jueves, 7 de abril de 2011

Diario de una provocación: los jueves todo puede pasar





Si hubiera de elegir un sitio para morir sería en tu regazo, acurrucada como una niña asustada que añora su infancia, que busca sin remedio el cálido afecto maternal. Y no, no me importaría yacer eternamente en posición fetal contra tu pecho, escuchando nítidamente los latidos nobles de tu corazón, -no siempre tan tranquilos como te gustaría- y asomarme a tu sonrisa de vez en cuando. Temblar con besos inmorales e inmortales que me sellan la frente y dejan los labios en suspenso vacilando en el aire. Y pierdo la consciencia con tu simple aliento entremezclado con el humo gris del tabaco, y me desmayo sin hacer ruido no vaya a hacerte daño.


Sigo el recorrido de tus manos con la mente; tú mientras tanto, sigues acariciándome la espalda, -mi punto débil, ay!- y me siento acogida y me siento querida y me siento sentada sobre la hierba, sobre la misma tierra.


Ya no tengo miedo, ya no tengo sueño, ya no tengo hambre, ya no tengo pulso, pero sí fiebre,


-maldita sea-. Tengo tantas ganas de besarte que se me deshace el deseo entre las piernas.


Y así, a fuerza de negarme, de reinventarte y soñarte, me conformo con lo poco de tí que me queda antes de ir a acostarme, y mañana ya no será jueves. Menos mal que no es jueves, me alegro de que no sea jueves. -Adoro los jueves.


Y menuda rallada quedarme callada, que los gritos me atacan y necesito expulsarnos, o matarlos, o quemarlos con mis llamas. Pocas alternativas para una enamorada.


Viajas en tren y te equivocas de andén, viajo en metro y me salto las paradas. Te necesito tanto tanto como solo un tonto podría necesitar algo. Te quiero odiar y no sé insultarte: me faltan verbos, me faltan letras para retratarte, y me quedo corta si te digo que asfixiarte con mi boca es el único asesinato que se me cruza por la cabeza. Sería fácil, sería una muerte literaria y devastadora, -no como la de Romeo y Julieta, veneno y puñal, que poca originalidad, dónde se ha visto semejante tragicomedia.


Tú dejas de comer, yo no dejo de zampar; tú abres un libro, yo cierro mi ingenuidad.


Me apetece volver a nuestro rincón ideal, construir una casa, construir un hogar, y acogerte en mis brazos cuando llegues triste, y arrojarme a los tuyos cuando quiera llorar.


Y así, poco a poco, voy viviendo de sueños y sigo viva porque soy inmortal.


Como reflexión seria, ahora puedo aseverar, que si fracaso como escritora, siempre podré ser limpiadora de gafas profesional...

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