jueves, 12 de abril de 2012

La chica de las medias tintas


Por el color de sus medias podía adivinarse en cuestión de segundos su estado de ánimo. Los días tristes sus medias eran color gris; los alegres, de un tono encendido: rosa chicle o amarillo canario. El único problema era que Inés, la alocada incombustible y siempreviva Inés, también tenía derecho a ponerse pantalones.
¿Qué sucedía entonces? Pues que esos días, esos funestos y caóticos días, la gente que la rodeaba se veía inmersa en un estado apoteósico de confusión y malestar creciente. Y es que cuando Inés sacaba a pasear sus piernas enfundadas en lycra o nylon, fuera este tejido del color que fuera, ponía en marcha un misterioso mecanismo con el cual era capaz de ajustar los engranajes ocultos de las cosas, y armonizar así el universo entero.
Ella no necesitaba chasquear los dedos; le bastaba con ponerse unas medias.
Por ejemplo, si cruzaba la clase con largas zancadas y el color de sus piernas era azul oscuro, amenazaba tormenta, pero no sólo dentro de la misma clase, sino en un radio de varios kilómetros a la redonda. Si por el contrario sus rodillas brincaban bajo un estampado de rayas multicolores harto inverosímil, lo mejor que se podía hacer era contar una retahíla de chistes para despertar sus risas, o invitarla a cervezas.
Con las medias de rejilla había que tener cuidado: todo podía suceder. Precisamente, el día que se terminó el mundo, Inés iba de camino a una fiesta, y llevaba puestas unas medias de encaje. Todo habría sido perfecto de no ser por aquel hilo que sobresalía y que no tardó en ceder a un roce, y provocar lo que provocó: un agujero enorme que se expandió hasta crecer y crecer, consiguiendo que el mundo se desinflase como un globo.

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