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jueves, 24 de mayo de 2012

Azul


Azul infinito
     Azul mar
                  río
                    torrente
                           arroyo
        azul itinerante
   Azul pupilas
Azul vestido de volantes
      por encima de la rodilla
Azul universo y
           azules los sueños
     golondrinas azules
y los pitufos y los sugus de piña y
el boli bic o el envase de leche pascual
       - hasta hace poco-
Azul toda mi vida en pocas palabras
  como azules los días de mayo casi junio
cuando atardece en mis labios
          y en las ventanas de un quinto piso
               con la lentitud deliberada del novio
        que se hace esperar en todas las citas.

Azul                      Azul                  Azul
          cielo azul mires a donde mires
                 huyas a donde huyas
   desierto de tonos fríos y arañazos blancos
            salpicaduras de ángeles
                   besos del viento
                         olores almizclados
       y el azul profundizando
                      en los corazones
casi siempre.
                      
      

viernes, 9 de marzo de 2012

El infierno

Me estoy cociendo. Mi habitación es una olla express y me estoy cociendo; me voy desintegrando poco a poco, esparciendo hasta cambiar de estado, hasta tornarme en un líquido espeso a expensas de este sol insufrible de marzo.
Recupero mi cuerpo completamente, pero me falta algo: las manos.
Me miro una y otra vez, y nada, al final de los brazos no hay nada, ni siquiera un triste muñón.
Solo una prolongación de piel fea y obscena, sin fin.
Y ahora qué. Cómo hago para morderme las uñas si no tengo uñas porque no tengo dedos que estén pegados a unos nudillos que a su vez estén adheridos a una mano. A dos, en concreto.
Y ahora qué hago si cuando estoy nerviosa me muerdo las uñas o me muerdo los labios. Intento hincar los incisivos superiores y colmillos en el labio inferior, pero algo me impide morderme el labio, hacer brotar la sangre que fluye, que no deja de fluir. Invisiblemente.
Y es que no tengo labios; y si no tengo labios es que tampoco se dibuja el perfil de mi boca.
Qué pasa ahora, no entiendo por qué la boca me sabe a espárragos si no existe, si no es. ¿Cómo paladear lo que no es? Intento comprobar si es verdad que mi cara está incompleta, si me falta la nariz, o los ojos, o las orejas. No, los ojos están porque todavía puedo ver.
¿Será audaz atreverse a oler, escuchar? Intento comprobarlo y mi intento es en vano. ¿Si no tengo manos con qué voy a comprobarme?
Y ahora qué hago, qué invento. Si cuando estoy nerviosa me muerdo las uñas o los labios o grito, simplemente. Pero nada de esto es posible sin voz ni tacto.
Me empapo de mí, y grito para adentro, con voz diurna, quejosa, mustia, rancia. Grito y mi aullido resuena en el estómago, que todavía conservo intacto pese a las mutilaciones.
Entonces, me olvido de la habitación que me oprime, del olor a sudor, a libros, a mentiras, y trato de escribir lo que siento. Pero no puedo porque necesito mi voz para crear vida y mis manos para transcribirla. Y punto.
Porque todo lo que soy y lo que he sido y lo que tal vez sea a posteriori, porque mi fuerza secreta, el río que fluye manso y se derrite en mí, hacia mí, por mis adentros, se llama corriente.
Y no es una corriente sanguínea, sino esencialmente literaria...

