jueves, 29 de diciembre de 2011

Fin




Como el libro que se cierra
y te deja en los ojos una huella húmeda
-tan difícil a veces de disimular-
así paso las últimas horas,
aprovechando los segundos con celo,
besando cada palabra dulce
mente dormida en los vaivenes del tiempo.
Quiero arrepentirme y quiero
desaprender ciertos recuerdos roncos,
rotos en mi corazón, de porcelana fría.
Puedo olvidarme de los ojos
que me hicieron daño y debo
hacerlo para no languidecer de hastío,
soledad, embrujo y abstinencia.
Juego al juego que me sé desde pequeña,
sin conocer las reglas, sin ganar nunca
porque soy mala con las trampas
y siempre me pillan cuando miento.
Conduzco un coche imaginario
viajo sin combustible, y conduzco
mis pensamientos más salvajes
a las orillas menos pobladas.
Recreo los nombres olvidados
como si se tratase de una adivinanza
y huelo la nostalgia en todas
y cada una de las empanadillas
que mi madre hace al horno en invierno.
Me visto con ropa nueva para no cansarme
de ver siempre la misma niña
mirándome desde el otro lado del espejo
con ojos de lentilla y flequillo oculto,
indomable melena ni lisa ni rizada,
labios ajados, tal vez huecos.
Leo en voz alta por las noches
para ahuyentar a los fantasmas y leo
siempre que el mundo me quiere ahorcar.
Abrazo mi perro de peluche grande
y grande es mi consuelo y mis sueños
siguen terminando en pesadilla.
Lloro despacito y tiemblo si pienso en eso
y en aquello, y eso otro, y lo de más allá,
porque mis errores han sido tantos tantos
que ya no tiene sentido creer que los Reyes Magos
vayan a traerme un cuerpo nuevo.
Muero con este año que se marcha y confío
en resucitar cuando suenen las campanadas
o mi tía se atragante con las uvas.
Para este año novato que se acerca
deseo desear menos y vivir más
y quizá envejecer despacio: sin fin.





lunes, 26 de diciembre de 2011

Yo lo llamo milagro

Brillaban

Deslumbraban

Hacían daño

Tienes los ojos del color hipotético

de los dioses en los que no creo

porque nunca me escucharon

Hoy te miro y sé no me hacen falta

Ellos: los invisibles, los buenos

¿los santos?

La poesía es vida,

las palabras, aliento

y nosotros, inmortales -como poco-

mientras las recitamos

Pide un deseo

Voy a volver de puntillas
de un lugar del que no quiero acordarme
porque se parece a ti y al sonido
opaco de tu risa entre dientes
y a las mariposas azules
que se escapan poco a poco
de tu lengua de brujo de Narnia.
Voy a entrar en tu vida a oscuras
para tropezarme con tantas
manos y brazos como pueda;
si caigo, tus labios amortiguarán mi caída
y si tiemblo, no sabrás
si sufro o si anhelo o si necesito
o si de repente tu beso me escuece
en algún lugar del que no quiero acordarme.
Voy a conmoverme cuando te marches
y voy a enfadarme si vuelves
con los ojos bajos a pedirme
un regalo que no te di entonces.
Cierra los ojos y aprende:
porque antes de que termine el año
quiero memorizar unos labios
que sepan alejarme de ese lugar exacto
de cuyo nombre no quiero acordarme.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Rubores estacionales






Huracán iracundo que estremece




adoquines sucios en las calles,




ya envuelve el corazón, ya ralentiza



los latidos de pulso renqueante.




No sé si es hoja en blanco mi vida,




o mas bien remolino; realidades




ocultas bajo alfombra de hojas secas




que fueron cabello de los árboles.



Enfrentarme no quiero a los colores,



en blanco y negro pinto los detalles,



el cielo en camisón de seda malva



cubre la desnudez de sus tirantes.



Sin piel regresaré a mis horizontes:



la noche bosteza; nunca es tarde.









sábado, 3 de diciembre de 2011

Última vez

Recuerdo aquel día como si hoy fuera entonces
y esa cama fuera esta cama
y esas manos fueran estas otras manos
que nunca te pertenecerán.
Nos recuerdo cansados y algo confusos
después de aquel juego hueco
que suponía el amor y sus vaivenes
y la posesión enfermiza de los cuerpos.
Si mal no recuerdo tus ojos abiertos
dudaban de la legitimidad
de nuestros actos y yo no podía
hablar y decirte que eso no era
lo que había leído en ciertas novelas.
Me recuerdo cohibida y aovillada
cubierta con el traje de mi piel,
sembrada de pálidos desperfectos
y te recuerdo maravillado
o dormido a la sombra
del vello sedoso de mi mente,
extrañado ante la estatura firme
del pez onírico tan lejos de tu ser.
Nos recuerdo y me asombro
de poder todavía evocarlo
con una nitidez absurda y irrepetible
como si fuera la primera y última vez.
No quiero más recuerdos que zapatos
en el armario y no quiero tu risa
ni tus sabores, ni la lengua salvaje
en la que hablábamos.
Prefiero recordarte solo a veces
cuando me miras despacio y me da por pensar
que estábamos equivocados
y que solo improvisábamos, en el fondo.

Filosofías que no son tales

La poesía porque va de dentro a fuera,

el sexo porque va de fuera a dentro.

Orígenes paralelos- un mismo fin:

desintegración absoluta de los cuerpos


* * * *


El amor, como la materia,

ni se crea ni se destruye:

solo se transforma.


Porque todo, al fin y al cabo,

forma parte de lo mismo:

ese puto átomo

que tienen todas las cosas.


* * * *


AVISO:


queda terminantemente prohibido

aquí y ahora

subir o bajar en marcha

allí y entonces

Permanecer junto a las vías

luego y donde sea

cruzar el andén.


Yo escribo poemas-escudo:

Atención señores viajeros

Es la ventaja de no tener

Peligro de muerte

más arma que mi piel.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Estideces de mi vida






Tras la cortina de lágrimas

el universo entero se vuelve abstracto:

palpitan las pupilas en el lago,

escuecen las mejillas con rabia

y las gotitas se deslizan sin prisa

nariz abajo, mentón, barbilla y nada.


Te veo en todos tus regalos,

en los osos-llavero, en los atrapasueños

en las gafas de ver-la-vida,

en las botas que te compraste

y luego no te gustaron.

Te veo en los gatos abandonados

en el chocolate milka,

en el suchard, en los kinder bueno

y en el envoltorio rojo del bombón

que aún no he probado.

Te veo en las fotos del verano pasado

y todos los anteriores,

haciendo muecas simiescas,

posando sin gracia alguna

-siempre fuiste demasiado natural

para esa clase de formalismos-.

Te veo embarazada de croquetas

y llorando con la lengua fuera

al haber caído en la trampa

de los pimientos del padrón;

te veo en la cama de al lado

silenciosa ruge-estómagos

y sé que estarás callada

hasta que te quedes dormida,

porque no te gustan las confesiones

con legañas en los ojos,

así que charlamos en sueños

para que nadie nos diga

que no somos las mejores

amigas de cuantas existen

en este planeta: tierra

pisada por un pie del 40

que guía mis amaneceres.






viernes, 18 de noviembre de 2011

Meditacciones






A veces pienso que si pudiera


me sacaría el corazón del pecho


y lo pondría a secar al sol


sin pinzas en los extremos:


tal vez así se lo llevase este huracán


de nubes y hojas amarillas


que es mi vida y la tuya, y la suya,


y la de tantos, muchos otros...


esos que pasean su malestar por las calles


y en vez de recibir aplausos,


o palmaditas de apoyo en la espalda,


son perseguidos por aquellos


que dicen ser honrados ciudadanos


y llevan a sus hijos a la escuela


donde las víctimas trabajan.


-No tenemos miedo-


reza en todos sus pancartas,


y me lo creo:


porque tienen soles pintados a golpes


en sus brazos cansados,


porque tienen tantas estrellas en los ojos


que no pueden cerrarlos


y dejarse llevar por la riada

de insensatez y desvaríos


que exhiben los políticos en campaña.



Por eso, si pudiera hacerlo,


juro que dejaría el corazón tendido


a modo de sábana en la terraza,


para que todos admirasen


sus costuras mal hiladas y los agujeros


que el tiempo va horadando a cada paso


en su blanca superficie:


será que las heridas sangran


de manera muy queda y sosegada,


será que este país se despereza


con ojos resacosos


después de una larga borrachera


apenas percibida de unos pocos.


Volvamos a vivir y


volvamos a salir de la cama:


-vomitemos la verdad para quedarnos a gusto,


queridos españoles de a pie,


estupendos vagos.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La mirada fantasma

Te miras. Estás mirándote a ti mismo reflejado en el cristal de la ventanilla del tren.
No te miro. Pero estoy mirando tu yo reflejado en el mismo cristal de la misma ventanilla en el mismo tren.
Entonces sientes el asedio de mis ojos en los tuyos falsos, que parecen asomarse desde el otro lado del cristal. Y tu otro tú me devuelve una mirada intensa, teñida de nostalgia y de: "quiero salir de aquí y hacerte pedazos".
En ese momento parpadeo y el contacto visual se pierde un instante. Al abrir los ojos de nuevo, tu reflejo ha girado la cabeza hacia la derecha, y contempla absorto mi propio reflejo, del que hasta ahora no había sido consciente.
Veo nuestros reflejos mirándose de refilón y sin prisas.
-Haced algo! !Moveos!-quiero gritar. -Pero ellos no me escucharían, porque son solo reflejos, sombras proyectadas en la nada.
Los miro mirarse entre sí y sonrío. Yo no puedo hacer lo mismo que ellos, y les envidio, porque sé que si miro a la izquierda tu no estarás.
Estamos pasando un túnel. Y al final del todo está la luz: nuestra enemiga íntima.
Tu reflejo se desvanece por fin. El tren se detiene, la puerta se abre y nadie baja.
Eres un viajero sin destino que siempre está esperando la parada adecuada.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Calles de acera inoxidable








Vas mendigando deseo por las calles,


calles mudas que hablan sin palabras,


calles que terminan en muros invisibles,


calles grises de luz asfaltada.


