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viernes, 15 de abril de 2011

Diario de una provocación: adiós...





El andén está completamente vacío, y sin embargo, todavía siento tu mirada entristecida a través del cristal, una mirada nostálgica propia de una despedida. Una mirada serena.


-Todo ha terminado. (¿De verdad es el final?). Maldita locura, creo que empiezo a delirar.


Creo haberla besado en los labios en el último instante. Apenas un roce, un beso casto, inocente, balsámico y bondadoso, que era el ensayo de mucho, muchísimo más, pero que se ha quedado en deseo no formulado sin respuesta.


Nos hemos ido del Parnaso. Y no volveremos a pisarlo juntos, ya no. Probablemente, cada uno por su cuenta, nos sentaremos debajo del mismo árbol, cerraremos los ojos, escucharemos saxofones desafinados de fondo, pero no será igual, ni siquiera parecido.


No lloverán pétalos blancos sobre tu vestido, no aflorarán los versos con tanto sentimiento, no permanecerán nuestras cabezas juntas, muy juntas, frente con frente, nariz con nariz, y labios en suspenso, cautivos, lascivos. Difuntos, pero vivos, muy vivos porque solo los separan tres centímetros, y resulta un juego peligroso entreabrirlos, y que se escape un jadeo.


Deseo, puro deseo contenido...


Y aunque te parezca un imbécil, yo también he disfrutado acariciándote la nuca con los dedos, maravillado por la suavidad que se oculta detrás de tus largos cabellos de olor almizclado. Tampoco soy inmune ante el movimiento sinuoso de las curvas que se revuelven bajo el vestido verde, piernas torpes y rodillas traviesas, uñas mal pintadas en tus pies pequeños, manos cálidas sosteniendo un libro. No te lo he confesado nunca, pero cuando recitas, además de escuchar poesía, veo poesía. Miro tu rostro concentrado en la lectura, sigo las muecas graciosas de tus labios, tu frente gacha, tus pupilas saltarinas. Y trato de imaginar lo que dices pero me cuesta recordarlo, por eso a veces te pido que vuelvas a leerlo más despacio, y tu lengua ya bisbisea de nuevo los sonidos más dulces jamás inventados.


Y tocar el piano en tu espalda ha sido irrepetible, o apoyar mi mano indecisa en la curva redondeada de tu cadera (he estado a punto de poner "caldera"), cuando de repente te inclinas hacia mí, con los ojos feroces y muy sabios, reclinando tu adorada cabecita sobre mi pecho agitado. Y entonces te pregunto si seríamos felices juntos, y tu respuesta es sí, porque nos queremos aunque no podamos amarnos.


Tu incomprensible torbellino de pensamientos me recuerda al vuelo de los pájaros, y por eso, cuando me dices que necesitas ser libre, sé que atarte a mí sería una crueldad. Un verdadero asesinato.


Pese a todo, me gusta cuando ríes tontamente, cuando te asustas y armas un verdadero escándalo. Me gusta cuando haces como que estudias y me miras de reojo si no te estoy mirando. Me gusta confesarte que he venido aquí otras veces para recuperar los recuerdos que dejamos olvidados. Y me gustaría hacerte el amor para desmostrarte que te quiero, que mataría por haberte conocido hace seis años (aunque entonces todavía eras una niña, claro).


Pero todo aquello que nos regala la vida, poco a poco, nos lo va quitando.


Olvídame, y yo te prometo que cogeré la maleta y me iré lejos, durante un tiempo limitado, y a mi regreso, seremos dos viejos amigos que nunca se han besado.


Prométeme esa tontería, amor, porque mi corazón solo concibe el llanto. Aunque no te lo creas, soy muy pequeño a tu lado...

miércoles, 13 de abril de 2011

Diario de una provocación: libertad sin tregua





Pequeño diablo azul de las gafas siempre-sucias, sonríe un poquito, así, pícaramente, pero sin pasarte, no vaya a ser que salga despedido el corazón y se quede en paro, laboral y cardíaco.


Ahora túmbate en nuestro lecho de hierba, en este rincón alejado de todo y de todos, mira el cielo y dime qué ves, traduce para mí los guiños de los ángeles y sedúceme intentando pronunciar un verso con dulzura inusitada, con esos labios tuyos de hoy sí quiero besarte pero no me atrevo, por miedo a corromper la imagen idílica de otro tiempo.