jueves, 29 de diciembre de 2011

Fin




Como el libro que se cierra
y te deja en los ojos una huella húmeda
-tan difícil a veces de disimular-
así paso las últimas horas,
aprovechando los segundos con celo,
besando cada palabra dulce
mente dormida en los vaivenes del tiempo.
Quiero arrepentirme y quiero
desaprender ciertos recuerdos roncos,
rotos en mi corazón, de porcelana fría.
Puedo olvidarme de los ojos
que me hicieron daño y debo
hacerlo para no languidecer de hastío,
soledad, embrujo y abstinencia.
Juego al juego que me sé desde pequeña,
sin conocer las reglas, sin ganar nunca
porque soy mala con las trampas
y siempre me pillan cuando miento.
Conduzco un coche imaginario
viajo sin combustible, y conduzco
mis pensamientos más salvajes
a las orillas menos pobladas.
Recreo los nombres olvidados
como si se tratase de una adivinanza
y huelo la nostalgia en todas
y cada una de las empanadillas
que mi madre hace al horno en invierno.
Me visto con ropa nueva para no cansarme
de ver siempre la misma niña
mirándome desde el otro lado del espejo
con ojos de lentilla y flequillo oculto,
indomable melena ni lisa ni rizada,
labios ajados, tal vez huecos.
Leo en voz alta por las noches
para ahuyentar a los fantasmas y leo
siempre que el mundo me quiere ahorcar.
Abrazo mi perro de peluche grande
y grande es mi consuelo y mis sueños
siguen terminando en pesadilla.
Lloro despacito y tiemblo si pienso en eso
y en aquello, y eso otro, y lo de más allá,
porque mis errores han sido tantos tantos
que ya no tiene sentido creer que los Reyes Magos
vayan a traerme un cuerpo nuevo.
Muero con este año que se marcha y confío
en resucitar cuando suenen las campanadas
o mi tía se atragante con las uvas.
Para este año novato que se acerca
deseo desear menos y vivir más
y quizá envejecer despacio: sin fin.





sábado, 3 de diciembre de 2011

Filosofías que no son tales

La poesía porque va de dentro a fuera,

el sexo porque va de fuera a dentro.

Orígenes paralelos- un mismo fin:

desintegración absoluta de los cuerpos


* * * *


El amor, como la materia,

ni se crea ni se destruye:

solo se transforma.


Porque todo, al fin y al cabo,

forma parte de lo mismo:

ese puto átomo

que tienen todas las cosas.


* * * *


AVISO:


queda terminantemente prohibido

aquí y ahora

subir o bajar en marcha

allí y entonces

Permanecer junto a las vías

luego y donde sea

cruzar el andén.


Yo escribo poemas-escudo:

Atención señores viajeros

Es la ventaja de no tener

Peligro de muerte

más arma que mi piel.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Estideces de mi vida






Tras la cortina de lágrimas

el universo entero se vuelve abstracto:

palpitan las pupilas en el lago,

escuecen las mejillas con rabia

y las gotitas se deslizan sin prisa

nariz abajo, mentón, barbilla y nada.


Te veo en todos tus regalos,

en los osos-llavero, en los atrapasueños

en las gafas de ver-la-vida,

en las botas que te compraste

y luego no te gustaron.

Te veo en los gatos abandonados

en el chocolate milka,

en el suchard, en los kinder bueno

y en el envoltorio rojo del bombón

que aún no he probado.

Te veo en las fotos del verano pasado

y todos los anteriores,

haciendo muecas simiescas,

posando sin gracia alguna

-siempre fuiste demasiado natural

para esa clase de formalismos-.

Te veo embarazada de croquetas

y llorando con la lengua fuera

al haber caído en la trampa

de los pimientos del padrón;

te veo en la cama de al lado

silenciosa ruge-estómagos

y sé que estarás callada

hasta que te quedes dormida,

porque no te gustan las confesiones

con legañas en los ojos,

así que charlamos en sueños

para que nadie nos diga

que no somos las mejores

amigas de cuantas existen

en este planeta: tierra

pisada por un pie del 40

que guía mis amaneceres.






sábado, 22 de octubre de 2011

Inspiración malsana


Ya resuenan tercos, casi obscenos

mis pasos de tacón, sobre el asfalto.

Tengo la náusea a pedir de boca,

tengo el corazón hecho un guiñapo.

Ya son casi las dos de la mañana

y yo aquí comiendo jamón serrano

con galletas maría y pensando

qué milagro estar viva, qué puto asco


encontrarse en el metro a un tipejo

calvo, gordo, lascivo y trajeado,

que saca trozos de pizza del bolsillo

con manos grasientas, como un mago.


Noche de versos sin cicatriz,

ojos café con leche del pasado,

putas y ladrones familiares,

aliento fatal a whisky barato.

lunes, 10 de octubre de 2011

Carpe diem







Caminas. Ni muy deprisa ni muy despacio; simplemente caminas. En la quietud de la noche se escucha nítido el repiqueteo de tus pasos desiguales sobre el asfalto gris, sucio, mal adoquinado y siempre traicionero.

