se toca.


Quiero absorber hasta el último rayo de sol, ahora que el viento sopla en mi contra, y sentir el pelo libre agitándose como una bandera, mi bandera, que es la libertad. Soy libre pero no puedo evitar envidiar a los pájaros surcando el cielo a pesar del vendaval. Recuerdo que una vez me apodaron "golondrina". Me pregunto por qué será, -no creo que supiera que en los sueños soy capaz de volar, incluso de amar.


Mas no ahora, en este preciso momento, ahora más que nunca estoy anclada en el mundo real. Lo sé porque mi hermana se acerca a mi corriendo, con un gran globo azul en las manos, -de esos que flotan desafiando la gravedad, -y me alegro mucho de estar viva cuando, las dos a un mismo tiempo, lo liberamos de su acostumbrada cautividad. Y tras unos breves instantes de vacilación, el antojadizo globo remonta el cielo por encima de nuestras cabezas, y ambas lo seguimos con ojos soñadores hasta que roza las nubes y su azul se confunde con la inmensidad.

Qué hermoso final para esta historia. ¿No crees?


La vida nos regala una sola oportunidad.

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