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jueves, 2 de mayo de 2013
domingo, 28 de abril de 2013
Buenosayres II
en cambio yo no te prometo nada
ni dinero, ni sexo, ni poesía
un yogur es lo más que podría ofrecerte
(Nicanor Parra)
Atardece de a poco en el parque Centenario. Los días se estiran con mate y bizcochitos agridulces, la noche se abre paso al ritmo de los tambores: es el ruidoso y alegre y festivo candombé. Se ríen los niños, mueven las piernas y los brazos, dejan que la música fluya a través de su cuerpo; nosotros intentamos no ser pisados.
Duele mirar los árboles que se reflejan en tus ojos. Son tan trepables ambos... y tan verdes. Dan ganas de subirse a ellos, pisar sus gigantescas raíces, saltar de rama en rama, arañarlos sin pudor y arrancarles unos pedacitos de corteza, y luego besarlos, abrazarlos, e incluso amarlos.
Si fuéramos árboles... -solías decir-, nuestras raíces estarían entremezcladas, y creceríamos a la par, unidos inevitablemente. Ahora rehago mis pasos para sentarme a la sombra de lo que podríamos haber sido. Ahora ya soy capaz de encontrarme con tu verdadero ser a los pies de la mujer-ángel. Ahora no temo mirar en el fondo sucio del estanque y verte con los ojos de mengana eterna, osada sobre todo.
Al igual que los patos picotean la comida en los adoquines, yo descubro los sabores que me dejaste, el regusto a las tardes de domingo que parecen no terminarse nunca.
Un matecito es lo más que podías ofrecerme.
Cómo rechazarlo...
(Parque Centenario, Caballito, Buenos Aires)
lunes, 22 de abril de 2013
Buenosayres 1
(Cruce de Avenida San Martín con Juan B. Justo. Paternal. Buenos Aires.)
Mirá cómo gimen los autos en la Avenida San Martín hora tras hora. Mirá.
Se cuelan en mi sueño, ronroneantes. Creo que la ventana está rota. Más bien creo que no hay ventana y que una mañana voy a salir volando. Como el carancho imaginario. O como la luna gorda.
Je. Parecen de juguete todos esos bondis. Los ángeles guachos nos miran desde la pared pintada y tengo que recargar el celu pero ya bajaré más tarde. Ahora estoy ocupada. Tengo las manos y los ojos y los oídos completamente ocupados mientras tu cuerpo desnudo flota entre las sábanas. ¿Sábanas? Eso sí que es raro.
Me sorprende lo serio que es tu rostro dormido. Ausente de todo, sigues empeñado en buscarle un por qué a las cosas. No te entiendo y prefiero no hacerlo, en serio. Porque el día en que eso suceda, el día en que llegue a intuir todo aquello que ignoro, agarraré mi ropa interior y huiré volando.
Volar. No hubo noche que no me preguntases cuál era mi técnica secreta para volar en sueños, y no supe responderte. Mi don es innato, te decía. ¿No notas dos bultitos en mi espalda? Mirá....
Mirá.
martes, 19 de febrero de 2013
Aguaceros porteños*
El vértigo. Cada mañana el mismo vértigo al escuchar una voz indefinida que anuncia esa parada en la que no debo bajarme, aunque lo desee con mucha, muchísima fuerza. Es la siguiente, Gema, no bajes del jodido metro o llegarás muy tarde. Pero algunas veces no puedo evitarlo, y me bajo; me bajo en "República Argentina", respiro profundamente hasta escuchar el pitido que avisa del cierre de las puertas, y después de unos instantes miro a mi alrededor.
El maxikiosco del andén me saluda, con su despliegue de alfajores, y ardo en deseos de comerme uno, aunque sé no me gusta el dulce de leche. La chapa verde de la pared tiene unas letras blancas, grandes y orgullosísimas, que me detengo a leer en voz alta, como una niña chica inexplicablemente feliz. Scalabrini Ortiz. Pronuncio la zeta final como una ese. Qué lindo suena y qué fácil.
Titubeo un poco antes de elegir la salida: ¿izquierda o derecha? ¿Santa Fe al cuatro mil y algo, o Scalabrini al tres mil no sé qué?
Y qué más da, pienso en secreto. Todas las salidas conducen al sitio donde quiero estar; eso es lo que cuenta. Subo las escaleras tan rápido que me tropiezo en el décimo escalón: el de siempre.
Todavía no he salido a la calle y ya puedo escuchar el tremendo bullicio urbano, la algarabía imposible de silenciar de este cruce de avenidas que es un caos, pero es mi caos, y eso me encanta.
Los vendedores de frutillas y bananas (ojo, nunca plátanos) taponan la vereda, pero la gente sonríe al caminar, sonríe al mirar y sonríe al sonreír. Espero pacientemente a que todos esos bondis pasen para cruzar, no querría morir aplastada por el 141 en este instante, y rehago el camino habitual. El restaurante de la esquina está lleno de gente, bendita promoción de café + medialunas, aunque sea temprano, y algunos negocios abrirán más tarde. Al pasar delante del locutorio y rapipago pienso que capaz debería recargar el saldo del celu, pero lo dejo para más tarde. Echo un vistazo en esa tienda de decoración del hogar modernita, sin deternerme del todo, y atisbo de reojo en el interior del compro oro, que también hace la función de trapicheo de billetes, y me pregunto si estará el pibe chamuyero que siempre se intenta levantar a Eme. Siguen de ofertas en el Palermo loko. Huele a la panadería del seis muñoncitos de pan, por favor y al lado, la tienda de alfombras. Dejo atrás el puestecillo de flores, abierto a todas horas, y la tienda de productos naturales y dietéticos, en la que nunca he entrado. Sigo adelante.