Tus pisadas son firmes y no se detienen nunca. Estás cansado, tienes frío y mucho sueño, bastante hambre y, lo que es más importante, demasiado tiempo que malgastar. Sabes que hagas lo que hagas llegará el día señalado, en el que te convertirás en tu propia sombra, -esa que adivinas a tu derecha al pasar por delante de una solitaria farola del parque-, y nada será como antes de saberte vivo, loco y mortal.

El soniquete de tus zapatos te resulta plácido y deliciosamente convencional. Cuando oyes ese ritmo tan distinto del silencio consigues acompasar los latidos de tu corazón, que ya no solo bombea sangre, sino ríos de pasión, desigualmente distribuidos por tu cuerpo.

Las voces han dejado de sugerirte maldades, y vuelcas todo el peso de tu mirada en el brillo de la luna, que está resplandeciente esta noche con sus velos transparentes de seda. La miras con cierta envidia y te apresuras a palpar la piel que te envuelve, tu cáscara fortuita. No te gusta, pero estás tan acostumbrado a vivir bajo su protección que has terminado conformándote con lo que la naturaleza te ha dado.

Una media sonrisa maliciosa salpica tus labios secos al recordar unos ojos selváticos reinventados en la memoria, que te persiguen en las más sabrosas pesadillas. Hundirse en ellos es perderse en el Amazonas, sin brújula y sin mapas, exponiéndote a sucumbir bajo las garras de las bestias salvajes.

Sigues caminando como si los relojes se hubiesen detenido de súbito y la noche fuese a durar para siempre. Metes las manos frías en los bolsillos del abrigo y descubres que te has gastado todas las monedas y ya no te queda nada que lanzar en el pozo de los deseos. Así pues, decides separarte de un viejo guante soltero desde hace varios inviernos, y al soltarlo en el agua, sientes como te quitas un verdadero peso de encima.

Él se aleja, con su olor a cuero y a pasado turbulento, y tú no te molestas siquiera en decirle un fingido adiós con la mano. No merece la pena. Mañana mismo irás a una tienda cualquiera y comprarás unos guantes cualquiera; pero eso sí, uno para cada mano.

Tal vez el marinero solitario haga una larga travesía para encontrar a su pareja. O tal vez nunca lo haga y, seáis simplemente, almas gemelas.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Parpadeo



Arena diluida en los labios
-un rumor nuevo detrás
de la lengua y bajo el paladar-
que agita el pulso de las cuerdas
vocales, y ya todo tiembla
en un corazón metálico
donde no caben rimas en consonante
ni acordes, ni agujeros,ni palabras quedas.

Dormir en mis sueños y soñar
que no duermo en esta cama
sino tres planetas más lejos
de la Tierra,
y que todas las noches la miro
hipnotizada, deseando morderla
un instante solo,
antes de que siga girando
y mueran las cuatro estaciones
de un año de mi vida:
365 días, 6 horas y 9 minutos
esperando renacer de mis cenizas,
sin levantar polvareda.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Batidos de chocolate y otros placeres lentos



Se escabullen deprisa los minutos
en esta tarde sabática
de un sábado cualquiera de septiembre.
Parece mentira cómo giran nuestras vidas
en torno a medio churro
olvidado en el plato,
y somos como dos vasos vacíos
de batido de chocolate
y sendas pajitas verdes.
Todo pasa, y sin embargo
seguimos aquí, sentadas,
-repantingadas, en este sofá marrón-
imaginando qué escribirá la mano
del señor estirado con bigote.
Ya solo esperamos,
con nuestros sueños miopes
al veterano camarero
que viste uniforme blanco,
¿cuándo nos traerá la cuenta?
¿dónde se habrá dejado el barco...?
Demasiados interrogantes sobran
en este café decandentista
-tan comercial en el pasado-
de la glorieta de Bilbao
donde palpita la Historia (con mayúsculas)
y otros muchas historias pequeñitas
de personajes de libro
que aquí, como nosotras, se citaron.

domingo, 17 de abril de 2011

Caos viajero



Los preparativos de las vacaciones de Semana Santa siempre traen consigo una agotadora procesión, - nunca mejor dicho-, y ahora con la casa patas arriba ya no sé ni lo que escribo.

No exagero ni un poquito, esto es una auténtica locura, y ni domingo de ramos ni nada, domingo de locos, tal vez.

