miércoles, 14 de septiembre de 2011

Complejo de Wendy



No las tienes todas contigo; y sin embargo, me miras.
Me estás mirando con los ojos muy abiertos, todo pupilas, enmarcados a fuego por un remolino de pestañas salvajes, leoninas, cazadoras casi. En esos labios que están a punto de suspiro han quedado atrapadas un centenar de preguntas, interrogantes sin respuesta que no dejan de acosarte un par de miles de veces al día. Y eso, sin tener en cuenta un margen de error que sin duda existe -aunque mi mente de letras no lo alcance a calcular-.
Sueño que me piensas las 23 horas que duran el día y la noche menos una, que es el tiempo que tardas en convencerte de que no deberías hacerlo, porque resulta una locura sin precedentes, un insistente quebradero de cabeza que no conduce a ningún lugar;
mientras, en un sitio no muy lejano, yo me balanceo sobre el hilo frágil que es mi vida. Alguien, que podrías ser tú o podrías no serlo, sostiene la cuerda firmemente, y lleva el recuento exacto de todos los pasos en falso, del vértigo y las dudas de última hora, así como de los minutos que restan para que dé el paso definitivo o salte al vacío.
El problema es que no quiero saltar todavía. Bueno, miento; cuando ya me dispongo a hacerlo siempre llega el pesado de turno (en masculino singular) que tira de la cuerda con todas sus fuerzas. Entonces vuelvo a retroceder hasta el principio, donde ya no tiemblo porque el suelo es firme, donde no hay peligro alguno si caigo.
La verdad es que le debo mucho a estos repentinos "Indiana Jones" que aparecen en mi vida para echarme el lazo cuando bien les viene. Sin ellos, andaría por ahí saltando abismos y metiendo la pata. Lo peor es cuando estos extraños individuos se hacen pasar por los otros, los hermanos gemelos malos (esto está muy de moda, es el antagonista del personaje bueno cuya diferente estriba en que viste de negro, véase Spiderman). Estos malévolos rufianes son todos esos individuos (en masculino plural) que te tienden las mano en el momento de mayor vulnerabilidad, y juegan contigo mientras les parece oportuno; después, simplemente, o bien te ponen la zancadilla en mitad de la cuerda, o bien te dan una patada en el culo.
En fin, resumiendo: yo lo que de verdad quiero es que una noche apacible del mes de septiembre, una sombra fugaz se cuele por mi ventana abierta, y su propietario sea el mismísimo Peter Pan, que ya cansado de contarles historias de piratas a los niños, venga a cantarme una nana. Pero, antes de cerrar los ojos, le pediré que me dé un puñadito de polvos mágicos, para seguirle a tientas a dondequiera que vaya.
Volaremos por encima de Madrid mientras duerme, nos comeremos de camino un pedacito de luna para que no vuelva a estar llena; y lo que es más importante, a partir de ahora, "Nunca Jamás" será "Siempre Siempre".

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