Madrid se vuelve opaca en sus matices,



la vida se concentra en un paraguas:


viajero irracional sin cicatrices,


milagro de color en la grisalla.


Todo tiene un olor a polvo seco,


por mucho que la acera esté mojada.


El sexo es quien os mira desde lejos:


ojos lascivos apuntan y disparan.



Los días grises de una sola nube


propician estos sucios intercambios:


tacón de aguja al pie de una farola,


palabras tabú en los diccionarios.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Besos literarios I: La lucha de titanes

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mi manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

(Julio Cortázar; Rayuela)

lunes, 24 de octubre de 2011

Si tiembla mi voz








Temblor si me miras frente a frente
temblor si descubres mis temores
temblor si penetras en mi mente
temblor si desatas tus amores.

Temblor si temblando susurras
adiós en lugar de un hasta pronto
temblor si tus ojos tienen hambre:
los míos no quieren estar solos.

Temblor en todas nuestras voces,
temblor en todos nuestros cuerpos.
Temblores que van y nunca vienen,
temblores que ya son solo versos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Inspiración malsana


Ya resuenan tercos, casi obscenos

mis pasos de tacón, sobre el asfalto.

Tengo la náusea a pedir de boca,

tengo el corazón hecho un guiñapo.

Ya son casi las dos de la mañana

y yo aquí comiendo jamón serrano

con galletas maría y pensando

qué milagro estar viva, qué puto asco


encontrarse en el metro a un tipejo

calvo, gordo, lascivo y trajeado,

que saca trozos de pizza del bolsillo

con manos grasientas, como un mago.


Noche de versos sin cicatriz,

ojos café con leche del pasado,

putas y ladrones familiares,

aliento fatal a whisky barato.

lunes, 10 de octubre de 2011

Carpe diem







Caminas. Ni muy deprisa ni muy despacio; simplemente caminas. En la quietud de la noche se escucha nítido el repiqueteo de tus pasos desiguales sobre el asfalto gris, sucio, mal adoquinado y siempre traicionero.

Tus pisadas son firmes y no se detienen nunca. Estás cansado, tienes frío y mucho sueño, bastante hambre y, lo que es más importante, demasiado tiempo que malgastar. Sabes que hagas lo que hagas llegará el día señalado, en el que te convertirás en tu propia sombra, -esa que adivinas a tu derecha al pasar por delante de una solitaria farola del parque-, y nada será como antes de saberte vivo, loco y mortal.

El soniquete de tus zapatos te resulta plácido y deliciosamente convencional. Cuando oyes ese ritmo tan distinto del silencio consigues acompasar los latidos de tu corazón, que ya no solo bombea sangre, sino ríos de pasión, desigualmente distribuidos por tu cuerpo.

Las voces han dejado de sugerirte maldades, y vuelcas todo el peso de tu mirada en el brillo de la luna, que está resplandeciente esta noche con sus velos transparentes de seda. La miras con cierta envidia y te apresuras a palpar la piel que te envuelve, tu cáscara fortuita. No te gusta, pero estás tan acostumbrado a vivir bajo su protección que has terminado conformándote con lo que la naturaleza te ha dado.

Una media sonrisa maliciosa salpica tus labios secos al recordar unos ojos selváticos reinventados en la memoria, que te persiguen en las más sabrosas pesadillas. Hundirse en ellos es perderse en el Amazonas, sin brújula y sin mapas, exponiéndote a sucumbir bajo las garras de las bestias salvajes.

Sigues caminando como si los relojes se hubiesen detenido de súbito y la noche fuese a durar para siempre. Metes las manos frías en los bolsillos del abrigo y descubres que te has gastado todas las monedas y ya no te queda nada que lanzar en el pozo de los deseos. Así pues, decides separarte de un viejo guante soltero desde hace varios inviernos, y al soltarlo en el agua, sientes como te quitas un verdadero peso de encima.

Él se aleja, con su olor a cuero y a pasado turbulento, y tú no te molestas siquiera en decirle un fingido adiós con la mano. No merece la pena. Mañana mismo irás a una tienda cualquiera y comprarás unos guantes cualquiera; pero eso sí, uno para cada mano.

Tal vez el marinero solitario haga una larga travesía para encontrar a su pareja. O tal vez nunca lo haga y, seáis simplemente, almas gemelas.

viernes, 7 de octubre de 2011

Hielo abrasador, fuego helado






Hace frío bajo el camisón suave

en esta habitación desmesurada;

ya los libros tiritan temblorosos

en su encuadernación de tapa blanda.


Hace frío en este corazón de azúcar

que pierde a cada paso el envoltorio

de camino al abismo de tu boca

que invoca este cuerpo transitorio.


Hace frío por dentro de la sangre

que recorre mis venas putrefactas.

Hace un calor tan frío que arrasa


hileras de botones a su paso,

dejándome desnuda y sin traje

que lucir en la nueva madrugada.








domingo, 2 de octubre de 2011

Imaginario sentimental








Correr, correr, correr

cada vez más deprisa

sobre el duro asfalto;

correr y agotar la vida

correr y morir despacio.


Pisar las hojas muertas

que despiden al verano,

pisar con fuerza, con la rabia

contenida en el pecho

estos dieciocho años.


Correr, correr, volar

cada vez más alto

hasta rozar lo etéreo

aunque tenga miedo

aunque sufra pánico.


Inventar tu figura

caminando sin prisa,

que acude a mi encuentro

con la misma sonrisa

en los labios entreabiertos.


Correr, correr, soñar

que un día nos detendremos;

correr, correr, seguir

corriendo hasta caer rendido
y eyacular estos versos.


martes, 27 de septiembre de 2011

No hay dónde






Desde dónde vengo.

Hacia dónde voy en este momento

y con estos ojos

llenos de luz en la tormenta.


Por qué son tantas las letras

que separan los morfemas

de nuestros verdaderos nombres.

Porque tenerlos los tenemos,

aunque los hayamos perdido

por no pronunciarlos lo suficiente

y tantas veces, hasta desgastar las sílabas

con el roce de las cuerdas vocales.


Cuándo vendrás a arrodillarte

a los pies de alguien ya moribundo,

tan penoso y frágil

que ha tocado fondo en el estanque sucio

del Retiro, y ni siquiera los patos

quieren saciar el hambre con sus restos.


Cómo sabré que no me adoras

en el silencio de tus ojos graves,

si me miras, tan perplejo y solo,

desde la torre más alta del castillo,

fortaleza inútil de cobardes.


Quién me dijo a mi que tú eras príncipe

que habría de quitarme el sueño

con un beso inexacto en los labios

y que me dormiría cada noche

escuchando una canción de cuna

en un idioma difente.


Desde dónde vengo.
Hacia dónde voy.

Hasta dónde llegaré

si mi dolor no tiene nombre

y se apellida jiménez.













viernes, 23 de septiembre de 2011

Instintos

¿Vienes?
Te adivino cerca
y vienen tus brazos de otoño
dejando caer las hojas secas
de tu melancolía.
Yo no sé
cómo atraparlas.
Se deslizan entre mis dedos
y no crujen una vez rotas
si las pisas descalzo.
Tal vez gritan.
Patalean las hojas
y languidecen, más tarde.
Y yo tengo ganas;
no sé de qué,
no son ganas de nada,
solo ganas:
tantas, tantas
que rozan el vértigo,
y que abisman los sentidos.
Ya solo quiero buscar abrigo
en los bolsillos anchos
de tu corazón desmontable,
quitarte la capucha a tientas
-aunque no llueva-,
y encarar octubre con calma
como si supiera que tú me perteneces
mientras huelan a castañas
asadas las pupilas en tus ojos
grandes, cálidos, amantes.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Zierzo






Dos copas de ron y medio litro
de cerveza más tarde
llegas a casa de tu abuela
con las uñas sucias y la cerradura
no quiere ceder a tus embistes.
Vas al baño, pones la radio de pilas
y mientras tarareas la canción
conocida, meas con ganas
como si todo fuera a desaparecer
al tirar de la cadena del váter.
Mandas los vicios a hacer gárgaras
de menta -con el listerine-
y piensas en lo forma rara
que tienen tus tetas por las noches
como si en vez de cimas de montañas
fuesen olvidados cráteres
con una chispa picuda
de lava roja y ardiente en el centro.
Por fin, la almohada en la cara,
das vueltas y más vueltas
y tus sábanas traman
la agonía blanca de tu muerte.
Imaginas un beso de hielo
en los labios acartonados
y sientes en la lengua un regusto
a desodorante malo y calcetines
que te provoca la náusea
misma que sintió en su día Sartre.
Vas a la nevera y bebes agua
a morro de la botella,
salvando el mal sabor de boca
con un pedazo de chocolate rancio
que aguardaba con malicia tu resaca
solo por complacerte.
De camino a la cama te cruzas
con el fantasma de siempre
que hace su ronda nocturna
con un empeño inédito
en su especie, y te saluda apenas
con un movimiento de cabeza.
Ignoras su mirada errante
dejas caer tu peso sobre el colchón
y no cambias de postura
por incómoda que sea.
Cuentas ovejas, leones y cebras
pero el sueño no viene.
Así que para cuando descubres
que clarea el cielo a través de las rayitas
horizontales de la persiana,
el despertador suena,
tus pestañas se derrumban
y por fin, te duermes.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Rendición






Con tu tacto tiembla todo
lo que antes era yo.