La jornada empieza como de costumbre, con mi madre persiguiéndonos a todos, plancha en mano, para que no quede arruga posible en prenda alguna. Y ahí está mi padre, que se ha olvidado de lavar sus calcetines, y como tiene mucho que hacer, me lanza una mirada elocuente, -clara invitación para que haga yo misma la colada-. Y cuando me dispongo a tender "la calcetinada" se me acerca corriendo la pequeña de la casa:

-Gemita, ¿has visto mis pantalones blancos?

-Hum, ¿tienes pantalones blancos?

-Que sí, tonta, los cortitos esos tan monos. ¿Dónde estarán?

-Y a mí que me cuentas! Pregúntaselo a mamá!!!


Y con los malhumores, me entran los calores. Me lanzo a la ducha, y una vez allí, me dispongo a enjabonarme y... no hay champú, no hay gel, no hay nada de nada. Así que me envuelvo a medias en la toalla, y grito por la escalera:

-Mamáa!! se puede saber quién ha atracado la bañera?

Y la respuesta esperada, que no se demora:

-Está ya todo metido en la maleta, hija mía.


Echando chispas por los ojos, me dispongo a la ardua tarea de escoger la ropa adecuada, pero el tiempo está como loco: un día diluvia y al siguiente te achicharras. Por tanto, la decisión está tomada, mi maleta tiene un poco de todo: jerseys y pantalones, bikinis y camisetas, faldas y vestidos, pañuelos y calcetines, sandalias, botas y toalla de la playa.


Y organizado el caos de la ropa, preparo un buen puñado de libretas y bolígrafos, por si acaso la inspiración se quiere venir de viaje. Tampoco puedo marcharme sin un par de libros, escogidos con tino y mucho ojo, una dosis de poesía modernista y una buena novela de Marsé.

Seguro que se me olvida algo.... Recapitulemos: ropa muy variada, libros, cuadernos, apuntes, aparatos electrónicos (y sus respectivos cargadores), lentillas y gafas...

Pues bien, todo listo. Por fin respiro.

Ahora solo queda rezar para que mañana papá juegue un poco al tetris en el maletero, y todos contentos. Posiblemente sea mi única hazaña religiosa durante esta Semana Santa...




domingo, 10 de abril de 2011

Todo lo bello florece en primavera



Mevoyacallarmevoyacallarmevoyacallar. Y me encallo. Como un barco a la deriva que navega malherido, azotado por la tempestad, que da con sus huesos en un escarpado y mortífero acantilado. La tripulación cae por la borda: los marineros se ahogan y las sirenas los lloran. Pero yo no quiero llorar porque el llanto desborda, porque mis ojos enrojecen y parecen del barça: ojos azulgrana. Y todo menos eso, menos tener mirada futbolística, que nunca supe jugar, que prefería meter todos los goles en propia y mirar con desdén la portería contraria.


Quiero callarme y me caigo. Me caigo de la hamaca donde segundos antes estaba tumbada, achicharrada, con los muslos bailoteando despreocupados bajo el sol taciturno de abril. Que todavía no estamos en mayo y ya amenaza verano. Y yo febril en abril sin aguas mil. Eso es sufrir.


Pues bien, me caí -cosa rara-, y mientras mi hermana se retorcía de la risa, me dio por sonreír. Lo digo como si casi fuera un milagro. Como si la risa me estuviera prohibida por eso de que mi corazón está de luto. Serán las ganas de sobrevivir, o de sobresalir del agujero en que me pudro, en el que nos pudrimos todos, sin darnos ni cuenta, porque vivimos continuamente con los ojos entrecerrados.


Yo siempre tengo los ojos abiertos al mundo, y por eso vivo enamorada de él, aunque algunos días el sol se marche a hurtadillas y me deje a merced de la lluvia. Hoy luce resplandeciente y tibio, así que empleo mis horas perdiendo el tiempo como más me gusta: leyendo y garabateando en una libreta tonterías por doquier. Hasta el atardecer.


Me apetece cocinar y preparo un banquete. Me apetece viajar y compro un billete. Me apetece ser feliz, y lo soy. ¿Por qué pensar lo contrario? Me apetece oler las rosas que empiezan a florecer, y florecer yo a mi vez, junto a ellas, envuelta en rojos pétalos de terciopelo, protegida por una amenazadora corona de espinas, y que mis ojos, estambres altivos, adviertan: -se mira pero no se toca.


