domingo, 19 de junio de 2011

Mi pequeña Alegría



A pesar de conocerla desde hace una eternidad, siempre he temido dibujar su retrato con mis palabras, temerosa de apagar esa chispa que arde infatigable en sus pupilas.
Hoy, realmente me creo preparada para hacerlo.
Decididamente, quiero conservarla así: tumbada despreocupadamente sobre la hierba mojada, con sus interminables piernas enfundadas en unos anchos vaqueros descoloridos, su porte sereno, atento y perspicaz, la mirada perdida en el mundo de los pensamientos. Sin intercambiar una sola palabra, sus ojos oscuros me devuelven una mirada cálida, entre alegre y taciturna, a veces soñadora y otras, demasiado franca, desprendida y confiada.
Mientras adivina todos y cada uno de los destellos fugaces que cruzan por mi mente, se dedica a deslizar sus dedos delicada pero decididamente entre sus rizos rebeldes, imposibles de peinar y al mismo tiempo, fáciles de adorar.
No recuerdo un solo día en que esos mechones deliciosamente enredados no hayan flotado tras su espalda, escondiendo secretos insospechados y risas fugaces.
Todavía mantengo la esperanza de que pierda el miedo a ser querida, pues la falta de cariño se hace nítida en sus pasos firmes pero inseguros, los saludos ariscos, las torpes despedidas, e incluso y muy a mi pesar, en los besos ocultos en algún rincón de su ser.
Su corazón, malherido desde hace tiempo, busca refugio en abrazos ajenos, mientras su cuerpo espigado como un junco arrastra un pesar tan terrible que ni siquiera sus hombros delgados pueden disimular. Su andar resuelto y elegante, desprovisto de ataduras, posee una solidez inquebrantable, que acompaña a la repentina lucidez de su piel aceitunada.
Apenas deja entrever esa debilidad infinita tras la densa cortina de sus pestañas altivas, y a ratos, una media sonrisa enigmática brilla en sus pupilas negras, irradiando firmeza, ímpetu y tempestad, tal vez una brizna de esperanza.
La conozco como ninguna otra persona, pero no puedo presumir de ser digna de su total confianza; solo en ciertas ocasiones, cuando un denso silencio acompaña nuestras veladas habituales, ella comienza a hablarme con su voz ávida de arrepentimiento de sus extravagantes vivencias, sus pecados inconfesables y deseos más recónditos.
Sin embargo, ella si acertaría a ser una única en el mundo a la que jamás he tratado de esconder mi verdadera esencia, mis múltiples desvaríos y miedos secretos. Es más, estoy prácticamente segura de que lo sabe todo sobre mí, y que sus oídos atentos alcanzan a escuchar el eco de mi memoria, a distinguir las mentiras espontáneas de las verdades más atroces.

A pesar de no ser las amigas perfectas, somos incapaces de vivir separadas.
Es como si nuestros corazones latiesen al unísono, fuesen testigo del manso flujo de unas vidas jóvenes, todavía inmaduras, frágiles y por inventar.
Su rapidez mental deja muy atrás mis tristes conocimientos, y no puedo evitar sentirme completamente a su merced. Su sagaz resolución me desconcierta.
Aunque tengo un año más de experiencia en la vida, a su lado soy como una niña encaprichada que solo quiere reunir el éxito suficiente como para ser merecedora de una torpe felicitación.
Incluso en mi terreno soy superada. No puedo evitar entristecerme al saber que ella seria capaz de superar mi talento literario con tan solo un chasquido de sus dedos. En ella, componer versos sutiles y armoniosos siempre fue un don extraordinario, así como dibujar con su mano diestra perfiles intrincados y detalladamente hermosos. Incluso los instrumentos musicales se doblegan grácilmente a su voluntad de acero.
Pero nada de eso importa cuando reímos juntas sobre cualquier ocurrencia ingeniosa, victimas de un ataque de libertad que no podemos abarcar con palabras. Solo mientras unimos nuestros deseos imposibles, estos se hacen reales en el horizonte, y por mucho que el tiempo pase, nuestra amistad continua viva.
Día tras día, voy sumergiéndome poco a poco en sus continuas extravagancias, sus graciosas manías y la inagotable fuente de imaginación que es su cabeza llena de pájaros. No creo que exista en el mundo alguien como ella.
Creo que le tengo demasiado cariño a sus caprichos espontáneos, tan ingeniosos como sus terribles enfados, pues si hay algo que le sobra es el genio.
Posiblemente, el día en que mi mejor amiga deje de llevar coloridos calcetines dispares y estrafalarias pulseras atadas a las muñecas, la habré perdido.
Me gustaría que no cambiase jamás, en ninguno de esos aspectos tan maravillosos que la hacen ser una persona tan absurdamente especial.
Incluso en su pasión desenfrenada por la música sigue siendo un misterio para mí; los estrambóticos grupos que un día fueron sus ídolos, se convierten al poco tiempo en simples rostros de un póster olvidado tras la puerta de su caótica habitación.
En algunas ocasiones, su glotonería insaciable me recuerda nuestra niñez; y tan solo verla así, los labios y las manos manchadas de chocolate y la risa despreocupada, tierna e infantil, me llena de su alegría contagiosa.
Sus modales inmaduros y torpes poseen ese encanto despreocupado y vivaz que deja escapar libremente a través de cada poro de su piel.
Su pueril impaciencia destaca orgullosamente sobre su vehemente seriedad, y aunque en ocasiones puede ser despiadadamente fría, su mirada huidiza rebosa de sentimientos níveos que se hacen difíciles de ocultar. Tiene un corazón tan grande, que cuando despierta de su pereza habitual, puede hacer estremecer un alma con su bondad. Recuerdo que cuando éramos pequeñas jamás me negó nada; repartía sus juguetes como si fuesen caramelos, pues, ya entonces, mi mejor amiga había comprendido que la amistad es mucho más importante que cualquier otra posesión material.

Lo que me sorprende es mirarla ahora, y tratar de descubrir en ella a esa niña menudita y de ojillos inocentes de cervatillo asustado, cabellos cortos y más bien poca cosa, que apenas si abría la boca en su acostumbrada timidez.
Finalmente, salió del cascarón para convertirse en un pájaro exótico de alas multicolores que pueden deslumbrar al mismo sol.
Después de todos estos años, si de algo debo sentirme orgullosa es de formar parte de ese diminuto universo que es mi amiga Estíbaliz, y en el cual decidí sumergirme hace mucho tiempo, un día aciago en el que me encontraba mortalmente sola, y quisieron mis pasos conducirme hasta un asiento desocupado del autobús escolar, junto a una niña de sonrisa inalcanzable y corazón de cristal…

(Escrito en junio de 2009)

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