Tu boca abierta a-
tus ojos callan-do
re-inventando para
la sonrisa del sol.

Tu vida tengo en los dedos:
...do re mi fa sol la si do
















Complejo de Wendy



No las tienes todas contigo; y sin embargo, me miras.
Me estás mirando con los ojos muy abiertos, todo pupilas, enmarcados a fuego por un remolino de pestañas salvajes, leoninas, cazadoras casi. En esos labios que están a punto de suspiro han quedado atrapadas un centenar de preguntas, interrogantes sin respuesta que no dejan de acosarte un par de miles de veces al día. Y eso, sin tener en cuenta un margen de error que sin duda existe -aunque mi mente de letras no lo alcance a calcular-.
Sueño que me piensas las 23 horas que duran el día y la noche menos una, que es el tiempo que tardas en convencerte de que no deberías hacerlo, porque resulta una locura sin precedentes, un insistente quebradero de cabeza que no conduce a ningún lugar;
mientras, en un sitio no muy lejano, yo me balanceo sobre el hilo frágil que es mi vida. Alguien, que podrías ser tú o podrías no serlo, sostiene la cuerda firmemente, y lleva el recuento exacto de todos los pasos en falso, del vértigo y las dudas de última hora, así como de los minutos que restan para que dé el paso definitivo o salte al vacío.
El problema es que no quiero saltar todavía. Bueno, miento; cuando ya me dispongo a hacerlo siempre llega el pesado de turno (en masculino singular) que tira de la cuerda con todas sus fuerzas. Entonces vuelvo a retroceder hasta el principio, donde ya no tiemblo porque el suelo es firme, donde no hay peligro alguno si caigo.
La verdad es que le debo mucho a estos repentinos "Indiana Jones" que aparecen en mi vida para echarme el lazo cuando bien les viene. Sin ellos, andaría por ahí saltando abismos y metiendo la pata. Lo peor es cuando estos extraños individuos se hacen pasar por los otros, los hermanos gemelos malos (esto está muy de moda, es el antagonista del personaje bueno cuya diferente estriba en que viste de negro, véase Spiderman). Estos malévolos rufianes son todos esos individuos (en masculino plural) que te tienden las mano en el momento de mayor vulnerabilidad, y juegan contigo mientras les parece oportuno; después, simplemente, o bien te ponen la zancadilla en mitad de la cuerda, o bien te dan una patada en el culo.
En fin, resumiendo: yo lo que de verdad quiero es que una noche apacible del mes de septiembre, una sombra fugaz se cuele por mi ventana abierta, y su propietario sea el mismísimo Peter Pan, que ya cansado de contarles historias de piratas a los niños, venga a cantarme una nana. Pero, antes de cerrar los ojos, le pediré que me dé un puñadito de polvos mágicos, para seguirle a tientas a dondequiera que vaya.
Volaremos por encima de Madrid mientras duerme, nos comeremos de camino un pedacito de luna para que no vuelva a estar llena; y lo que es más importante, a partir de ahora, "Nunca Jamás" será "Siempre Siempre".

domingo, 11 de septiembre de 2011

Mi edad de la inocencia




Se han marchado los niños, dejando a su paso un rastro de juguetes en la alfombra de hierba. Me siento a escribir como ese niño travieso que baja la empinada cuesta a toda velocidad con su bicicleta; los dos compartimos algo, los dos llevamos una misma marca en la sangre: la inocencia genuina de los espíritus temerarios, la valentía insospechada de los más débiles, la tendencia a cometer locuras dispares sin medir las consecuencias. Por eso no cambiaría por nada del mundo mis rodillas maltratadas de cicatrices, ostensible recuerdo de las heridas de infancia.
Mientras garabateo distraídamente en la libreta, -los niños juegan al pilla-pilla, el cielo se nubla y amenaza tormenta-, un gracioso bebé ha ido avanzando a trompicones hasta mi pierna, y ha encontrado un lugar donde quedarse: el vuelo de mi falda. Sus balbuceos ininteligibles resuenan en mi cabeza como gritos de auxilio. Le miro fijamente, intentando adentrarme en sus ojos grandes, muy grandes en esa carita tan pequeña de sonrosados mofletes, y por fin distingo un ramalazo de complicidad anclado en el fondo de ese estanque donde no hay peces, sino vida; una vida nueva como un milagro obstinado que crece sin ser consciente todavía de su presencia en el mundo.
Entonces, una sonrisa brota espontáneamente de mis labios hasta hacerse amplísima, y él me corresponde sin dudar un segundo, y comienza a reír, a dar palmas, a contagiarme su inusitada alegría. Así pues, sostengo su minúscula manita entre las mías y suspiro sin remedio.
De los árboles despistados han empezado a caer lentas las hojas. Es el verano que termina...

Parpadeo



Arena diluida en los labios
-un rumor nuevo detrás
de la lengua y bajo el paladar-
que agita el pulso de las cuerdas
vocales, y ya todo tiembla
en un corazón metálico
donde no caben rimas en consonante
ni acordes, ni agujeros,ni palabras quedas.

Dormir en mis sueños y soñar
que no duermo en esta cama
sino tres planetas más lejos
de la Tierra,
y que todas las noches la miro
hipnotizada, deseando morderla
un instante solo,
antes de que siga girando
y mueran las cuatro estaciones
de un año de mi vida:
365 días, 6 horas y 9 minutos
esperando renacer de mis cenizas,
sin levantar polvareda.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Batidos de chocolate y otros placeres lentos



Se escabullen deprisa los minutos
en esta tarde sabática
de un sábado cualquiera de septiembre.
Parece mentira cómo giran nuestras vidas
en torno a medio churro
olvidado en el plato,
y somos como dos vasos vacíos
de batido de chocolate
y sendas pajitas verdes.
Todo pasa, y sin embargo
seguimos aquí, sentadas,
-repantingadas, en este sofá marrón-
imaginando qué escribirá la mano
del señor estirado con bigote.
Ya solo esperamos,
con nuestros sueños miopes
al veterano camarero
que viste uniforme blanco,
¿cuándo nos traerá la cuenta?
¿dónde se habrá dejado el barco...?
Demasiados interrogantes sobran
en este café decandentista
-tan comercial en el pasado-
de la glorieta de Bilbao
donde palpita la Historia (con mayúsculas)
y otros muchas historias pequeñitas
de personajes de libro
que aquí, como nosotras, se citaron.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Retazos de una vida: mi primer amor



No solo una foto de una foto, sino más bien un recuerdo de algo mucho más intenso que un recuerdo. Una imagen de hace una década que conserva intacto su olor, el por qué de su perseverante existencia, disimulada entre las páginas anodinas del álbum de mi primera comunión.
Mi perfil aniñado no es consciente del sentimiento que despierta, no sospecha siquiera que alguien, desde su posición privilegiada de observador mudo, admira calladamente los rasgos delicados de una criatura frágil, apenas un pajarillo blanco que esconde las alas como si se avergonzase de ellas; como si solo él fuera consciente de que, si no lograba atraparla en aquel preciso instante, ya nunca más lo conseguiría. El gorrión no tardaría en emprender el vuelo, y volaría tan alto como un águila.
En sus ojos de niño trazados al carboncillo han quedado congelados todos los juegos de infancia, todas las ocasiones en que se vestía de príncipe para rescatarla del dragón. En sus labios desborda un ensayo de sonrisa, una sonrisa traviesa, pícara y demoledora, una sonrisa que invita a sonreír. Su rostro de piel tostada no es capaz de ocultar el arrebol de las mejillas y las graciosas e inevitables orejas de soplillo.
Me quería. En ese momento me quería tanto como yo nunca pude quererle a él. Y sin embargo, fue mi primer amor, mi primer amigo, la primera víctima inocente de las muchas cartas sin respuesta que le envié con el paso de los años.
El aliciente fortuito de su mirada, que quemaba tanto o más que el hielo, dulcificaba mi espera, la espera eterna del que sabe a ciencia cierta que lo que anhela nunca llega y, pese a todo, respira hondo y persevera.
Nunca me di por vencida porque tenía esta foto. Nunca querré a nadie con la misma fuerza obcecada e infantil, y al mismo tiempo, tan inesperadamente tierna...

viernes, 12 de agosto de 2011

Estigma

Cuando era pequeña
me daba miedo cruzar
el puente de la M-30,
odiaba a los niños
ladrones de meriendas,
temía a los dragones
que raptaban princesas,
y veía fantasmas
que bajaban la escalera.
Entonces llegaste tú
con tus ojos de gato
y las manos de cera
fundiendo la amargura
sin sonreír apenas.
Me regalabas juguetes
y tu amistad verdadera
en el asiento del bus
o en la odiada academia
donde sacábamos treses
en exámenes sorpresa.
Cuando era pequeña
ya me parecías grande
Ahora que he crecido
tú me pareces inmensa.

domingo, 7 de agosto de 2011

Llano me das miedo

Decenas
cientos
miles
millones
de girasoles despistados
inclinan sus doradas cabezas
de cráneo pelado
ante la luna
del coche solitario
que atraviesa raudo
la Mancha en el mapa
que supone Castilla.

viernes, 1 de julio de 2011

Alucinaciones






Estamos en la cama. Es verano.
Y pienso:
-Bendito seas por siempre, Sudor.

