sábado, 15 de enero de 2011

Retrato de los amantes fantasmas

Hoy han ido al cine para no perder la rutina de los domingos por la tarde, esos domingos invernales siempre lluviosos, siempre bajo un paraguas demasiado pequeño para cubrirlos a los dos, siempre las prisas, la urgencia del deseo reflejado en el espejo tembloroso de los charcos olvidados.
Por eso cuando ya están empapados, permanecen abrazados para sentir la humedad más adentro. Tan honda que acaricia la piel.
Repito, la intempestiva tormenta les ha obligado a cobijarse en un portal desconocido, que al borde de la acera promete mil delirios, mil atrocidades amorosas. Por casualidad la puerta está abierta y pueden buscar un lugar más propicio. Bajo las escaleras hay un cuarto oscuro.
Fuera sigue lloviendo.
Como cada domingo, buscan el calor viciado de los bares abandonados, y se abandonan mutuamente. Nadan entre besos con sabor a cerveza. Nunca saben igual.
Sienten la mirada del camarero fija en sus manos, en sus gemidos cada vez más lánguidos, y por fin se lanzan a la seguridad recelosa de un baño maloliente, cuyo espejo medio roto distorsiona la imagen de sus cuerpos sedientos, voraces. Las pupilas dilatadas hablan un lenguaje propio, quizá inventado.
Llueve y es domingo. Así que lo único que pueden hacer es perderse por las solitarias calles de Madrid, esos serpenteantes callejones empedrados que nadie conoce, excepto los borrachos, sabios nocturnos tercamente obstinados. Caminan a trompicones agarrados del brazo y sus risas estrepitosas resuenan como un eco perturbador sobre los escaparates vacíos. Queda la noche.
En esta cita acostumbrada, ambos desean una sóla cosa. Subir apresuradamente las escaleras de un edificio conocido, llegar al tercer piso ya temblando, con el corazón desatado en el pecho y la llave nerviosa en la cerradura que parece no querer ceder a sus deseos. El crujir de la puerta y el olor de un apartamento antiguo donde el polvo se acumula sobre el cuerpo rígido de los muebles.
Nada de eso importa demasiado.
Llegan a la diminuta habitación donde les espera una cama estrecha, solitaria, que se agita renqueante bajo el peso excesivo de los cuerpos entrelazados que se convulsionan espasmódicos, sin sentir nada.
Tiembla la luz de la lámpara, y finalmente se apaga.
Todo es silencio en medio de la noche. La lluvia no deja de golpear caprichosamente los cristales, con furia, casi con rabia...
-Menos mal que todavía es sábado y nunca llegará mañana-.

6 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. parece una escena antigua, de hace medio siglo; la verdad es que ahora no ocurren esas escenas, lo que quiere decir que la narradora ha recreado un tiempo viejo. Recrear tiempos viejos es habilidad también (y sentimientos viejos, personas de otras costumbres, otro modo de ser...) No sé si esos panoramas deben hacerse con el estilo de hace cincuenta años o como se haría ahora. En este relato se entremezcla y domina el estilo "neorromántico", antiguo, que es, me parece, de todas maneras, el estilo de la autora de este blog. ¿Puedes cambiar, si quieres, ese estilo o se tge está imponiendo aunque no quieras?

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  3. Perdóname, Pablo, pero creo que en toda la multitud madrileña estas cosas tan románticas -tan "rosas" y "melosas", diría yo- sí ocurren.

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  4. Estupendo texto, ¡claro que ahora mismo existen estas escenas!. De tiempo viejo nada de nada, si acaso, tiempo eterno, en Madrid y en otras ciudades, sólo hace falta tener el espíritu joven y ardiente.

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  5. bueno, bueno.... rectifico; me fijaré más este fin de semana, será que pierdo sensibilidad de observador. Cariño, pasión , amor y todo eso, como resultado evidente del amor tiene que haber, sin embargo se manifestará de modo distinto, según circunstancias. Bueno, bueno. ¿Escena realista entonces?

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