Quiero absorber hasta el último rayo de sol, ahora que el viento sopla en mi contra, y sentir el pelo libre agitándose como una bandera, mi bandera, que es la libertad. Soy libre pero no puedo evitar envidiar a los pájaros surcando el cielo a pesar del vendaval. Recuerdo que una vez me apodaron "golondrina". Me pregunto por qué será, -no creo que supiera que en los sueños soy capaz de volar, incluso de amar.


Mas no ahora, en este preciso momento, ahora más que nunca estoy anclada en el mundo real. Lo sé porque mi hermana se acerca a mi corriendo, con un gran globo azul en las manos, -de esos que flotan desafiando la gravedad, -y me alegro mucho de estar viva cuando, las dos a un mismo tiempo, lo liberamos de su acostumbrada cautividad. Y tras unos breves instantes de vacilación, el antojadizo globo remonta el cielo por encima de nuestras cabezas, y ambas lo seguimos con ojos soñadores hasta que roza las nubes y su azul se confunde con la inmensidad.

Qué hermoso final para esta historia. ¿No crees?


La vida nos regala una sola oportunidad.

jueves, 7 de abril de 2011

Diario de una provocación: los jueves todo puede pasar





Si hubiera de elegir un sitio para morir sería en tu regazo, acurrucada como una niña asustada que añora su infancia, que busca sin remedio el cálido afecto maternal. Y no, no me importaría yacer eternamente en posición fetal contra tu pecho, escuchando nítidamente los latidos nobles de tu corazón, -no siempre tan tranquilos como te gustaría- y asomarme a tu sonrisa de vez en cuando. Temblar con besos inmorales e inmortales que me sellan la frente y dejan los labios en suspenso vacilando en el aire. Y pierdo la consciencia con tu simple aliento entremezclado con el humo gris del tabaco, y me desmayo sin hacer ruido no vaya a hacerte daño.


Sigo el recorrido de tus manos con la mente; tú mientras tanto, sigues acariciándome la espalda, -mi punto débil, ay!- y me siento acogida y me siento querida y me siento sentada sobre la hierba, sobre la misma tierra.


Ya no tengo miedo, ya no tengo sueño, ya no tengo hambre, ya no tengo pulso, pero sí fiebre,


-maldita sea-. Tengo tantas ganas de besarte que se me deshace el deseo entre las piernas.


Y así, a fuerza de negarme, de reinventarte y soñarte, me conformo con lo poco de tí que me queda antes de ir a acostarme, y mañana ya no será jueves. Menos mal que no es jueves, me alegro de que no sea jueves. -Adoro los jueves.


Y menuda rallada quedarme callada, que los gritos me atacan y necesito expulsarnos, o matarlos, o quemarlos con mis llamas. Pocas alternativas para una enamorada.


Viajas en tren y te equivocas de andén, viajo en metro y me salto las paradas. Te necesito tanto tanto como solo un tonto podría necesitar algo. Te quiero odiar y no sé insultarte: me faltan verbos, me faltan letras para retratarte, y me quedo corta si te digo que asfixiarte con mi boca es el único asesinato que se me cruza por la cabeza. Sería fácil, sería una muerte literaria y devastadora, -no como la de Romeo y Julieta, veneno y puñal, que poca originalidad, dónde se ha visto semejante tragicomedia.


Tú dejas de comer, yo no dejo de zampar; tú abres un libro, yo cierro mi ingenuidad.


Me apetece volver a nuestro rincón ideal, construir una casa, construir un hogar, y acogerte en mis brazos cuando llegues triste, y arrojarme a los tuyos cuando quiera llorar.


Y así, poco a poco, voy viviendo de sueños y sigo viva porque soy inmortal.


