jueves, 31 de marzo de 2011

Diario de una provocación: qué hacer en caso de incendio.



Perdí la razón, y por si fuera poco, ahora pierdo los trenes, los suspiros, las gafas de sol.

Pero continúo viva, radiante en mi pecado sin confesar, con los ojos más azules y más abiertos al mundo que nunca, con la resaca literaria haciendo estragos en mi interior. Con los besos inmortales o inmorales palpitando en el corazón.

Sí, me subo al tren y no puedo evitar fijarme en el cartel, que reza así:


"Si se descubre un incendio:

-mantenga la calma.

- avise al empleado más próximo y siga sus intrucciones

- diríjase hacia otro coche en sentido contrario al humo..."


Qué ironía, -me da por pensar, -¿Y qué narices hacer cuando el incendio lo llevo dentro, agazapado en algún rincón? Entre toses y ardor de garganta, siento los sinsabores de saberme enamorada. O inspirada. O ambas cosas a un mismo tiempo, que es mucho mejor.

Creo que en esta ocasión me rendiré sin oponer resistencia alguna, porque lanzarse a la batalla a pecho descubierto y sin espada en el cinto es una locura. -Cómo adoro las locuras, válgame Dios-.

Todavía tengo los labios secos, tan secos que el Sáhara a mi lado es un oasis. No tengo perdón.

Además, las imágenes me llegan intermitentes, como si de una película se tratara. Se entremezclan vértigos tambaleantes, risas alejadas a través del teléfono, ojos febriles, palabras adultas y palabras ingenuas, murmullos ininteligibles, intentos de llanto, besos arrepentidos o sublimes, memoria de marzo...


Cada día es una nueva aventura; cada día aprendo algo nuevo que no deja de ser extraordinario. Hoy me voy a la cama sabiendo que los dioses, si pudieran, se morderían las uñas.

Hoy me acuesto con la voz rota de haber regalado palabras.

Hoy me duermo feliz, sin saber qué me depara mañana; esto es, feliz en mi ignorancia, como la sombra de una flor pisoteada.





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