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jueves, 14 de febrero de 2013

Souvenir d'hiver

Entonces, Sara dijo "Leo" y yo pensé en París, o mejor dicho, la vi en París, paseando del brazo de un francés alto de ojos verdes, -probablemente verdes, pero también podían ser azules o incluso, castaños-.
Pero lo importante es que yo sabía que estaba ahí, aunque ella no hubiese dicho absolutamente nada sobre la cajita de cartón con el cuaderno de frases de colores, y aquella fotografía del beso en Mar del Plata. "Las pestañas larguísimas de Sara pegadas al cristal de un escaparate de un sombrerería parisina. Los rizos como serpentinas de Sara, saliendo de la tienda poco más tarde, cubiertos por una boina coqueta, tal vez roja, como sus labios de unas horas después, tras despedir a un chico alto con los ojos indefinidos. La soledad de Sara leyendo un libro, junto a una taza de té vacía, en una habitación de paredes blancas. Una rosa sobre la almohada como única compañía."
Y Sara, por fin, entrando en el bar, el secreto en los ojos, la boina en la mano, y en la boca, un sólo nombre, una sola palabra. Me levanto para darle un abrazo y entonces, Sara dice "Leo" y yo no puedo disimular una sonrisa.
-Cuéntamelo todo. -le ruego. -S'il vous-plaît?...




miércoles, 14 de septiembre de 2011

Complejo de Wendy



No las tienes todas contigo; y sin embargo, me miras.
Me estás mirando con los ojos muy abiertos, todo pupilas, enmarcados a fuego por un remolino de pestañas salvajes, leoninas, cazadoras casi. En esos labios que están a punto de suspiro han quedado atrapadas un centenar de preguntas, interrogantes sin respuesta que no dejan de acosarte un par de miles de veces al día. Y eso, sin tener en cuenta un margen de error que sin duda existe -aunque mi mente de letras no lo alcance a calcular-.
Sueño que me piensas las 23 horas que duran el día y la noche menos una, que es el tiempo que tardas en convencerte de que no deberías hacerlo, porque resulta una locura sin precedentes, un insistente quebradero de cabeza que no conduce a ningún lugar;
mientras, en un sitio no muy lejano, yo me balanceo sobre el hilo frágil que es mi vida. Alguien, que podrías ser tú o podrías no serlo, sostiene la cuerda firmemente, y lleva el recuento exacto de todos los pasos en falso, del vértigo y las dudas de última hora, así como de los minutos que restan para que dé el paso definitivo o salte al vacío.
El problema es que no quiero saltar todavía. Bueno, miento; cuando ya me dispongo a hacerlo siempre llega el pesado de turno (en masculino singular) que tira de la cuerda con todas sus fuerzas. Entonces vuelvo a retroceder hasta el principio, donde ya no tiemblo porque el suelo es firme, donde no hay peligro alguno si caigo.
La verdad es que le debo mucho a estos repentinos "Indiana Jones" que aparecen en mi vida para echarme el lazo cuando bien les viene. Sin ellos, andaría por ahí saltando abismos y metiendo la pata. Lo peor es cuando estos extraños individuos se hacen pasar por los otros, los hermanos gemelos malos (esto está muy de moda, es el antagonista del personaje bueno cuya diferente estriba en que viste de negro, véase Spiderman). Estos malévolos rufianes son todos esos individuos (en masculino plural) que te tienden las mano en el momento de mayor vulnerabilidad, y juegan contigo mientras les parece oportuno; después, simplemente, o bien te ponen la zancadilla en mitad de la cuerda, o bien te dan una patada en el culo.
En fin, resumiendo: yo lo que de verdad quiero es que una noche apacible del mes de septiembre, una sombra fugaz se cuele por mi ventana abierta, y su propietario sea el mismísimo Peter Pan, que ya cansado de contarles historias de piratas a los niños, venga a cantarme una nana. Pero, antes de cerrar los ojos, le pediré que me dé un puñadito de polvos mágicos, para seguirle a tientas a dondequiera que vaya.
Volaremos por encima de Madrid mientras duerme, nos comeremos de camino un pedacito de luna para que no vuelva a estar llena; y lo que es más importante, a partir de ahora, "Nunca Jamás" será "Siempre Siempre".

viernes, 15 de abril de 2011

Diario de una provocación: adiós...





El andén está completamente vacío, y sin embargo, todavía siento tu mirada entristecida a través del cristal, una mirada nostálgica propia de una despedida. Una mirada serena.


-Todo ha terminado. (¿De verdad es el final?). Maldita locura, creo que empiezo a delirar.


Creo haberla besado en los labios en el último instante. Apenas un roce, un beso casto, inocente, balsámico y bondadoso, que era el ensayo de mucho, muchísimo más, pero que se ha quedado en deseo no formulado sin respuesta.


Nos hemos ido del Parnaso. Y no volveremos a pisarlo juntos, ya no. Probablemente, cada uno por su cuenta, nos sentaremos debajo del mismo árbol, cerraremos los ojos, escucharemos saxofones desafinados de fondo, pero no será igual, ni siquiera parecido.