Y, fíjate lo que son las cosas, mi memoria me devuelve recuerdos que no existieron, salvo en mis palabras o en las tuyas, y apenas ya concibo que me dieras un beso. Supongo que soñé la suavidad de su tacto leve en un principio, su roce dubitativo entrecortado, sutil, aventurero. Y su huella húmeda, embriagada, perfilada de abandono, edulcorada con caramelos de miel y limón. Y tu caricia lenta en la nuca, tus dedos firmes en mi espalda trazando un sendero pecaminoso y atroz.




Quizás me he inventado esa figura perfecta que es la de nuestros cuerpos entrelazados contra un árbol en medio del silencio. Quizás jamás reúna el valor suficiente para comprobar que fue real, que lo que sentimos, aquel estallido irrefrenable de pasión inmortal, no fue un mero esperpento. No, no creo que lo fuera. Nunca supimos actuar bien, ni mentir bien, ni portarnos mal. Porque todo, absolutamente todo lo que hacemos está bien, porque intentar ser felices no es un pecado, y si lo es, el cielo estará completamente vacío.




Hoy la he visto a ella. Me ha bastado ver una simple foto para admirar su magnificencia. Tal vez porque no es como la imaginaba, y sin embargo, no podía ser de otra manera. Envidio su suerte, me introduzco en su piel y me convierto en la única, en la mujer a la que ya has consagrado tu vida. A la que no abandonarás por mí y me siento más tranquila. Y me gusta, me siento querida, pero al mismo tiempo, encarcelada, y sé a ciencia cierta que por mucho que te hubiera intentado hacer feliz coleccionando fantasía, no habría sido suficiente.




Tú, hubieras amado eternamente a un pájaro sin alas incapaz de remontar el vuelo. Y yo, habría terminado huyendo en busca de la libertad, lejos de todo lo que me ofrecía un futuro perfecto, a tu lado, haciéndome el amor y los deberes.


Quiero una vida caótica entre libros y letras. Adiós al amor y los placeres...




viernes, 8 de abril de 2011

Diario de una provocación: escombro enamorado en el juego del ahorcado





Roto. Como un casco partido de una botella de vidrio. Así tengo yo el corazón: roto, torpe y herido. Sus gemidos lastimeros me atraviesan la garganta, y ya no es dulce contener sus alaridos, sus gritos fantasmagóricos de auxilio.


Me pide ayuda y no tengo cura, me pide calor y solo encuentro frío, mucho frío aquí dentro, aunque fuera la temperatura siga subiendo. Frío que muerde, con mordiscos diminutos pero asesinos. Frío de abril, frío.


Y avanzo a tientas en la oscuridad dándome de bruces con todas las esquinas. No tengo linterna: las pilas se gastaron y no las he vuelto a cambiar. Ni duracell ni nada.


Ahora me pregunto si merece la pena tanto sufrimiento por una tontería. Pero es que hoy, me lo ha dicho Jaramillo, y me lo he creído: eso de que el amor es el motor que mueve el universo, y que el amor es aquello que nos hace estar vivos.


Permíteme que dude, amiga mía, que dudar es principio de sabiduría, dijo un filósofo cuyo nombre no daré, a no ser por descarte. Y claro, no sé lo que me pierdo pero tengo un esbozo en mi cabeza, -mucho más que un boceto, siendo sincera, -y esa silueta borrosa amargamente inventada me causa tal obsesión que solo ansío tocarla y decir, "por fin, he llegado, estoy aquí".




También me da miedo conseguirla y no ser feliz. O ser feliz durante un tiempo, y perder los estribos ante esa "normalidad" del mundo que me pone esquizofrénica y me da ganas de gritar. La vida es mucho, mucho más. La vida no es tenerlo todo pensado, planeado, coloreado y más tarde pegado en un papel. Eso no sirve de nada. Lo que pasa es que el miedo a lo desconocido, al futuro sin resolver, para nuestros pies. A mí me da pánico, vértigo, pero cada día intento romper con el orden establecido, cometiendo un acto imprudente o alguna locura sin importancia, o simplemente viendo el mundo del revés.


Y prefiero no pensar que haré mañana o la semana que viene, para no tener la sensación de que las horas caducan, de que mi tiempo se agota, y que todo muere.