* * * *



Quiero echarte de menos,

pero el corazón

no da para más.



* * * *



Te mataría, sí...

¿Mas no es mayor tortura

la de escuchar mis versos?

* * * *



Embestida por la soledad

me siento desnuda

en un banco del parque.

No te escondas, amor,

conozco todos tus disfraces.



* * * *


Vestido verde musgo

un mechón suelto de mi pelo

ojos que no ven

cosquillas en la nuca

Otra ciudad en otro tiempo.



* * * *


Cocina francesa:

queso

que solo es queso

con olor y textura

a beso.


* * * *


Lucha versus versos

y pierde

rítmicamente.


* * * *


Si yo fuera yo

no me fiaría de mí

siendo tal y como eres

tan distinto de ti.





* * * *
































domingo, 19 de junio de 2011

Mi pequeña Alegría



A pesar de conocerla desde hace una eternidad, siempre he temido dibujar su retrato con mis palabras, temerosa de apagar esa chispa que arde infatigable en sus pupilas.
Hoy, realmente me creo preparada para hacerlo.
Decididamente, quiero conservarla así: tumbada despreocupadamente sobre la hierba mojada, con sus interminables piernas enfundadas en unos anchos vaqueros descoloridos, su porte sereno, atento y perspicaz, la mirada perdida en el mundo de los pensamientos. Sin intercambiar una sola palabra, sus ojos oscuros me devuelven una mirada cálida, entre alegre y taciturna, a veces soñadora y otras, demasiado franca, desprendida y confiada.
Mientras adivina todos y cada uno de los destellos fugaces que cruzan por mi mente, se dedica a deslizar sus dedos delicada pero decididamente entre sus rizos rebeldes, imposibles de peinar y al mismo tiempo, fáciles de adorar.
No recuerdo un solo día en que esos mechones deliciosamente enredados no hayan flotado tras su espalda, escondiendo secretos insospechados y risas fugaces.
Todavía mantengo la esperanza de que pierda el miedo a ser querida, pues la falta de cariño se hace nítida en sus pasos firmes pero inseguros, los saludos ariscos, las torpes despedidas, e incluso y muy a mi pesar, en los besos ocultos en algún rincón de su ser.
Su corazón, malherido desde hace tiempo, busca refugio en abrazos ajenos, mientras su cuerpo espigado como un junco arrastra un pesar tan terrible que ni siquiera sus hombros delgados pueden disimular. Su andar resuelto y elegante, desprovisto de ataduras, posee una solidez inquebrantable, que acompaña a la repentina lucidez de su piel aceitunada.
Apenas deja entrever esa debilidad infinita tras la densa cortina de sus pestañas altivas, y a ratos, una media sonrisa enigmática brilla en sus pupilas negras, irradiando firmeza, ímpetu y tempestad, tal vez una brizna de esperanza.
La conozco como ninguna otra persona, pero no puedo presumir de ser digna de su total confianza; solo en ciertas ocasiones, cuando un denso silencio acompaña nuestras veladas habituales, ella comienza a hablarme con su voz ávida de arrepentimiento de sus extravagantes vivencias, sus pecados inconfesables y deseos más recónditos.
Sin embargo, ella si acertaría a ser una única en el mundo a la que jamás he tratado de esconder mi verdadera esencia, mis múltiples desvaríos y miedos secretos. Es más, estoy prácticamente segura de que lo sabe todo sobre mí, y que sus oídos atentos alcanzan a escuchar el eco de mi memoria, a distinguir las mentiras espontáneas de las verdades más atroces.

A pesar de no ser las amigas perfectas, somos incapaces de vivir separadas.
Es como si nuestros corazones latiesen al unísono, fuesen testigo del manso flujo de unas vidas jóvenes, todavía inmaduras, frágiles y por inventar.
Su rapidez mental deja muy atrás mis tristes conocimientos, y no puedo evitar sentirme completamente a su merced. Su sagaz resolución me desconcierta.
Aunque tengo un año más de experiencia en la vida, a su lado soy como una niña encaprichada que solo quiere reunir el éxito suficiente como para ser merecedora de una torpe felicitación.
Incluso en mi terreno soy superada. No puedo evitar entristecerme al saber que ella seria capaz de superar mi talento literario con tan solo un chasquido de sus dedos. En ella, componer versos sutiles y armoniosos siempre fue un don extraordinario, así como dibujar con su mano diestra perfiles intrincados y detalladamente hermosos. Incluso los instrumentos musicales se doblegan grácilmente a su voluntad de acero.
Pero nada de eso importa cuando reímos juntas sobre cualquier ocurrencia ingeniosa, victimas de un ataque de libertad que no podemos abarcar con palabras. Solo mientras unimos nuestros deseos imposibles, estos se hacen reales en el horizonte, y por mucho que el tiempo pase, nuestra amistad continua viva.
Día tras día, voy sumergiéndome poco a poco en sus continuas extravagancias, sus graciosas manías y la inagotable fuente de imaginación que es su cabeza llena de pájaros. No creo que exista en el mundo alguien como ella.
Creo que le tengo demasiado cariño a sus caprichos espontáneos, tan ingeniosos como sus terribles enfados, pues si hay algo que le sobra es el genio.
Posiblemente, el día en que mi mejor amiga deje de llevar coloridos calcetines dispares y estrafalarias pulseras atadas a las muñecas, la habré perdido.
Me gustaría que no cambiase jamás, en ninguno de esos aspectos tan maravillosos que la hacen ser una persona tan absurdamente especial.
Incluso en su pasión desenfrenada por la música sigue siendo un misterio para mí; los estrambóticos grupos que un día fueron sus ídolos, se convierten al poco tiempo en simples rostros de un póster olvidado tras la puerta de su caótica habitación.
En algunas ocasiones, su glotonería insaciable me recuerda nuestra niñez; y tan solo verla así, los labios y las manos manchadas de chocolate y la risa despreocupada, tierna e infantil, me llena de su alegría contagiosa.
Sus modales inmaduros y torpes poseen ese encanto despreocupado y vivaz que deja escapar libremente a través de cada poro de su piel.
Su pueril impaciencia destaca orgullosamente sobre su vehemente seriedad, y aunque en ocasiones puede ser despiadadamente fría, su mirada huidiza rebosa de sentimientos níveos que se hacen difíciles de ocultar. Tiene un corazón tan grande, que cuando despierta de su pereza habitual, puede hacer estremecer un alma con su bondad. Recuerdo que cuando éramos pequeñas jamás me negó nada; repartía sus juguetes como si fuesen caramelos, pues, ya entonces, mi mejor amiga había comprendido que la amistad es mucho más importante que cualquier otra posesión material.

Lo que me sorprende es mirarla ahora, y tratar de descubrir en ella a esa niña menudita y de ojillos inocentes de cervatillo asustado, cabellos cortos y más bien poca cosa, que apenas si abría la boca en su acostumbrada timidez.
Finalmente, salió del cascarón para convertirse en un pájaro exótico de alas multicolores que pueden deslumbrar al mismo sol.
Después de todos estos años, si de algo debo sentirme orgullosa es de formar parte de ese diminuto universo que es mi amiga Estíbaliz, y en el cual decidí sumergirme hace mucho tiempo, un día aciago en el que me encontraba mortalmente sola, y quisieron mis pasos conducirme hasta un asiento desocupado del autobús escolar, junto a una niña de sonrisa inalcanzable y corazón de cristal…

(Escrito en junio de 2009)

