lunes, 28 de marzo de 2011

Adivina, adivinanza: fiebre azul, chocolate y desesperanza




Será por el cambio de horario, pero mi cuerpo y mi cabeza no consiguen ponerse de acuerdo, y así voy, dando traspiés, retranqueando. Y me despierto a las siete de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, con ganas de comer chocolate, y me duermo al minuto siguiente para no vomitarlo. Abro un ojo titubeante, miro el reloj, y parecen burlarse de mí esos antojadizos números digitales -nunca entenderé a sus dichosos hermanos, los analógicos, que me la tienen jurada, los muy... -en fin, que de tanto darle vueltas a los pensamientos, -que parece que tenga dentro una lavadora -, y ensimismada como estaba, iba tranquilamente en el metro y me he pasado de parada.


No me lo podía creer. -¿Qué narices me pasa? ¿Es que ahora ya no sé ni contar? Si me las sé de memoria, la linea cuatro enterita, de toda la vida, mira: empiezo en Colón, como no puede ser de otra forma, me trago Serrano y pillo un empacho, alcanzo Velázquez, no lo niego, pero sigo hasta Goya, al que siempre tuve más cariño. Y pasándome de Lista, ya me acerco a Diego de Léon, que me da un poquito de miedo por eso del apellido... pero consigo llegar a Avenida de América, y dejo allí mi colonia, extendida en el vagón, plagado de indígenas de la tribu más rara, y luego va la Prospe, donde pierdo hasta la cobertura del móvil, ya estoy habituada, y al fin... ¿Arturo Soria? -No, no pueden haber extirpado de cuajo y sin avisar tres o cuatro paradas.


Definitivamente, no se puede ir en metro estando atolondrada. -Palabrita de niña buena. Luego es llegar a las escaleras mecánicas, y... catapum! -¿Estás bien? -Sí, sí, no ha sido nada, sólo iba despistada, gracias.... (Nada excepto un bonito moratón de esos que hacen juego con mi cara.) Y... ¿por dónde iba? Ah, sí! Por fin, llegar a Alfonso XIII, -no hay odisea que valga-, salir del metro y encontrarme con el 100 montaditos, cara a cara, desafiándome con los recuerdos, como si yo no me acordara lo suficiente de aquello... ay! Más tarde, echo un vistazo al interior del ibercaja, y el mendigo que ha hecho de dicho rincón de ahorros su propia casa, me devuelve una mirada muy triste y lánguida, sin dejar de rezar entre susurros, sin perder la esperanza. Yo hace tiempo que me desengañé y sé que rezar no me sirve de nada. Bueno, miento: me ayuda a sentirme completamente sola, más aún, desamparada. Y camino despacito no vaya a ser que me caiga, que además, ya van doliendo los oídos, y no tardará la garganta. Seguro que en cuestión de enfermedades puedo batir todos los récords yo solita, parece ser que mis defensas no saben reconocer al que ataca. -Y yo con todos los goles aquí acumulados, entre poste y poste, entre nuca y espalda.


A ver hasta cuándo aguanto hoy escribiendo, con la fiebre a mi lado sentada. Si creía que hacía todo esto para desahogarme estaba muy equivocada. Ahora que sé que van a llegar a tí, trato de endulzar mis palabras. Las fabrico con especial esmero, -sin darle mucho al salero, por eso de las calorías-, esperando que sepas triturarlas, y masticarlas bien, lentamente, letra por letra, hasta que sean una pasta incomestible que se deslice por tu lengua antes de traspasar la garganta... Al menos, he conseguido que ellas lleguen al sitio exacto donde se desvanece mi vida entera: tus labios de caramelo y mermelada. -Aunque, no sé, no me los imagino tan dulces como frambuesas con nata, sino quizás con un suave toque de limón en el labio inferior, o mejor, miel y limón, miel de hiel, pasión inexacta.


Posiblemente te resulten algo indigestas, y no puedas conciliar bien el sueño porque toda la noche te repetirán la misma perorata. Ojalá consigue acunarte con el aire de mis pestañas, y duermas eternamente, -como el hada durmiente, -y cuando despiertes, ya no sientas nada. Entonces podré tirarme al río, ahogarme en la corriente helada y detener esta fiebre que ya se me apodera y no me deja seguir siendo tan pesada. Seguir hablándote disimuladamente, sin tener que agachar los ojos, sin sentirme tan terrible, -y maravillosamente, -turbada. ¿Sabes qué? El chocolate ya me sabe a poco. La fiebre no remite, los ojos acuosos ya no tienen lágrimas.


No me pidas que te perdone, porque soy yo quien extendió demasiado alto las alas... El remedio para esto se llama olvido, y no quiero abrazarlo de momento, hasta que sepa el mundo una sola cosa. El motivo por el que sigo viva y muerta, libre y aprisionada. Me hubiera gustado susurrártelo al oído, pero no me saldrían las palabras, y mis mejillas pasarían por toda la gama de rojos, granates y escarlata...

Pues bien, sin poner más trabas, firmo mi sentencia de muerte no pronunciada: estoy lisa y llanamente perdida, triste y amargamente enterrada. Y es que de tí, de tu sonrisa y de tu pecho, hasta el tuétano y los huesos, estoy más que enamorada.

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