Como reflexión seria, ahora puedo aseverar, que si fracaso como escritora, siempre podré ser limpiadora de gafas profesional...

domingo, 27 de marzo de 2011

Suelas que no dejan huella: libros y soledad



Hoy está la mañana muy ventosa. Fíjate si está ventosa que se pega a los cristales de las ventanas con cierta desgana decimonónica, fantasmal. Sí, definitivamente me he hundido al ver las nubes encapotando el cielo primaveral, y he decidido no volver al Retiro a retirarme del todo. He decidido no madrugar; pese al frío y la humedad, me he quedado en la cama mirando el techo, repasando una tras otra las diminutas manchas en su blanco inmaculado: dieciocho años viéndolas sin saberlas encontrar, como si cada noche se revolvieran traviesas en su mundo particular. Si cierro los ojos, te veo sacándome descaradamente la lengua, apoyado en una esquina de mi cama, con los brazos cruzados y las pupilas muy negras detrás de las gafas.

Pero al abrirlos, y descubrir que mi torpe vista me ha vuelto a engañar: cómo me fastidia ser miope, -lo que no veo me lo tengo que inventar-.

Y otra vez me encuentro en las mismas, sin ningún plan mejor que sentarme a escribir, de corridilla, sandeces incomprensibles que a nadie puedan importar. Llevo ya toda la mañana garabateando bosquejos invisibles en una libreta, simplemente por el hecho de que no puedo parar. No estaría nada mal guardar todo este flujo de palabras desordenadas en una caja de zapatos, -o en cualquier otro lugar-, para destaparla cuando me siente a escribir y no que quede imaginación que derrochar. Incluso, tal vez, sería un buen momento para comenzar esa primera novela, el gran reto que tanto tiempo llevo queriendo emprender y me da miedo siquiera intentar.

Tanto leer a mi adorado Marsé me está empezado a trastornar: leo Caligrafía de los sueños y me hace sonreír, imaginando al Matarratas matando a ratos el tedio y la soledad, recreando a Ringo y sus aventis, al grupo de niños del Carmelo y del Guinardó con sus interminables historias precoces llenas de ingenio y ferocidad, y me siento a jugar con ellos, a recrear su macabra existencia, su vida mísera entre escombros y sueños, todo entremezclado, en perfecta hermandad.

Voy a curarme leyendo; voy a tumbarme en el sofá, -que ya duelen la espalda y el cuello de tanto teclear-, y hasta mañana si Dios quiere. -Que no sé yo si querrá...




sábado, 26 de marzo de 2011

Té con limón






Esta resaca emocional, -que poco o nada tiene que ver con el alcohol, -me sabe más amarga que la cerveza bebida a largos tragos, me asfixia con su embriaguez perfecta, me hace llorar sin perder la sonrisa. Maldita sea. Y bienvenida también.
Creía haber olvidado lo que es el vértigo, el sentirse mareado yendo asombrosamente despacio, el mirar las cosas con otros ojos y pronunciar las palabras de siempre con una nota distinta en la voz. Creía haber perdido mi torrente desbordante de palabras por el camino, creía haber cambiado.
Y era todo ficción. Resucito poco a poco, me revuelvo entre las sábanas de mi apacible cama, en mi querida habitación azul, y la sombra de un camastro incierto me persigue, me dobla la espalda, y siento todavía como me raspan las recias mantas en las piernas y en la cara, y me duele haber dormido sola, o no haber siquiera podido dormir, porque pensaba, imaginaba.
No sirvió de mucho pensar, después de todo.
Ni siquiera huír de la realidad y caminar eternamente para escapar más lejos de tí, y a mi regreso, con la cabeza baja y sumisa, hallarte en el sitio justo en el que esperaba encontrarte, como si hubieses leído mi pensamiento, como si mi locura te hubiera rozado al menos. Tú, que siempre fuiste tan cuerdo.

Y claro; quería pronunciar un débil y sólo me salió un triste y mentiroso no. Compréndelo, no pensaba en mí. No pensaba en nada. No quería hacerlo.
Me dolía alejarme del hechizo, soterrados ya los sentimientos bajo el muro de mi renqueante corazón. Pum-pum, pum-pum no deja de ensordecer, no deja de pedir perdón.
Nunca me había sentido tan vacía y tan llena, con tantas ganas de abrazar y de golpear al mismo tiempo, con el llanto y la risa atrapados en algún lugar dentro de este cuerpo, de este armazón. Quiero desaparecer, no verte nunca para seguir escribiéndote, y seguir viéndote para escribir versos en voz alta, o leértelos con voz queda, con un nudo en la garganta.

