sábado, 1 de junio de 2013

El viajero

La vida es un país extranjero
(Jack Kerouac)

Estás hablándome en una lengua que no entiendo, que probablemente no llegue a entender nunca, pero eso no es lo más importante, en serio. Déjame que te cuente...
Cualquier día puedes estar atravesando Inglaterra en un autobús que bien podría ser un submarino. Es ancho el verde. Indescifrable incluso, diría yo. Como los estómagos de los ingleses que se alimentan de tristes sandwiches sin tener ni idea de lo que es un buen bocata de jamón serrano. Qué rico.
Has perdido la cuenta de los kilómetros desde hace varias millas. Los nombres de los carteles en la carretera no conducen a ninguna parte. Los brazos peludos de los camioneros capturan la atención de los rostros aburridos y fatigados. La niebla angustia. Crea la sensación de estar flotando en una piscina con demasiado cloro en el fondo. Y la llanura no para de tragar pájaros. De vomitar flores amarillas. Y las montañas...  ¿por qué no nacieron hace tiempo? ¿a qué esperan para rebelarse y salir de sus orificios?
Y tu dirás, pero si es una isla, que sé yo... Pero aún así, le falta relieve: le faltan curvas.
La vida está llena de curvas, suaves y abruptas, tan lindas y transitables siempre. Y mar, mar por todas partes, mar gris que no invita a morir en él, ni siquiera desde un acantilado... Y a pesar de todo tú viajas, y viajarás, por esos lugares remotos que otros ya habrán pisado aunque a ti no te lo parezca. Vas a dormir apoyado en las mismas ventanas, contra su dura y fría y húmeda superficie. Porque llueve al otro lado. Que no pare nunca de llover es la ley única. Y fatídica, sobre todo.
Durante tus idas y venidas te irás encontrando con diversos y estrafalarios personajes. Es imposible viajar solo del todo, siempre hallarás a alguien que se arrime a tus pasos y acompase su ritmo al tuyo.
La clave es no tener nada encima: es inútil dibujar una ruta con lápiz en un mapa si realmente no persigues el propósito de llegar ahí, sino simplemente de estar on the road.
Lo mejor que puedes hacer es quitarte peso de la espalda. Desmembrarte. Dejar los fardos voluminosos tirados en el camino y seguir, seguir, seguir. El corazón y la cabeza bastan para emprender una aventura.
A veces, ni siquiera la cabeza es indispensable.
Sí el coraje; mucha fuerza y coraje son necesarios para no tener miedo de traspasar fronteras. Un par de cojones y un par de jerséis para resguardarte del frío. La lluvia solamente cala cuando pensamos en que puede llegar a mojar por dentro.
Por fuera, sólo nos arruga.
Y hablando de arrugas: vas a ver lo grande y lo viejo que te sientes mientras estés viviendo todas esas cosas. Vas a comprobar que jamás de los jamases se vuelve de un viaje siendo la misma persona que se marchó. Vas a cambiar, a convertirte en otro, en otros, a ser un individuo más en un país extranjero. En este país que resulta extranjero para todos nosotros, que es la vida.

Entonces ya no querrás regresar al nido ni volver a plegar las alas.



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