Creo que acabaré volviéndome loca si no lo estoy ya. Pero ni los psicólogos querrían tratarme Mañana comienza la cuenta atrás...










jueves, 7 de abril de 2011

Diario de una provocación: los jueves todo puede pasar





Si hubiera de elegir un sitio para morir sería en tu regazo, acurrucada como una niña asustada que añora su infancia, que busca sin remedio el cálido afecto maternal. Y no, no me importaría yacer eternamente en posición fetal contra tu pecho, escuchando nítidamente los latidos nobles de tu corazón, -no siempre tan tranquilos como te gustaría- y asomarme a tu sonrisa de vez en cuando. Temblar con besos inmorales e inmortales que me sellan la frente y dejan los labios en suspenso vacilando en el aire. Y pierdo la consciencia con tu simple aliento entremezclado con el humo gris del tabaco, y me desmayo sin hacer ruido no vaya a hacerte daño.


Sigo el recorrido de tus manos con la mente; tú mientras tanto, sigues acariciándome la espalda, -mi punto débil, ay!- y me siento acogida y me siento querida y me siento sentada sobre la hierba, sobre la misma tierra.


Ya no tengo miedo, ya no tengo sueño, ya no tengo hambre, ya no tengo pulso, pero sí fiebre,


-maldita sea-. Tengo tantas ganas de besarte que se me deshace el deseo entre las piernas.


Y así, a fuerza de negarme, de reinventarte y soñarte, me conformo con lo poco de tí que me queda antes de ir a acostarme, y mañana ya no será jueves. Menos mal que no es jueves, me alegro de que no sea jueves. -Adoro los jueves.


Y menuda rallada quedarme callada, que los gritos me atacan y necesito expulsarnos, o matarlos, o quemarlos con mis llamas. Pocas alternativas para una enamorada.


Viajas en tren y te equivocas de andén, viajo en metro y me salto las paradas. Te necesito tanto tanto como solo un tonto podría necesitar algo. Te quiero odiar y no sé insultarte: me faltan verbos, me faltan letras para retratarte, y me quedo corta si te digo que asfixiarte con mi boca es el único asesinato que se me cruza por la cabeza. Sería fácil, sería una muerte literaria y devastadora, -no como la de Romeo y Julieta, veneno y puñal, que poca originalidad, dónde se ha visto semejante tragicomedia.


Tú dejas de comer, yo no dejo de zampar; tú abres un libro, yo cierro mi ingenuidad.


Me apetece volver a nuestro rincón ideal, construir una casa, construir un hogar, y acogerte en mis brazos cuando llegues triste, y arrojarme a los tuyos cuando quiera llorar.


Y así, poco a poco, voy viviendo de sueños y sigo viva porque soy inmortal.


Como reflexión seria, ahora puedo aseverar, que si fracaso como escritora, siempre podré ser limpiadora de gafas profesional...

lunes, 4 de abril de 2011

Diario de una provocacion: la soledad, refugio del poeta -y del segundón-.





Puede que la soledad sea esto: sostenerle la mirada a una insípida botella de agua, camino de tu casa, en la línea cuatro del metro. O puede que esto otro: sentarse a escribir y ver tu mesa tan abarrotada de libros, papeles -y cualquier otra cosa, como caramelos adictivos, gafas de sol perdidas, caóticas libretas grandes y pequeñas; y más caramelos, montañas de ellos, infinidad de ellos, colados entre una multitud de carpetas.


Solo puedo decir sin miedo a equivocarme que la soledad es un desorden sentimental.


La soledad es acordarme de ese helado que me zampado sin remordimiento alguno mientras tu me tentabas entretanto con otros muchos trucos de trapecista de sueños, haciendo del simple envoltorio de un magnum temptation -o como coño se escriba esa marca pedante, burda imitación del latín-, un auténtico cofre del tesoro, con cerradura y todo.


Sí, he de admitir que ha sido indescriptiblemente bueno saborear el caramelo, miel de tus labios y mis desvelos, muy lejos ya del té con limón, que rugía en mi estómago haciéndose hueco, muy lejos también de las polillas grises que pugnaban por seguir sobreviviendo. Esta tarde me las he cargado -me apunto un tanto-, porque he estado un tiempo infinito tirada en la hierba, despreocupada y feliz, acompañada de los insectos más extraños, -y claro, ahora me pica horrores la espalda, que el contacto con la naturaleza hace estragos...