No lloverán pétalos blancos sobre tu vestido, no aflorarán los versos con tanto sentimiento, no permanecerán nuestras cabezas juntas, muy juntas, frente con frente, nariz con nariz, y labios en suspenso, cautivos, lascivos. Difuntos, pero vivos, muy vivos porque solo los separan tres centímetros, y resulta un juego peligroso entreabrirlos, y que se escape un jadeo.


Deseo, puro deseo contenido...


Y aunque te parezca un imbécil, yo también he disfrutado acariciándote la nuca con los dedos, maravillado por la suavidad que se oculta detrás de tus largos cabellos de olor almizclado. Tampoco soy inmune ante el movimiento sinuoso de las curvas que se revuelven bajo el vestido verde, piernas torpes y rodillas traviesas, uñas mal pintadas en tus pies pequeños, manos cálidas sosteniendo un libro. No te lo he confesado nunca, pero cuando recitas, además de escuchar poesía, veo poesía. Miro tu rostro concentrado en la lectura, sigo las muecas graciosas de tus labios, tu frente gacha, tus pupilas saltarinas. Y trato de imaginar lo que dices pero me cuesta recordarlo, por eso a veces te pido que vuelvas a leerlo más despacio, y tu lengua ya bisbisea de nuevo los sonidos más dulces jamás inventados.


Y tocar el piano en tu espalda ha sido irrepetible, o apoyar mi mano indecisa en la curva redondeada de tu cadera (he estado a punto de poner "caldera"), cuando de repente te inclinas hacia mí, con los ojos feroces y muy sabios, reclinando tu adorada cabecita sobre mi pecho agitado. Y entonces te pregunto si seríamos felices juntos, y tu respuesta es sí, porque nos queremos aunque no podamos amarnos.


Tu incomprensible torbellino de pensamientos me recuerda al vuelo de los pájaros, y por eso, cuando me dices que necesitas ser libre, sé que atarte a mí sería una crueldad. Un verdadero asesinato.


Pese a todo, me gusta cuando ríes tontamente, cuando te asustas y armas un verdadero escándalo. Me gusta cuando haces como que estudias y me miras de reojo si no te estoy mirando. Me gusta confesarte que he venido aquí otras veces para recuperar los recuerdos que dejamos olvidados. Y me gustaría hacerte el amor para desmostrarte que te quiero, que mataría por haberte conocido hace seis años (aunque entonces todavía eras una niña, claro).


Pero todo aquello que nos regala la vida, poco a poco, nos lo va quitando.


Olvídame, y yo te prometo que cogeré la maleta y me iré lejos, durante un tiempo limitado, y a mi regreso, seremos dos viejos amigos que nunca se han besado.


Prométeme esa tontería, amor, porque mi corazón solo concibe el llanto. Aunque no te lo creas, soy muy pequeño a tu lado...

sábado, 26 de marzo de 2011

Té con limón






Esta resaca emocional, -que poco o nada tiene que ver con el alcohol, -me sabe más amarga que la cerveza bebida a largos tragos, me asfixia con su embriaguez perfecta, me hace llorar sin perder la sonrisa. Maldita sea. Y bienvenida también.
Creía haber olvidado lo que es el vértigo, el sentirse mareado yendo asombrosamente despacio, el mirar las cosas con otros ojos y pronunciar las palabras de siempre con una nota distinta en la voz. Creía haber perdido mi torrente desbordante de palabras por el camino, creía haber cambiado.
Y era todo ficción. Resucito poco a poco, me revuelvo entre las sábanas de mi apacible cama, en mi querida habitación azul, y la sombra de un camastro incierto me persigue, me dobla la espalda, y siento todavía como me raspan las recias mantas en las piernas y en la cara, y me duele haber dormido sola, o no haber siquiera podido dormir, porque pensaba, imaginaba.
No sirvió de mucho pensar, después de todo.
Ni siquiera huír de la realidad y caminar eternamente para escapar más lejos de tí, y a mi regreso, con la cabeza baja y sumisa, hallarte en el sitio justo en el que esperaba encontrarte, como si hubieses leído mi pensamiento, como si mi locura te hubiera rozado al menos. Tú, que siempre fuiste tan cuerdo.

Y claro; quería pronunciar un débil y sólo me salió un triste y mentiroso no. Compréndelo, no pensaba en mí. No pensaba en nada. No quería hacerlo.
Me dolía alejarme del hechizo, soterrados ya los sentimientos bajo el muro de mi renqueante corazón. Pum-pum, pum-pum no deja de ensordecer, no deja de pedir perdón.
Nunca me había sentido tan vacía y tan llena, con tantas ganas de abrazar y de golpear al mismo tiempo, con el llanto y la risa atrapados en algún lugar dentro de este cuerpo, de este armazón. Quiero desaparecer, no verte nunca para seguir escribiéndote, y seguir viéndote para escribir versos en voz alta, o leértelos con voz queda, con un nudo en la garganta.

Quiero té,- té con limón-.
Espero que no sea muy grave: sufro una especie de adicción. O de alucinación.