Quiero té,- té con limón-.
Espero que no sea muy grave: sufro una especie de adicción. O de alucinación.


lunes, 21 de marzo de 2011

Maldita enana


Será que tus ojos risueños son lo primero que veo cada día al despertarme, o será que lo último que escucho antes de naufragar en el laberinto de mis sueños es la nota débil de tu aguda vocecilla, susurrando "buenas noches, que duermas bien..." O será que ya no concibo mi vida sin tu sonrisa pícara siempre a punto en los labios, sin tu retahíla de chistes malísimos, sin tus comentarios ingeniosos de improviso, sin tu constante alegría de vivir.

Será por todo eso, -y mucho más-, pero lo cierto es que a veces recibo de buena gana esos abrazos tuyos tan empalagosos, acompañados de un beso húmedo y sonoro en la mejilla. Recuerdo que hasta hace no mucho, me preguntabas, con la duda pintada en tus pupilas centelleantes, si podías darme un beso pequeñito como premio victorioso ante alguna apuesta,

-sólo tú eras capaz de pedirme algo tan altruísta y sencillo a cambio, un gesto de ternura tal que haría estremecer a la más insensible de las criaturas-.

Tampoco olvidaré nunca esa forma tan peculiar de reconciliarte conmigo cuando estábamos enfadadas. Para empezar, no te quedaba muy claro el concepto de "perdonar" o "pedir perdón", y por eso, con toda la inocencia del mundo, me decías un simple: -te perdono, Gemita-, cuando en realidad tendrías que haberme preguntado: -¿Me perdonas, por favor?

A mí me entraba siempre la risa, y terminaba propinándote una cachete cariñoso en tu trasero respingón, envidiable, casi burlón.

En otras tantas ocasiones, te limitabas a permanecer callada durante mucho tiempo a escondidas, mirándome de reojo, y aprovechabas una leve distracción por mi parte para deslizar un dibujito trazado muy rápidamente, acompañado de inconexas frases de disculpa y corazoncitos por doquier. -Era imposible estar enfadada contigo tras aquello, bien lo sabes...

Ahora, años más tarde, te miro de frente tecleando en el ordenador, y me pregunto en silencio qué habrá sido de aquella niña inocente, arrolladora como un terremoto, frágil como las olas del mar. Me lo pregunto sin cesar, y sólo cabe la posibilidad de que hayan raptado a mi verdadera hermana una noche cualquiera, dejándome otra en su lugar.

No, definitivamente, esa cría que se pinta las uñas por debajo de la mesa -procurando que no la descubra mi madre-; esa desconocida que se encierra en el baño durante horas canturreando las canciones de moda que tanto detesto; esa niña de belleza transparente, que me mira y no se lanza enseguida a mis brazos para darme un beso, esa niña, esa niña de casi trece años... no es mi hermana.

*****


-Queridísima extraña, ¿podrías darme un masajito en la espalda? - Ay, ay, que me duele mucho anda, porfa... no seas mala.


-Pues te jodes, pringada.

martes, 8 de marzo de 2011

Lluvia que incita al pecado



Hoy no llueve sobre mojado.

Pero levanto la vista al cielo,
y descubro húmedos mis párpados.
Iluminación súbita que atraviesa
mi mente, y siempre termina en charco...

Salir a la calle resulta de locos,
paraguas en mano voy bailando.
La sonrisa es perpetua, casi invisible,
luchar es propio de mi abecedario.

Y resulta paradójico escribir así:
completamente a oscuras sigo tecleando.
Que la luz sin avisar ha hecho huelga;
nos ha dejado con la palabra en los labios.

A mí que no me quiten la voz ni la poesía,
que es mi forma de vida a diario.
En verso lo digo todo y no digo nada,
Pienso en ese sueño que me has robado.

Luego voy y me acuerdo de la luna,
pedacito de luz hermoso y extraño:
ayer tenía forma de uña o de sonrisa.
Hoy ya nada me parece tan raro.

La vida tiene tintes de caos y armonía:
vivir resulta un desafío inesperado.

