jueves, 27 de febrero de 2014

Nosotras: el deseo y la palabra

No oigo los sonidos orgasmales de ciertas palabras preciosas -dices, en un susurro, y yo me pliego hacia dentro, poseída por un deseo furioso y sangriento, un deseo que nada tiene que ver con Sade, un deseo que estaba en mí mucho tiempo antes de leer a Nabokov.
El deseo. La palabra deseo no me pertenece, no puedo nombrarla. No sé nombrarla. 
Qué inútil eso que llaman éxtasis, eso que llaman clímax, eso que se conoce como el paraíso. Pero el paraíso por qué, si somos sólo piel, uñas, costras. El paraíso, la más nítida de las distopías posibles. 
Un incendio. Un incendio convocado en cada una de las líneas, un incendio que todo lo arrase y me arrastre a mí con él. Que me ate fuertemente a la tierra, al barro, a la vida.
Qué fuimos sino cenizas, Alejandra. Yo tampoco oigo los sonidos orgasmales. No. Yo no voy a fingirlos. A decir: esto es mi cuerpo y esa es la tinta y, el resto, un torrente que puedes llamar deseo o pálpito o soledad bordada o pura incertidumbre. Yo querría haber hablado entonces con tu voz para que ahora fueras tú (vos, vos) quien gritase con la mía. La última inocencia. O la penúltima.
Quien diga que somos inocentes miente. Quien diga que somos malvadas miente. Quien diga cualquier cosa sobre nosotras miente, porque yo no soy esa ni soy ninguna ni soy yo misma.
Este es nuestro secreto. Voy hacia ti con hambre de palabra.




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