miércoles, 20 de marzo de 2013

Anfibios

No es decisiva esta piel de jirafa mojada por la lluvia. Tampoco defensiva. No me la puedo quitar por más que estire. Siempre seguirá siendo morada, permeable a las derrotas y a las miradas de color perverso en medio del diluvio. A veces la fuerza de unos ojos está en la persistencia con que rasgan. Y ella no sólo me rasga, sino que me rasca, me retuerce entre sus tentáculos y se da a la fuga con gran estrépito.

Si no me saltasen tantas ranas por dentro tal vez podría ser sincera. Abrir la boca y decir sí o decir no o decir tal vez he dejado de creer en la poesía o en eso que yo llamaba verso y que sólo era una violación de la letra. Para qué seguir escribiendo que llueve en Madrid y en Buenos Aires y en Málaga, y en tantas tantas ciudades, si es algo que ya sabemos todos. Para qué fantasear con el desconocido de la clase de hispanoamericana si después nunca se llama J, sino X o Y o incluso Z.

El mundo está lleno de equis, i griegas y zetas. 
El mundo está lleno de
el mundo está
el mundo

(A esto Eguren lo llamaría elipsis del sintagma blablabla. (todo señala a que este curso voy a suspender gramática...)

Todo es coincidencia, todo fatalidad. Y la vida una costumbre con sabor a plátano.



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