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada



La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, tal es el título con el que Gabriel García Márquez inaugura un auténtico universo literario donde los elementos fantásticos, míticos y legendarios se combinan perfectamente para dar lugar a una visión genuina americana, la del Realismo mágico.
Las letras hispanoamericanas nacieron en el siglo XV, concretamente gracias al descubrimiento de Cristóbal Colón, primer cronista de Indias, que narra desde su experiencia personal la descripción de estas tierras desconocidas, proyectando todas sus expectativas idílicas. Por tanto, queda atestiguado que ya desde un comienzo «América se ha visto más con la imaginación que con los ojos».
El mismo Carpentier, en su prólogo a El reino de este mundo, hace un llamamiento al novelista americano, que ha de convertirse en el nuevo cronista de Indias, un cronista alejado de los testimonios de los visionarios, que no hicieron un esfuerzo real por conocer el Nuevo Mundo de primera mano, sino que se dejaron llevar por las directrices del pensamiento europeo. El continente americano deja de ser un lugar extraño para convertirse en el Paraíso, y el indígena encarnará el ideal del “buen salvaje” descrito por Colón, que haciendo gala de su generosidad, recibirá el adoctrinamiento religioso consabido. De este modo, no es posible ignorar la violencia ejercida por el colonizador, la violencia, por tanto, del origen americano. El Realismo mágico es sin duda una vuelta al pasado, un retorno a la visión primitiva y legendaria.
Podemos decir, que el Realismo mágico es la mitología de América. Así, en el relato de la cándida Eréndira, las resonancias míticas son remarcables. En primer lugar, todo nos lleva a pensar que los nombres de los personajes no son fruto de la casualidad. La protagonista, Eréndira, hereda el nombre de una legendaria princesa de la nobleza tarasca del siglo XVI, época en la que los españoles llegaron a Michoacán, en México. Su figura, desafortunadamente desconocida, fue la de una valiente guerrera que combatió a los conquistadores. Tampoco podemos olvidar que la inocencia de Ulises, «no solo le cambia el humor, sino también la índole», lo que se traduce en el nombre con el que el joven bautiza a su amada: “Arídnere”. No hace falta ir muy lejos para descubrir la similitud de este con “Ariadna”, protagonista femenina de una de las leyendas de la mitología griega más conocidas, la de Teseo y el minotauro.
Tampoco es gratuita la aparición de los Amadises en este singular relato. Con esta presencia queda demostrado que «los libros de caballería se escribieron en Europa pero se vivieron en América». Todos los personajes profesan cierta admiración sagrada por este antepasado, mentado por la abuela incluso como Amadís el grande.
Si acudimos al personaje de Ulises, la referencia mítica es aún más evidente. El mismo autor lo describe como «adolescente dorado de ojos marítimos»4. Esta alusión nos recuerda al navegante que emprende un viaje fantástico a través de los mares, narrado por Homero en su famosa Odisea. Por lo tanto, algo que no podemos olvidar es que la historia trazada por Gabriel García Márquez es la de una larga travesía por el desierto, un verdadero éxodo que a Eréndira se le antojará interminable (a pesar de estar fechado el momento en que terminará de saldar su deuda con la abuela) y, que además, le lleva a proyectar sus esperanzas más allá del mar, como si este último fuera un símbolo de libertad.
Esta evocación del éxodo no es la única referencia bíblica que encontramos en el relato. Algunos detalles sorprendentes irán descubriendo continuas conexiones con el que ha sido durante varios siglos el máximo argumento de autoridad, ya que no fueron pocos los visionarios que contemplaron América como si se tratase del verdadero Paraíso terrenal. De este modo, se encadenan sin cesar una serie tras otra de milagros que no deberían despreciarse: recordemos cómo Ulises roba el fruto prohibido, en este caso, la naranja, que guarda celosamente en su interior un diamante, que no solo es un objeto perfecto para el contrabando, sino que simboliza la promesa de riquezas para los jóvenes enamorados.
También somos testigos de la fuerza excepcional que tiene el sentimiento del amor para Ulises, pues adquiere incluso la capacidad de cambiar de color los objetos de vidrio, ese vidrio molido que dice tener Eréndira en los huesos. Sin embargo, antes de partir, el padre de Ulises le anuncia que pesa sobre él una maldición, similar a la fatalidad que persigue a Eréndira, de la que solo logrará librarse al final de la historia, venciendo por fin al viento de la desgracia, saliendo de la cárcel en la que ha vivido toda la vida enjaulada, y llevando consigo el chaleco de oro que había pertenecido a su abuela.
He aquí otro elemento que nos remite al mito americano: la búsqueda de oro. A saber, una de las leyendas más conocidas es la de El Dorado, mucho más que una fábula a los ojos europeos, ya que fueron numerosos los exploradores que recorrieron América del Sur de un extremo a otro en pos de este reclamo. En La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, el personaje de la abuela refleja este ansia por alcanzar la riqueza por encima de todo, el materialismo exacerbado, minucioso y egoísta, que no es sino una metáfora de los países que a lo largo de la historia han esclavizado a América, bajo el yugo del interés económico más tirano.
Eréndira es, a todas luces, el silencio al que se han visto sometidas las voces de los americanos: del indígena primitivo al que se le impuso por la fuerza una cultura que no era la suya, del criollo que en busca de la independencia protagonizó violentas insurrecciones, de los escritores ilustrados como Andrés Bello y de los románticos, como Echeverría; de todos aquellos que son y han sido herederos de la gran pregunta acerca de la identidad, que tantas veces ha tratado de solventarse intentando hallar la expresión propia en el terreno literario. Gabriel García Márquez no disfraza la verdad, solo la refleja en los ojos cándidos de una niña huérfana de catorce años.

viernes, 17 de junio de 2011

Rostros de mujer. -Trece años-



La forma redondeada de sus rodillas ligeramente erguidas sobre la colcha azul resultaba inverosímil, tan deliciosamente ambigua como la distribución desigual de las pecas en su rostro aniñado de mujer. Sus pestañas aleteaban con impaciencia, como el vuelo apresurado de las golondrinas al caer la tarde, y los dedos de los pies yacían inmóviles como cadáveres de peces en las aguas de un estanque.
Todo en ella era abrupto. Desde la protuberancia de la clavícula, obscenamente marcada, hasta los diminutos pezones, apaciguados bajo el roce insatisfecho de las sábanas perfumadas. Su pecho temblaba por mero instinto de supervivencia, y las manos entrelazadas eran la cuna de su tenue barbilla, húmeda y complaciente como sus labios gruesos, siempre altivos. Los dientes asomaban con aire travieso, unos dientes que ya no eran de leche pero sí de azúcar, unos dientes que mordían con fruición la vida para que no se le escapase.
Y a pesar de todo seguía transcurriendo el tiempo, aunque el viejo ventilador marca Taurus 5F turbo continuase encendido, y se escuchase tan nítido el ruido del motor al girar las desganadas hélices. A máxima potencia, rendía con dulzura sus cabellos sudorosos, maltratándolos a su propio capricho, dejando que cayesen desordenados sobre el batiburrillo de almohadas, peluches y libros con las esquinas dobladas, todavía sin terminar. A través de los diminutos auriculares de un mp3 podía paladearse en ritmo inconfundible de una emisora de radio conocida, y de vez en cuando, sus caderas doradas de sol y de caricias se convulsionaban brevemente, en un ruego sumiso de “mírame y no me toques”.
Cubría su vientre un gracioso vestido estampado de flores, arrugado y recogido por encima de los muslos, dejando al descubierto la textura frágil de algodón de sus bragas de niña no tan niña, cuyo descaro no tenía límite.
Ajena a su posición de perrillo abandonado, enredada en una maraña de sábanas y sueños, dormía apaciblemente. En su cabeza había pájaros de colores exóticos, chicos que jugaban a levantarles la falda a las niñas en el patio del colegio, acuarelas aguachinadas y muchos folios en blanco, helados de nata y chocolate, tesoros del verano.
Bajo la sombra tierna de sus párpados navegaba inconsciente un sinfín de promesas incumplidas, que anegaban sus ojos en cloro, y aun así, mantenían viva e ignorante a una niña de trece años.

jueves, 16 de junio de 2011

Juego de dos




Todo el mundo sabe que la seducción es un juego de dos, -y de dedos, también-. Dos pares de ojos que se cruzan en el espacio-tiempo, dos codos que se tropiezan, por casualidad en el mismo reposabrazos, dos hileras de dientes que se insinuan entre unos labios incautos, un pie que consigue abrirse paso hasta una sandalia desprevenida y zas! le pega un pisotazo que no olvidará fácilmente, un nombre pronunciado en voz alta a deshora, un piropo disimulando en un soneto. Quién sabe. Vivimos en un continuado e indiscreto mundo donde todo tiene doble sentido, donde ser inocente no está permitido a partir de ciertas edades, donde todos juegan, y la mayoría pierde porque no se ha molestado en leerse las reglas que venían en la solapa de la caja, por eso de que las instrucciones son inútiles y van directas a la basura. Luego vienen los llantos, por no saber cómo solucionar nuestros innumerables problemas.
La seducción es, como todo, un juego de habilidad, compenetración y entendimiento. Hay que ser ágil y mover las piezas rápido, pero ojo! siempre con cabeza. La suerte no es cuestión de azar, sino de perder tantas veces como sea necesario para aprender a conquistar las metas en el momento oportuno. En este juego tampoco tienen cabida las trampas. No vale la pena siquiera planteárselo.
El único trofeo que le espera al trampoco es el consuelo de saberse un perdedor deshonesto que abraza un premio inmerecido con las dos manos. Como el marido que rodea egoístamente a su mujer con los brazos porque sabe que, más tarde o más temprano, ella lo abandonará por otro más listo y atractivo, o simplemente, con más pasta que él.
La seducción es una invitación al baile que solo se culmina bailando. Bailar y seducir moviendo nuestra ficha, ganar terreno y avanzar de casilla, no quedarse quieto, no echarse atrás. El hombre seductor no es ese que se acerca al enemigo con una copa en la mano, la mirada segura y elocuente, las manos largas y la sonrisa happident. No. La mujer es seducida por el tipo misterioso que oculta sus miradas bajo una cortina de pestañas, que se sienta solo en la barra y la mira bailar y la mira mover las calderas y la mira y la sigue mirando, y ya no puede dejarla de mirar. Porque, contra todo lo esperado, la mujer juega con ventaja en el arduo juego de la seducción. El gesto gracioso de una chica insegura sobre tacones muy altos, que la obligan a andar con los pies ligeramente hacia dentro, y los doloridos dedos ahuecados tímidamente en el zapato infernal, aferrándose a un resquicio para no resbalar. El gesto consternado de la mujer madura que trata, sin éxito alguno, de bajar el vuelo de su falda, que ha cobrado vida repentinamente, lanzando una cana al aire y dejando intimidades al descubierto, al pasar por una reja de ventilación del metro. El gesto impaciente de la chica que llega tarde, como siempre, a la cita con su amigo-casi-novio, que se pelea con el rímel y la barra de labios y el colorete y sostiene a la vez un diminuto espejo, ajena a los traquetreos del cercanías y a la mirada aviesa de algunos pasajeros. El gesto pueril de secarse una lágrima tonta en una anciana, emocionada por el jolgorio de sus nietos. Un baúl de gestos y un sinfín de maravillas cotidianas conforman el milagro de la seducción. El juego prohibido. Un juego múltiple, un juego adictivo, de roces furtivos en la espalda, de proposiciones indecentes en el Retiro. Un juego para dos parados en sendos andenes del tren, que se muerden con el pensamiento sin pronunciar una sola palabra. Seducción. ¿Tiras o tiro?

