sábado, 17 de marzo de 2012

Los perros románticos


Gatos. Múltiples gatos pardos maullando en la carretera. Saben que en algún lugar no muy lejano, los perros románticos acechan, observan sus pasos desorientados, sueñan sin soñar apenas; y en las rocas del camino, se han sentado a contar su mísera vida perra.
No ladran porque no están furiosos, se limitan a agitar sus rabos al unísono, esperando a que el otro dé el paso para reconocerse: consabido ritual canino que forma parte de su naturaleza.
A tientas, se olisquean.
Y resulta extraño porque es como si ya se hubiesen cruzado antes. Sus pelajes son muy distintos; su raza, completamente opuesta; y sin embargo son tan familiares el uno para el otro que no necesitan ladrarse o gruñirse o lamerse para saber que ese otro hocico es el hocico que les complementa. Igualmente molestas son sus pulgas, igualmente viejas sus correas; y el mundo que uno ha recorrido, el otro lo conocerá dentro de pocas lunas llenas.
Ambos han sabido roer en los huesos la misma carne pútrida y sanguinolenta; ambos han interpretado la vida de los hombres, de esas extrañas criaturas que les rodean. Ninguno de los dos ha tenido ni tendrá nunca dueño: son perros libres, románticos, locos y sin cadenas, son perros que lo han pasado mal, que han recibido muchos palos y alguna que otra caricia aislada, proporcionada por unas manos frías y arrogantes. Son mucho más que perros jóvenes, porque han exprimido la vida hasta dejarla arrugada, como un trapo feo y sucio y triste y hueco bajo la sombra de sus patas largas.
Estupendos perros, aún estáis a tiempo de correr por la carretera en dirección contraria. Pero no será en esta ocasión: uno de ellos agacha las orejas y el otro gime despacito.
El tiempo dirá si ladran.

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