Ha sido romántico, ¿no crees? Leer unos versos interrumpida de vez en cuando por el zumbido impertinente de los moscardones, recostada en tu pierna, -harto incómoda, por cierto-, tratando de congelar con mis palabras un instante, en que me preguntabas: "¿se habrá cagado una paloma en mi camisa blanca?".


Y darme cuenta de que solo recito bien cuando me miras directamente a los ojos y sin pestañear, cuando intento salpicarte de pasión y siento trasparente el latir de tu corazón, mi respiración, bajo nuestro árbol en flor, por encima de toda ingenuidad.


El amor no es un pecado aunque te quiera desnudar. Claro que no. Ni tampoco decirte, -ahora sin pudor alguno-, que querría que me hicieses el amor, no ya como sonata, sino en un verdadero concierto, no ya con las palabras, sino con hechos, no ya con la mente, sino con el cuerpo...


Ay! Chitón! -podría haberme callado esto último pero entonces el chimichurri no sería picante en tu garganta, sino una perfecta impostura, mientras yo trato de rimar un poco, o simplemente de no saltarme de parada, incomprensiblemente, yendo de Gran Vía a Sol.


Ahora me falta una vocecilla que me recordase todos esos pequeños detalles de esta tarde bucólica, porque he aquí una cabeza loca que desprende confusión. En el fondo del fondo estoy ebria de felicidad, por haberte tenido y no tenerte para siempre, por saber que te tendré hasta que yo quiera o hasta que puedas tenerte en pie. Contigo mi mundo se tambalea peligrosamente. Sin ti mi vida es nadar a la deriva sabiendo que la barca está muy cerca y que en ella reside la salvación. Pero la mano amiga tiene espinas, y si no tienes cuidado te pinchas, porque besarla tiene el alto precio de la traición.


Yo tampoco creo que amar sea pecado si luego te arrepientes y se lo cuentas a Dios. Pero como él no me escucha -porque yo no le doy conversación-, tengo que teclear palabrería en mi ordenador, y luego esperar a que lo leas por la noche, -superada ya la prueba de mi presencia, de las dudas y el temor-, y sonrías para tí, con esa sonrisa chispeante por la que pagaría un millón de lo que sea, -ya sean dólares, euros o lágrimas, qué más da, la cifra no es importante-.


Te regalo libros que pagan cervezas, o helados, o empachos de cualquier dulce que provenga de tí, de tus abrazos plenos, que me reconfortan hasta un extremo insospechado.


Y no sé, creo que he hablado mucho, -se va quedado la comida fría-, pero no he contado nada valioso, o que merezca la pena escribir. Pero eso no importa demasiado, porque el mundo está lleno de poetas pésimos, y de otros muchos maravillosamente grandes -como ese espléndido Víctor Sierra que trocea sus versos y nos los mete entre ceja y ceja-.


Y en medio de ellos, estoy yo, que ni Pinto ni Valdemoro pero ahí voy.


A veces me pregunto cuántos te quieros y te odios caben en la misma frase. -Todavía no he dado por legímitima ninguna conclusión-.

domingo, 3 de abril de 2011

Diario de una provocación: vértigo







Entonces sus labios me rozaron, y con ellos, vinieron las turbulencias.


Las turbulencias, los mareos y el vértigo. Pero no un vértigo cualquiera, ni mucho menos. No era el tipo de vértigo que uno siente cuando el avión despega, ni cuando viene un terremoto y hace temblar el suelo bajo los pies, no. No era esa clase de vértigo que empuja a la náusea, a la debilidad, la palidez, -amarillento testimonio de la desesperación-.


Era más bien una especie de vértigo orgásmico, suerte de ebriedad desconocida, tan placentera que te lleva a temblar incontrolablemente, a contener un sollozo y quizás un desmayo, a gritar


o reír, o ambas cosas al mismo tiempo. -Menudo panorama-.




Entonces sus labios me rozaron y quise morderlos, con el ahínco con que se muerden las fresas hubiera capturado su lengua, para después pedir un alto precio por el rescate. Me habría lanzado a desabrocharle la camisa sin pararme a pensar en los botones, hubiera trazado un sendero de amargura en su pecho desoyendo sus jadeos, y juro que la culpabilidad no tendría cabida en mi mente ni en mi corazón...




...Ven, amor mío, vamos a suicidarnos esta noche. Mañana escucharé la sentencia y morirá la ilusión. Hoy no deseo estar sola. Necesito beber en tu llanto y embeberme de falso amor...