domingo, 12 de junio de 2011

Jauría desatada



Ahora lo sé. No es cierto eso de que la vida es muy perra, no. Ella no tiene la culpa de nada. Pero las personas podemos ser muy malas y comportarnos como verdaderas fieras, que se desgañitan por mostrar agresivas sus fauces.
La vida no es muy perra, es que nosotros somos bastante animales.
La ley del más fuerte es ley de vida, lo queramos o no. Aquí si eres débil te comen, así que no queda otra que disfrazarse: cambiar el rostro por una máscara de hielo, levantar en torno a nosotros una fortaleza inexpugnable, y ser despótico, y ser cruel, mísero, ruin, astuto y sin escrúpulos. Ser más bestia que humano. He ahí el quid de la cuestión.
Nada duele más que recibir una mirada de rechazo de esa persona a la que has querido como un hermano, que sigue siendo parte de tus recuerdos, de tus sueños, de tu todo. Mierda. Mi todo está hecho polvo.
La naúsea viene a sustituir al deseo, y con ella llega la rabia. Qué ganas de aullar, morder y arañar al primero que pasa. Qué ganas de cerrar el corazón en banda para que deje de manar sangre que empapa las sábanas blancas. Qué ganas.
Porque ya no sé si andar más deprisa o correr más despacio. Porque se me han quedado pegadas las alas a la espalda, y levantar el vuelo es costoso y siento las piernas insoportablemente pesadas. Creo que voy a gritar. Para rellenar el silencio que me corroe las entrañas.
3, 2, 1.... AAAAAHHHHHHHHHHHH!!!!!!

viernes, 10 de junio de 2011

Oscuro el deseo y nos curamos las ganas

Volviendo en el metro, acostumbro a mantener arduos diálogos conmigo misma, a modo de monólogos interiores que poco o nada tienen que ver con lo que luego alcanzo a decir en voz alta. La amable letanía de hoy podría resumirse en algo así como: "Ale, ricura, que ya es hora de lanzarse de cabeza a la piscina y empezar a escribir algo decente, mujer, que solo tienes que sentarte enfrente de la pantalla del ordenador y rogarle a las musas que se suelten la melena, otra vez, que es noche de viernes y hay tema...".
Volviendo en el metro, apretujada en el último vagón, tambaleándome entre desconocidos de rostro ligeramente familiar, tenía muy claro que al llegar a casa lo primero sería escribir y luego lo demás vendría solo; por azar, por capricho, por furia. Y nada. Juro que mi propósito firme era componer un soneto bien rimado, pero no ha habido manera. No me culpes. Son cosas que pasan, sobre todo después de ser ametrallada por unos lascivos ojos verdes justo en el preciso instante en que me abría camino hacia las escaleras mecánicas. Joder, qué de gente, ni que fuera un viernes de verano en pleno mes de junio. Qué locura. Y yo como una kamikaze haciendo eses y buscando la salida que no se veía, pero sí a los salidos que se sitúan estratégicamente en el escalón exacto de la escalera para mirarte de reojo las piernas. Pues que no miren, maldita sea, que todavía no he tomado el sol lo suficiente y no hay manera de tostar la piel con tanta tormenta.
Bien, pues en ese instante me he chocado con unos ojos verdes de tamaño natural, semiocultos bajo unos mechones de cabello castaño, muy mojado, empapado, todavía con las perversas gotitas de agua bailoteando en la frente. Y a continuación, nada. Solo voz suave y manos grandes, dos besos no tan castos en las mejillas y un diálogo insustancial. Qué tal. Cómo va eso. Ahí estamos, disfrutando del verano. Las notas bien. La resaca no tanto. Los amores que matan. Si la vida rapidito se resume en cuatro palabras...
Lo peor no es lo que se dice, sino lo que se piensa. Y esos ojos verdes sugerían muchas cosas. Y estos ojos azules se imaginaban otras tantas. Uf. Lujuria en vivo y en directo, bonita y barata. Susurros de diván congelados en la garganta. Memoria del deseo que brota de las entrañas y regurgita con autenticidad. Nunca me ha sabido tan amarga. Será que recuerdo aquel polvo-literario que nos clavamos a cuatro manos y me apetece desempolvarlo.
Bah. Ojalá pudieras ver la sonrisa que le estoy asestando por la espalda al tipo de los ojos verdes, adrede y sin ocultar mi descaro. Qué desperdicio. Resulta hasta gracioso que el chico en cuestión no esté interesado en mí y haya intentado escabullirse como una sardina en lata. No, gracioso no, excitante. Ahora bajará el resto de escaleras mecánicas pensando en mi escote pero no dirá nada. No pensará nada pero la imagen estará ahí y con eso basta. ¿Lo has oído? Eres endiabladamente pornotráfico. El metro te abrirá sus puertas -no como a mí, que se me cierran siempre un segundo antes de que suenen los pitidos consabidos- y la vida te abrirá los ojos, amigo. Porque no se puede ir por ahí seduciendo a esas miles de chicas desgraciadas que andamos por el mundo. No se puede. Que no.
Otra noche de viernes sola en casa.

domingo, 5 de junio de 2011

Desenmascarada por fin: mucho más que ingenuidad.






Como el turrón de Suchard, que vuelve a casa por Navidad; así vuelvo yo al hogar.



Porque este blog es un poco mi casa, otro poco mi infierno, y el resto, una pincelada de ingenuidades a medias. -No todo lo que escribo es real, ni todo lo que miento, ficcional. Hay un batiburrillo de ideas que me salpican por aquí y por allá, como las graciosas gotitas que se han quedado adheridas al cristal de mi ventana. Total, que en resumidas cuentas este cajón-desastre-literario se ha llenado de poemas que no son tales, sino versos mal compuestos y peor rimados, declaraciones más o menos burlescas de mi vida sentimental, ingenuidades muy ingenuas e ingenuidades de bolsillo, torpezas de la vida cotidiana mundanal, refrigerios en prosa y aperitivos en verso. Poca cosa, si nos paramos a pensar.



Mi intención es darle la vuelta. Pero no un giro leve, no, sino un giro espectacular, vencer el miedo a llenar páginas y páginas con palabras. Con mi voz. Con mis gritos, que son los gritos de una loca de atar.



Tampoco es cuestión de ponerme a escribir cualquier cosa. Para eso está eso que se llama el diario secreto -que hace tiempo que dejó de ser secretos porque no tengo demasiado que ocultar.- ¿Por dónde iba? Ah, sí! Como estaba diciendo, me gustaría extenderme más allá de los límites de mis límites, no poner fronteras en mi cabeza ni en mis dedos. Quiero escribir mucho, y quiero hacerlo bien, o intentarlo poco a poco, aunque sea un trabajo costoso y requiera tiempo. Hasta la fecha he creído que solo escribía para vomitarlo todo y quedarme limpia. Ahora sé que no es así, que escribo por puro azar, porque no puedo no hacer de mi vida un hecho literario. Llamádme loca o ingenua. Ya todo me da igual.



He vuelto al ataque y estoy más que lista para comenzar.

domingo, 15 de mayo de 2011

Todos mis labios son rojos











Todos mis labios son rojos




y entreabiertos esperan




con el temblor carnal




del pétalo terciopelo




a que vengas




con tu lengua




a humedecerlos.




viernes, 13 de mayo de 2011

La edad de la inocencia


Simplemente, giraba. Se pasaba la vida girando sin cesar, dando vueltas en torno a sí misma, sin ver más allá de su imagen difusa reflejada en el espejo.
Todo en ella era perfecto: la postura delicada, los pies pequeños, las manos suaves, el cabello largo recogido en la nuca, el cuello de cisne, la piel de marfil.
Excepto el rictus amargo de los labios, que estropeaba lo que podría haber sido una cálida sonrisa.
Llevaba el ritmo en las venas y nunca había dejado de bailar.
Sin embargo, ya estaba cansada de ser la alumna ejemplar, una simple esclava entregada a su dedicación obsesiva. Estaba harta de ser, en pocas palabras, la niña buena.
Todo cambió cuando la inocente bailarina decidió soltarse la melena.
Fue el mismo día en que apareció el soldadito de plomo, con el fusil en alto, preparado para cualquier batalla por peligrosa que esta fuera. Pero no estaba acostumbrado a hacer el amor, solo la guerra...
Y la torpe, tonta, confiada y desesperada bailarina, sin pensarlo dos veces, se lanzó a sus brazos sin dudas y sin reservas.
Él lo primero que hizo fue abrirla de piernas.

