domingo, 22 de junio de 2014

«Cuando a la orilla de tu ser me asomo», partitura para “Mañanas escogidas” de Víctor Sierra Matute




Suena una música como un eco apenas perceptible, pero no por ello menos hermoso. El corazón se templa. Es entonces cuando llega el momento idóneo para abrir de par en par las ventanas de tu casa, para que entre de lleno toda la luz de un nuevo día. Esos primeros rayos de sol de la mañana, cegadores, vitales y asombrosos, tienen la misma textura que los versos de Víctor Sierra Matute.
Mañanas escogidas se nos aparece de pronto, deslumbrante en su sencillez y chiquito en su edición, elaborado a modo de cuaderno de artista gracias a Ártese quien pueda ediciones. Pero no nos fiemos de las apariencias, porque este libro contiene en su interior sonetos de un virtuosismo atroz, atentos al ritmo y a la rima, a la que cada vez está más desacostumbrado el lector de poesía actual. Sin embargo, hasta el más terco versolibrista habrá de reconocer la belleza de las liras con las que da comienzo este cuaderno, y en las que el poeta no vacila un solo instante en recuperar ese gran poema amoroso que es el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, y que deja entrever en endecasílabos como: “transforma al amador en cosa amada” o “de polvo de tu cuerpo me has herido”. A este polvo, que es motivo constante en el poema, no ha de restársele importancia, ya que es un abierto homenaje a otro de los grandes: Francisco de Quevedo. Así, no podemos leer estos versos finales de Víctor: “De polvo como yo, pero de polvo” sin recordar estos otros: “Polvo serán, mas polvo enamorado*”.
Normalmente, los poetas escogen la noche y su misterio para volcarse en la creación y sus precipicios. No es este el caso de Mañanas escogidas, donde la luz es clara protagonista y, con ella, la vida, la esperanza, el amor. El poeta se derrama en el papel para evocarla a Ella, que con su intenso reflejo, todo lo enciende y lo trastoca: “Yo quiero ser la luz desenfocada/ que duerme en tu pupila algunas veces.”; “Hoy vas nombrando el día con los ojos/ y todo lo que tiene es todo tuyo”; “Tú ajena a todas estas pequeñeces/ me miras y sonríes y amaneces”.
Otro de los secretos (necesito desvelarlo, lo siento) que contribuye a crear estos poemas dignos de un maestro orfebre, es sin duda la adopción de una estructura circular, cíclica, que recuerda a los mejores poemas de Jorge Luis Borges tales como “Arte poética” o “El poema de los dones”. El poeta, inmóvil frente a su propia obra, interrogándola en medio del sueño, en una búsqueda de respuestas que ralla lo imposible: “¿En qué destinos circulares/ quedaron atrapados nuestros pocos/ universos de miel y de chatarra/ goteante?...
Y es que la respuesta, si existe, sólo puede estar en la comunión de una piel con otra piel, que se alza como una sola bandera y no sólo construye al poema, sino que hace del poema un lugar habitable: “¿estamos o quizá ya hemos estado/ tan juntos que mi lado es ya tu lado/ pues tienen los dos cuerpos mismo centro?”; “La carne fue misión y estuvo viva/ cuando tuvo a su lado esa otra carne”. El propio autor me confesó, durante un inolvidable paseo en el que contemplamos desde las alturas la belleza de los tejados madrileños, que le gustaba pensar que sus poemas podían suceder dentro de esas casas, en todos esos hogares. Y ahora yo puedo decirle, con su libro en una mano y el corazón en la otra, que sus palabras son un buen lugar donde sentarse a vivir, donde permanecer y hacerse grande.
            Cierro estas líneas con una deliciosa estrofa del Cántico espiritual, para que podáis capturarla y abrazarla, tal y como hizo en su día Víctor:

De flores y esmeraldas
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas,
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas.





*Del soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

 

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