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domingo, 8 de septiembre de 2013

ático



llueve
   y qué importa si llueve esta noche,
          si estamos a salvo bajo tu sonrisa 
                 mucho más amplia que todos los paraguas

                permanecemos de pie, sin movernos
                          la voz fluye  el alcohol fluye  la vida 
                     es del color de un peligro conocido
      
         hablas a borbotones con los ojos y te creo
                   me confieso celosa de la comida que engulles
                                y ya basta, escribir esto es permanecer,
                        saberse desnuda a la espera de algo
                              -de alguien-

      llueve
           y qué importa si llueve esta noche,
    si estoy a salvo bajo tu ignorancia 
                 que moja en silencio mis pupilas enormes
                                  

lunes, 16 de julio de 2012

Paisaje de verano con fondo de niños


Miradlos
Surgen en cada esquina al caer la tarde
No tendrán más de quince y ya se besan
en un trozo de hierba solitario
Juegan a poner morritos sensuales
Se rozan con torpeza y su lengua
apenas asoma entre los labios inexpertos
tan pueriles y lánguidos en ese abrazo
que jamás llega a estrecharse por vergüenza
Juegan a eso que ven en la tele
en un pacto mudo por acelerar el ritmo
y ser el primero en besar a la amiga de clase 
sin atreverse a posar su mano sobre los
pechos pequeños que lo reclaman a voces
Sus dedos reposarán en la mejilla
en una caricia lenta que preludia
la torpeza con que amarán a una mujer
dentro de mucho tiempo
despojada de todo y mojada con la saliva
de su boca todavía adolescente
-Melocotón en almíbar
Cereza sangrante
Boca titubeante que suspira
imaginándose hasta dónde
puede llegar el placer
teniendo quince años
y el verano entero en el bolsillo

sábado, 7 de abril de 2012

La torre de marfil

(Somnolencia ocasional y ojos entrecerrados. Se escucha de fondo un ronroneo intermitente de flamenco, y con cada nueva palmada, unos sorbos lentos del té caliente, aún en los vasos.) 
Dos de ellos juegan al oficio de ver pasar la vida mientras mueven obstinados las piezas de un viejo ajedrez, todo hecho de cristal. Una tercera les observa, con ojos felinos, desde un exquisito diván de cuero rojo, -que bien podría ser la colchoneta de una hamaca, mirada desde otra perspectiva-. Sus labios adquieren la redondez perfecta para aspirar una calada de tabaco, a todas luces invisible; y sus manos, olvidadas en el regazo, juegan con las sedas azules de su vestido vaporoso, donde no tiene cabida la imaginación. Sus piernas no están enfundadas en unas medias negras tupidas, y su ropa interior no es del H&M; no podría serlo, pues en ese rincón preciosista cada ínfimo detalle tiene valor. 
La dama de cortos cabellos rojizos inclina hacia atrás su rostro pétreo y desmayado, en un gracioso mohín silencioso, conteniendo la carcajada. Ya imagina pícaramente a sus dos amantes vestidos de cualquier manera, con gruesos jerseys de lana, y sus manos enfrascadas en la torre, el cabello, el alfil y el pezón, en la misma reina, que no es otra sino ella.. Mientras sus pensamientos se deslizan sin prisa, los jugadores siguen inmersos en el juego, completamente ajenos a estas perversidades.
 Son expertos, hiperbólicos rivales que piensan cada jugada durante mucho tiempo, por miedo a cometer un solo error. De vez en cuando, el de la izquierda atrapa su bombín, y lo hace girar sobre el dedo índice en un gesto de crispación; su compañero le lleva una ligerísima ventaja. El de la derecha, a su vez, sabe con tal certeza que va a ganar que entretiene su tiempo recitando algún que otro verso rubendariano, y mientras se atusa con cuidado bigote, roza con los ojos de vez en cuando a la joven de sedas, que yace aburrida en sin igual postura decadente.
(La melodía de fondo es sustituida por el gemido melancólico de un laúd. Las notas rasgan la templada noche, y un bostezo pedante procedente del distinguido caballero del bombín provoca el desenlace súbito del juego. Jaque mate.)
El ganador, sin poder disimular su regocijo y sin decir una sola palabra, se levanta de un saltito y cruza la sala para alcanzar su más preciado tesoro: el violín. Cualquier otro instrumento, ya fuese guitarra o armónica, habría desentonado en aquella sala espléndida. Dejándose llevar por su feroz instinto, improvisa al principio, y poco a poco va brotando un murmullo agradable que se apodera de sus conciencias y pensamientos. El laúd ha dejado de sonar, y hasta los tapices de colores -con dibujos geométricos, similares a los de ciertas alfombras árabes- que adornan las paredes, parecen estremecerse de gozo. 
Los rencores han quedado olvidados y, la dama, que ahora se halla en el centro de la sala, les sirve el té y sonríe, como ausente... Aquella atmósfera decadente le ha abierto el apetito. ¿Servirían manjares exóticos durante la cena?
Y es que, de repente, sin saber por qué ni cómo, le habían entrado unas ganas vergonzosas de comerse un bocadillo de jamón. 

domingo, 25 de marzo de 2012

Empacho primaveral

Hambre
de todo lo vivido y pensado
o acariciado siempre en la retina
mientras duraba el sueño no soñado
del viaje al País de las Ardillas.
Voracidad
en medio de este mar verde infinito
junto a un estanque prolijo en ausencias
lleno de niños de pico amarillo
y patos ebrios que se tambalean.
Apetito
nocturno de vuelos matutinos
de ser toda vestido y toda entera
núcleo de dos mil versos argentinos
caducos en tu boca sinverguenza.
Canibalismo
delirante golpeando en los muslos
cosquillas en el pie o en las pestañas
mis lenguas discuten sin disimulo
y naranjas mis medias son, naranjas.