No,hoy tampoco llueve sobre mojado…

domingo, 23 de enero de 2011

Lecciones de vida: La espera

Hace tanto frío que me duele escribir. No siento las manos, ni siquiera la punta de los dedos. Pero escribo a pesar de todo, porque no deseo que mis palabras se las lleve el viento.
Tras mucho errar entre los elegantes árboles desnudos, tras muchos pasos perdidos y encontrados, he vuelto a llegar al mismo lugar de antes, donde esperaba encontrarte, aún sabiendo que no vendrías. Desde luego, no estaba sola. Allí, entre la multitud de parejas con niños ruidosos y alegres, entre los paseantes distraídos y los entusiasmados turistas, estabas de alguna forma tú.
Como si alguien me observara desde detrás de una cámara, he tomado asiento en los escalones, muy cerca del borde del lago, para que mis ojos se mezclasen con la profundidad de sus aguas turbulentas. Frente a mí, la orgullosa e impasible fuente emergía con el mismo ímpetu de siempre, hacia arriba, muy arriba, hasta tocar el cielo y hacerle cosquillas. Y mientras tanto, yo y mi soledad sentadas a la sombra del palacio de cristal, con la mirada taciturna buscando un rostro conocido.
Esperando, todavía.
Posiblemente, los minutos tictaquean en mi viejo reloj, pero no soy capaz de oírlos. Muy cerca, un solitario músico arranca acordes tristes de una meláncolica guitarra, y no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas al sentir como cada nota que se escapa de sus cuerdas penetra muy lentamente en mi corazón.
De repente escucho un chasquido, y multitud de palomas sobrevuelan mi cabeza, hasta posarse a mi alrededor, curiosas e impacientes, picoteando aquí y allá. Me pregunto si podrán sentir algo, además del hambre y la sed, de la necesidad de sobrevivir. -A veces también las personas somos un poco palomas, y vivimos por vivir, sin ilusiones-.
Segundos más tarde, un grupo de niños acude a espantarlas estrepitosamente, y todas emprenden el vuelo de nuevo, excepto una. Es la única paloma blanca entre todas, que ajena a las demás, se detiene frente a mí y me sostiene la mirada durante un breve instante. -Quizás sabe lo que estoy pensando, quizás puede comprenderme...-
Ese milagro me emociona, y sólo yo soy testigo de su belleza cuando extiende sus alas vaporosas y sobrevuela el estanque casi rozando el agua. Es hermosa, sin ser consciente de ello.
La melodía ahora ha adquirido un ritmo nuevo. Emana un alegre sonsonete que me recuerda a la música francesa. Tengo la certeza de que soy observada.
Quizás no estás tan lejos. Quizás incluso has captado ese instante de mi vida en una fotografía sin que yo lo sepa. Todo es posible en este mundo de locos disfrazados.
A veces pienso que yo también debo de estar algo loca, sentada aquí con este frío, convertida en una silenciosa estatua de hielo: el largo abrigo negro extendido sobre los escalones, las piernas levemente recogidas, una mano enguantada posada sobre la barbilla, la otra empuñando un bolígrafo, que de vez en cuando me llevo a los labios y mordisqueo, con cierta impaciencia. Los pies ateridos enfundados en las desgastadas botas, las rodillas temblorosas, los vaqueros pegados a los muslos, el grueso jersey abrazando mi cuerpo solitario. Los cabellos castaños que escapan rebeldes de una gorra marrón con vuelo, cuya visera protege mis ojos, a duras penas, y cubre la rojez antojadiza de mis orejas. De vez en cuando, se me escapa una reflexión absurda de los labios agrietados, que pronuncio en voz alta, con voz queda. La música es ya una dulce nana que me acuna, y querría permanecer allí para siempre. La espera se hace eterna.
Los rayos de sol colorean mis mejillas, y el aire gélido me embriaga. No puedo dejar de sonreír.
Entonces me gustaría no estar sola, sino disfrutar de la experiencia junto a alguien que me quiera. Pienso en esa persona especial, y su imagen acude a mí, sus brazos me rodean, me dan calor... me dan vida. Deseo más que nunca oír su voz. -Tendré que esperar hasta mañana.
Por fin puedo levantarme, la escarcha que me rodea se derrite, y vuelvo a emprender mi camino, a perderme en la soledad del Retiro, de su armonía y sus desequilibrios.
Hace frío, demasiado frío, pero en mi interior arde sin tregua la llama de la esperanza.
Tanto buscarte, para terminar encontrándome a mí misma...