Hoy mi cajita de música no suena...

lunes, 9 de mayo de 2011

Insomnio






Ha vuelto. Después de doce años de sueños placenteros, Charlie ha salido del armario.
-Y no, no me refiero a eso que estaís pensando, porque mi querido amiguito no es homosexual. O quizás lo sea, pero eso ahora mismo me importa un carajo-.
Mierda. Me da verdadero pánico apagar las luces de esta nueva habitación en la que duermo sola, -jamás pensé que diría esto, pero echo de menos los ronquidos de mi hermana-, porque sé que él está ahí dentro, y no tardará en salir con sus ojos demoníacos inyectados en sangre.
En realidad, le entiendo perfectamente, ¿quién puede estar de buen humor por la noche teniendo que soportar el peso de toneladas de ropa desordenada en un solo armario? Nadie. Y menos alguien tan exquisito como Charlie.
Porque mi querido monstruito no es un tipo cualquiera, no. Él es producto de mi imaginación, un ser fantástico nacido de esta cabecita loca, y lleva, por tanto, mi sello original. Con esto quiero decir, que ninguna otra persona está capacitada para ver u oír a dicho personaje, excepto su creadora.
Por este motivo, no voy a perder el tiempo describiendo a mi compañero de habitación, puesto que ninguno osará creer la historias contadas por una neúrotica. En fin, qué se le va a hacer. Me meteré en la cama, despacito, intentando no despertarle, y cerraré los ojos con fuerza.
Esta maldita noche de insomnio, no me permitiré un solo pestañeo romántico, no vaya a ser que el tonto del Charlie quiera, por si fuera poco, meterse en mi cama y babearme la almohada con aire conquistador.
Ya es medianoche y oigo ruidos sospechosos. ¿Quién será...?

jueves, 28 de abril de 2011

Cerezo desflorado






Por eso.


Porque tiene tu pelo


el mismo tacto que el césped recién cortado,


porque me recuerda al bosque,


porque me recuerda a nosotros, a nuestro árbol


y al Paraíso, sí,


ese que Adán y Eva se cargaron.


Confiésalo, ¿probaste el fruto prohibido?


Yo, lo admito, le di un buen bocado.


Y ahora...


ahora me atraganto


con la semilla que me has sembrado.


Por eso.


Porque tienen tus ojos


la sabiduría del roble


milenario,


porque hueles a pan crujiente,


a fresas con azúcar, a almendras tostadas,


a chocolate amargo.


Por eso y por tantas otras cosas


he pecado.

sábado, 23 de abril de 2011

Besos obesos, todo un exceso.








Si no fuera porque es sábado,
te pediría a tientas un beso obeso,
de esos que asfixian y no matan,
-de los que engordan tanto, sí, de esos-.

Pero no queda otra que esperar
a que vuelvan tus ojos de caramelo,
que, como magnum almendrado,
se derriten en mi lengua
bramando arrepentimiento.

Besos inmorales e inmortales,
trufas de chocolate negro,
me empachan el corazón,
redondean más mi cuerpo,
y ya las dietas no sirven...
al garete se fue mi empeño.

-A grandes males, grandes remedios,-
suele decir mi madre
cuando surge un contratiempo
de difícil solución.

Como hoy es noche de ciegos,
házme el amor con ojos vendados,
que estando desnudos, sin miedo,
podremos abrazarnos despacio,
podrás morder los silencios

y podré sentir placer
sin necesidad de verlo.

A la luz de la luna brilla
la silueta sinuosa de los cuerpos.

domingo, 17 de abril de 2011

Caos viajero



Los preparativos de las vacaciones de Semana Santa siempre traen consigo una agotadora procesión, - nunca mejor dicho-, y ahora con la casa patas arriba ya no sé ni lo que escribo.

No exagero ni un poquito, esto es una auténtica locura, y ni domingo de ramos ni nada, domingo de locos, tal vez.

La jornada empieza como de costumbre, con mi madre persiguiéndonos a todos, plancha en mano, para que no quede arruga posible en prenda alguna. Y ahí está mi padre, que se ha olvidado de lavar sus calcetines, y como tiene mucho que hacer, me lanza una mirada elocuente, -clara invitación para que haga yo misma la colada-. Y cuando me dispongo a tender "la calcetinada" se me acerca corriendo la pequeña de la casa:

-Gemita, ¿has visto mis pantalones blancos?

-Hum, ¿tienes pantalones blancos?

-Que sí, tonta, los cortitos esos tan monos. ¿Dónde estarán?

-Y a mí que me cuentas! Pregúntaselo a mamá!!!


Y con los malhumores, me entran los calores. Me lanzo a la ducha, y una vez allí, me dispongo a enjabonarme y... no hay champú, no hay gel, no hay nada de nada. Así que me envuelvo a medias en la toalla, y grito por la escalera:

-Mamáa!! se puede saber quién ha atracado la bañera?

Y la respuesta esperada, que no se demora:

-Está ya todo metido en la maleta, hija mía.


Echando chispas por los ojos, me dispongo a la ardua tarea de escoger la ropa adecuada, pero el tiempo está como loco: un día diluvia y al siguiente te achicharras. Por tanto, la decisión está tomada, mi maleta tiene un poco de todo: jerseys y pantalones, bikinis y camisetas, faldas y vestidos, pañuelos y calcetines, sandalias, botas y toalla de la playa.


Y organizado el caos de la ropa, preparo un buen puñado de libretas y bolígrafos, por si acaso la inspiración se quiere venir de viaje. Tampoco puedo marcharme sin un par de libros, escogidos con tino y mucho ojo, una dosis de poesía modernista y una buena novela de Marsé.

Seguro que se me olvida algo.... Recapitulemos: ropa muy variada, libros, cuadernos, apuntes, aparatos electrónicos (y sus respectivos cargadores), lentillas y gafas...

Pues bien, todo listo. Por fin respiro.

Ahora solo queda rezar para que mañana papá juegue un poco al tetris en el maletero, y todos contentos. Posiblemente sea mi única hazaña religiosa durante esta Semana Santa...




sábado, 16 de abril de 2011

A tres centímetros



Los jueves no existen desde que te has ido.


Se han marchitado las flores

de mi vestido,

-aquel vestido transparente

de suave lino,

que acariciaron tus dedos

con sumo sigilo-.

Paladeo tus ojos avellana

en mi delirio,

siento tu aliento en la nuca,

aire tibio,

tus labios están muy cerca

y es un martirio

exhalar tu fuerza de vida

a tres centímetros.

Me detengo en tu sonrisa

de vidrio,

y me asombro de que aún

sigamos vivos.

Tanto amor congelado

tan imposible olvido,


y tantas noches soñando que sueñes conmigo.








viernes, 15 de abril de 2011

Diario de una provocación: adiós...





El andén está completamente vacío, y sin embargo, todavía siento tu mirada entristecida a través del cristal, una mirada nostálgica propia de una despedida. Una mirada serena.


-Todo ha terminado. (¿De verdad es el final?). Maldita locura, creo que empiezo a delirar.


Creo haberla besado en los labios en el último instante. Apenas un roce, un beso casto, inocente, balsámico y bondadoso, que era el ensayo de mucho, muchísimo más, pero que se ha quedado en deseo no formulado sin respuesta.


Nos hemos ido del Parnaso. Y no volveremos a pisarlo juntos, ya no. Probablemente, cada uno por su cuenta, nos sentaremos debajo del mismo árbol, cerraremos los ojos, escucharemos saxofones desafinados de fondo, pero no será igual, ni siquiera parecido.


No lloverán pétalos blancos sobre tu vestido, no aflorarán los versos con tanto sentimiento, no permanecerán nuestras cabezas juntas, muy juntas, frente con frente, nariz con nariz, y labios en suspenso, cautivos, lascivos. Difuntos, pero vivos, muy vivos porque solo los separan tres centímetros, y resulta un juego peligroso entreabrirlos, y que se escape un jadeo.


Deseo, puro deseo contenido...


Y aunque te parezca un imbécil, yo también he disfrutado acariciándote la nuca con los dedos, maravillado por la suavidad que se oculta detrás de tus largos cabellos de olor almizclado. Tampoco soy inmune ante el movimiento sinuoso de las curvas que se revuelven bajo el vestido verde, piernas torpes y rodillas traviesas, uñas mal pintadas en tus pies pequeños, manos cálidas sosteniendo un libro. No te lo he confesado nunca, pero cuando recitas, además de escuchar poesía, veo poesía. Miro tu rostro concentrado en la lectura, sigo las muecas graciosas de tus labios, tu frente gacha, tus pupilas saltarinas. Y trato de imaginar lo que dices pero me cuesta recordarlo, por eso a veces te pido que vuelvas a leerlo más despacio, y tu lengua ya bisbisea de nuevo los sonidos más dulces jamás inventados.


Y tocar el piano en tu espalda ha sido irrepetible, o apoyar mi mano indecisa en la curva redondeada de tu cadera (he estado a punto de poner "caldera"), cuando de repente te inclinas hacia mí, con los ojos feroces y muy sabios, reclinando tu adorada cabecita sobre mi pecho agitado. Y entonces te pregunto si seríamos felices juntos, y tu respuesta es sí, porque nos queremos aunque no podamos amarnos.


Tu incomprensible torbellino de pensamientos me recuerda al vuelo de los pájaros, y por eso, cuando me dices que necesitas ser libre, sé que atarte a mí sería una crueldad. Un verdadero asesinato.


Pese a todo, me gusta cuando ríes tontamente, cuando te asustas y armas un verdadero escándalo. Me gusta cuando haces como que estudias y me miras de reojo si no te estoy mirando. Me gusta confesarte que he venido aquí otras veces para recuperar los recuerdos que dejamos olvidados. Y me gustaría hacerte el amor para desmostrarte que te quiero, que mataría por haberte conocido hace seis años (aunque entonces todavía eras una niña, claro).


