miércoles, 8 de mayo de 2013

El violinista de Nuevos Ministerios


Vivaldi. ¿Vivaldi? Sí, Vivaldi es sin duda el nombre que acude a sus mentes al escuchar las notas del violín día tras día, mañana sí y mañana también, en la encrucijada de pasillos de la estación de Nuevos Ministerios. El ajetreo constante y la marea de gente en direcciones opuestas no merman el pulso controlado y exacto del violinista, su mano firme sosteniendo el arco, sus dedos largos acariciando las cuerdas. Entrecerrados, sus ojos extranjeros parecen rememorar un paisaje diferente, de calles familiares con olor a sopa de remolacha y pato asado. La mayoría de los que pasan por delante de él ni siquiera se detienen un instante a mirar su jersey blanquecino o la suciedad de sus zapatos; creen que si miran en el interior de la funda del violín, ataúd negro hambriento de monedas, caerán dentro y ya nada podrá rescatarlos de ese tenebroso y delirante abismo musical.
Pero yo sé que el violinista finge tocar a Vivaldi, mientras se eleva por encima de los jóvenes con mochilas al hombro, las funcionarias de tacón y pintalabios, los viajeros pegados a su maleta de ruedas. Y además, sé que el violín finge ser tocado cuando en realidad proclama pizzicato en grito sus penurias pasadas, su temblor ante futuro, su terca y llorosa inexperiencia.
Al igual que sobrevive una palmera cubierta de nieve en el centro de la ciudad de Varsovia, sobrevive en Madrid un violinista de ojos glaciales, que toca una y otra vez la misma estación de Vivaldi: el invierno. 

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