viernes, 17 de junio de 2011

Rostros de mujer. -Trece años-



La forma redondeada de sus rodillas ligeramente erguidas sobre la colcha azul resultaba inverosímil, tan deliciosamente ambigua como la distribución desigual de las pecas en su rostro aniñado de mujer. Sus pestañas aleteaban con impaciencia, como el vuelo apresurado de las golondrinas al caer la tarde, y los dedos de los pies yacían inmóviles como cadáveres de peces en las aguas de un estanque.
Todo en ella era abrupto. Desde la protuberancia de la clavícula, obscenamente marcada, hasta los diminutos pezones, apaciguados bajo el roce insatisfecho de las sábanas perfumadas. Su pecho temblaba por mero instinto de supervivencia, y las manos entrelazadas eran la cuna de su tenue barbilla, húmeda y complaciente como sus labios gruesos, siempre altivos. Los dientes asomaban con aire travieso, unos dientes que ya no eran de leche pero sí de azúcar, unos dientes que mordían con fruición la vida para que no se le escapase.
Y a pesar de todo seguía transcurriendo el tiempo, aunque el viejo ventilador marca Taurus 5F turbo continuase encendido, y se escuchase tan nítido el ruido del motor al girar las desganadas hélices. A máxima potencia, rendía con dulzura sus cabellos sudorosos, maltratándolos a su propio capricho, dejando que cayesen desordenados sobre el batiburrillo de almohadas, peluches y libros con las esquinas dobladas, todavía sin terminar. A través de los diminutos auriculares de un mp3 podía paladearse en ritmo inconfundible de una emisora de radio conocida, y de vez en cuando, sus caderas doradas de sol y de caricias se convulsionaban brevemente, en un ruego sumiso de “mírame y no me toques”.
Cubría su vientre un gracioso vestido estampado de flores, arrugado y recogido por encima de los muslos, dejando al descubierto la textura frágil de algodón de sus bragas de niña no tan niña, cuyo descaro no tenía límite.
Ajena a su posición de perrillo abandonado, enredada en una maraña de sábanas y sueños, dormía apaciblemente. En su cabeza había pájaros de colores exóticos, chicos que jugaban a levantarles la falda a las niñas en el patio del colegio, acuarelas aguachinadas y muchos folios en blanco, helados de nata y chocolate, tesoros del verano.
Bajo la sombra tierna de sus párpados navegaba inconsciente un sinfín de promesas incumplidas, que anegaban sus ojos en cloro, y aun así, mantenían viva e ignorante a una niña de trece años.

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