Pero todo aquello que nos regala la vida, poco a poco, nos lo va quitando.


Olvídame, y yo te prometo que cogeré la maleta y me iré lejos, durante un tiempo limitado, y a mi regreso, seremos dos viejos amigos que nunca se han besado.


Prométeme esa tontería, amor, porque mi corazón solo concibe el llanto. Aunque no te lo creas, soy muy pequeño a tu lado...

jueves, 14 de abril de 2011

Memorias de una diosa


Era una chica como las demás.

No era muy guapa, ni tampoco demasiado inteligente. Estudiaba una carrera, tenía buenos amigos y una adorable familia. Creía ser feliz.


Hasta que de repente, le llegó la primavera. Misteriosa e inexplicablemente, su corazón se deshizo del invierno perpetuo en el que vivía, y comenzaron a despertar sus pétalos, primero tímidamente, coloreando de carmín labios y mejillas; más tarde con cierta precipitación, de forma súbita, abrupta, apocalíptica. Sus ojos cristalinos adquirieron un brillo iridiscente, sus manos querían tocarlo todo, su piel necesitaba absorber los rayos de sol, en una extraña fotosíntesis.


El fuego del amor sacudía sus entrañas, y ella desconocía la fuerza inmensa con que las llamas intentaban devorarla. Era una chispa ondulante que atravesaba su cuerpo, que le hacía sensible a la risa y al llanto, que le transformaba.


Cuando él apareció, no fue consciente de sus miradas. Hasta que empezó a interpretar aquel lenguaje secreto que compartían, sin necesidad de palabras. Se encontraban por casualidad, o eso se empeñaban en creer, para sentirse menos débiles, menos arrastrados el uno en brazos del otro. El destino confabulaba a su favor. Apenas se conocían, pero querían conocerse más, aunque sabían que era disparatado. Estaban deseando cometer una locura y aquella era la excusa perfecta. Se enamoraron.


Y él le rogó un beso, que ella le negó. Luego se arrepintió, y ambos lloraron a solas, pensando en lo hermoso que hubiera sido. Trataron de no verse, y empezaron a buscarse a todas horas. Ella quería estar lejos de él, y él no concebía estar separado de ella. Sus ojos la recreaban, sus manos la rozaban, sus labios la profanaban.


Siguieron viéndose. Y empezaron a trazar su historia juntos componiendo un puzzle con sus propias palabras. Pero no fue suficiente, sus corazones estallaron y emprendieron la huída. Buscaron un lugar donde quererse y se quisieron mucho durante poco tiempo. Se miraban y creían distinguir, más allá de esas pupilas, un mundo paralelo.


Ella se sentía diosa cuando él la desgarraba con sus miradas. Quería aferrar su pelo, saltar precipitadamente sobre él, tirarlo al suelo, rodar mundanamente por la hierba, ser niños con cuerpo adulto, rozarle intencionadamente el cuello con los labios y descender por su pecho, frenar justo a tiempo y emitir un ronroneo. Ser despiadada a la hora de poner las reglas en el juego. Ser diosa con la mente y el cuerpo, con los gemidos y los versos. Ser exigente en el momento de obtener más placer con maliciosos ruegos. Ser valiente y audaz, ser codiciosa, ser egocéntrica, ser un todo, ser su único universo.


Y dormir abrazada a él, exhausta y mortal, para despertar de vez en cuando, besar sus párpados, y admirar a su esclavo, redimido, dormido, ya perdido. Sabía que cuando la volviese a mirar, el hechizo se habría roto. Ya no era una diosa sagrada, ya no era un tesoro prohibido.


Era una chica como las demás, que luchaba día tras día por conquistar el olvido.


miércoles, 13 de abril de 2011

Diario de una provocación: libertad sin tregua





Pequeño diablo azul de las gafas siempre-sucias, sonríe un poquito, así, pícaramente, pero sin pasarte, no vaya a ser que salga despedido el corazón y se quede en paro, laboral y cardíaco.


Ahora túmbate en nuestro lecho de hierba, en este rincón alejado de todo y de todos, mira el cielo y dime qué ves, traduce para mí los guiños de los ángeles y sedúceme intentando pronunciar un verso con dulzura inusitada, con esos labios tuyos de hoy sí quiero besarte pero no me atrevo, por miedo a corromper la imagen idílica de otro tiempo.




Y, fíjate lo que son las cosas, mi memoria me devuelve recuerdos que no existieron, salvo en mis palabras o en las tuyas, y apenas ya concibo que me dieras un beso. Supongo que soñé la suavidad de su tacto leve en un principio, su roce dubitativo entrecortado, sutil, aventurero. Y su huella húmeda, embriagada, perfilada de abandono, edulcorada con caramelos de miel y limón. Y tu caricia lenta en la nuca, tus dedos firmes en mi espalda trazando un sendero pecaminoso y atroz.




Quizás me he inventado esa figura perfecta que es la de nuestros cuerpos entrelazados contra un árbol en medio del silencio. Quizás jamás reúna el valor suficiente para comprobar que fue real, que lo que sentimos, aquel estallido irrefrenable de pasión inmortal, no fue un mero esperpento. No, no creo que lo fuera. Nunca supimos actuar bien, ni mentir bien, ni portarnos mal. Porque todo, absolutamente todo lo que hacemos está bien, porque intentar ser felices no es un pecado, y si lo es, el cielo estará completamente vacío.




Hoy la he visto a ella. Me ha bastado ver una simple foto para admirar su magnificencia. Tal vez porque no es como la imaginaba, y sin embargo, no podía ser de otra manera. Envidio su suerte, me introduzco en su piel y me convierto en la única, en la mujer a la que ya has consagrado tu vida. A la que no abandonarás por mí y me siento más tranquila. Y me gusta, me siento querida, pero al mismo tiempo, encarcelada, y sé a ciencia cierta que por mucho que te hubiera intentado hacer feliz coleccionando fantasía, no habría sido suficiente.




Tú, hubieras amado eternamente a un pájaro sin alas incapaz de remontar el vuelo. Y yo, habría terminado huyendo en busca de la libertad, lejos de todo lo que me ofrecía un futuro perfecto, a tu lado, haciéndome el amor y los deberes.


Quiero una vida caótica entre libros y letras. Adiós al amor y los placeres...




domingo, 10 de abril de 2011

Todo lo bello florece en primavera



Mevoyacallarmevoyacallarmevoyacallar. Y me encallo. Como un barco a la deriva que navega malherido, azotado por la tempestad, que da con sus huesos en un escarpado y mortífero acantilado. La tripulación cae por la borda: los marineros se ahogan y las sirenas los lloran. Pero yo no quiero llorar porque el llanto desborda, porque mis ojos enrojecen y parecen del barça: ojos azulgrana. Y todo menos eso, menos tener mirada futbolística, que nunca supe jugar, que prefería meter todos los goles en propia y mirar con desdén la portería contraria.


Quiero callarme y me caigo. Me caigo de la hamaca donde segundos antes estaba tumbada, achicharrada, con los muslos bailoteando despreocupados bajo el sol taciturno de abril. Que todavía no estamos en mayo y ya amenaza verano. Y yo febril en abril sin aguas mil. Eso es sufrir.


Pues bien, me caí -cosa rara-, y mientras mi hermana se retorcía de la risa, me dio por sonreír. Lo digo como si casi fuera un milagro. Como si la risa me estuviera prohibida por eso de que mi corazón está de luto. Serán las ganas de sobrevivir, o de sobresalir del agujero en que me pudro, en el que nos pudrimos todos, sin darnos ni cuenta, porque vivimos continuamente con los ojos entrecerrados.


Yo siempre tengo los ojos abiertos al mundo, y por eso vivo enamorada de él, aunque algunos días el sol se marche a hurtadillas y me deje a merced de la lluvia. Hoy luce resplandeciente y tibio, así que empleo mis horas perdiendo el tiempo como más me gusta: leyendo y garabateando en una libreta tonterías por doquier. Hasta el atardecer.


Me apetece cocinar y preparo un banquete. Me apetece viajar y compro un billete. Me apetece ser feliz, y lo soy. ¿Por qué pensar lo contrario? Me apetece oler las rosas que empiezan a florecer, y florecer yo a mi vez, junto a ellas, envuelta en rojos pétalos de terciopelo, protegida por una amenazadora corona de espinas, y que mis ojos, estambres altivos, adviertan: -se mira pero no se toca.


Quiero absorber hasta el último rayo de sol, ahora que el viento sopla en mi contra, y sentir el pelo libre agitándose como una bandera, mi bandera, que es la libertad. Soy libre pero no puedo evitar envidiar a los pájaros surcando el cielo a pesar del vendaval. Recuerdo que una vez me apodaron "golondrina". Me pregunto por qué será, -no creo que supiera que en los sueños soy capaz de volar, incluso de amar.


Mas no ahora, en este preciso momento, ahora más que nunca estoy anclada en el mundo real. Lo sé porque mi hermana se acerca a mi corriendo, con un gran globo azul en las manos, -de esos que flotan desafiando la gravedad, -y me alegro mucho de estar viva cuando, las dos a un mismo tiempo, lo liberamos de su acostumbrada cautividad. Y tras unos breves instantes de vacilación, el antojadizo globo remonta el cielo por encima de nuestras cabezas, y ambas lo seguimos con ojos soñadores hasta que roza las nubes y su azul se confunde con la inmensidad.

Qué hermoso final para esta historia. ¿No crees?


La vida nos regala una sola oportunidad.