En el interior del supermercado Eric sigue la china malhumorada. Los tres tipos de la frutería están ordenando cajas, y los de la tienda de pastas La Luisita siguen apoyados en el mostrador, re aburridos. Sonrío a los señores del Varela-varelita, donde una vez vi a mismísimo Ricardo Strafacce, y donde un día se sentó mi querido Libertella. Doy la vuelta para regresar, porque el carrefour queda a unas tres cuadras y no me apetece caminar tanto. Al llegar a la esquina de Bianca siento los ojos nublados de la emoción, y a través el cristal vuelvo a revisar los sabores, pero sé que siempre que vaya voy a pedir el mismo: chocolate y frutillas a la crema. Ay.
Puedo ver mi casa. El balcón del octavo y último piso, la luz del portal, la cabeza de Héctor, el portero bruto, y el inconfundible olor a asado que flota siempre en mi calle: Charcas. Me sorprende que la persiana de la ventana esté bajada; a estas horas, Petri ya debería haber llegado. En el ascensor no hay ninguna vecina encerrada; en el séptimo ya no vive la chica joven que se llama Ariadna. El buzón está vacío, y ninguna de las dos llaves que son casi idénticas encaja en la cerradura.
No encaja, no encaja, no encajan las llaves. Yo tampoco encajo: y no lo puedo entender.
*El título es una variante de la colección de artículos de Roberto Artl: Aguafuertes porteñas.
El maxikiosco del andén me saluda, con su despliegue de alfajores, y ardo en deseos de comerme uno, aunque sé no me gusta el dulce de leche. La chapa verde de la pared tiene unas letras blancas, grandes y orgullosísimas, que me detengo a leer en voz alta, como una niña chica inexplicablemente feliz. Scalabrini Ortiz. Pronuncio la zeta final como una ese. Qué lindo suena y qué fácil.
Titubeo un poco antes de elegir la salida: ¿izquierda o derecha? ¿Santa Fe al cuatro mil y algo, o Scalabrini al tres mil no sé qué?
Y qué más da, pienso en secreto. Todas las salidas conducen al sitio donde quiero estar; eso es lo que cuenta. Subo las escaleras tan rápido que me tropiezo en el décimo escalón: el de siempre.
Todavía no he salido a la calle y ya puedo escuchar el tremendo bullicio urbano, la algarabía imposible de silenciar de este cruce de avenidas que es un caos, pero es mi caos, y eso me encanta.
Los vendedores de frutillas y bananas (ojo, nunca plátanos) taponan la vereda, pero la gente sonríe al caminar, sonríe al mirar y sonríe al sonreír. Espero pacientemente a que todos esos bondis pasen para cruzar, no querría morir aplastada por el 141 en este instante, y rehago el camino habitual. El restaurante de la esquina está lleno de gente, bendita promoción de café + medialunas, aunque sea temprano, y algunos negocios abrirán más tarde. Al pasar delante del locutorio y rapipago pienso que capaz debería recargar el saldo del celu, pero lo dejo para más tarde. Echo un vistazo en esa tienda de decoración del hogar modernita, sin deternerme del todo, y atisbo de reojo en el interior del compro oro, que también hace la función de trapicheo de billetes, y me pregunto si estará el pibe chamuyero que siempre se intenta levantar a Eme. Siguen de ofertas en el Palermo loko. Huele a la panadería del seis muñoncitos de pan, por favor y al lado, la tienda de alfombras. Dejo atrás el puestecillo de flores, abierto a todas horas, y la tienda de productos naturales y dietéticos, en la que nunca he entrado. Sigo adelante.
En el interior del supermercado Eric sigue la china malhumorada. Los tres tipos de la frutería están ordenando cajas, y los de la tienda de pastas La Luisita siguen apoyados en el mostrador, re aburridos. Sonrío a los señores del Varela-varelita, donde una vez vi a mismísimo Ricardo Strafacce, y donde un día se sentó mi querido Libertella. Doy la vuelta para regresar, porque el carrefour queda a unas tres cuadras y no me apetece caminar tanto. Al llegar a la esquina de Bianca siento los ojos nublados de la emoción, y a través el cristal vuelvo a revisar los sabores, pero sé que siempre que vaya voy a pedir el mismo: chocolate y frutillas a la crema. Ay.
Puedo ver mi casa. El balcón del octavo y último piso, la luz del portal, la cabeza de Héctor, el portero bruto, y el inconfundible olor a asado que flota siempre en mi calle: Charcas. Me sorprende que la persiana de la ventana esté bajada; a estas horas, Petri ya debería haber llegado. En el ascensor no hay ninguna vecina encerrada; en el séptimo ya no vive la chica joven que se llama Ariadna. El buzón está vacío, y ninguna de las dos llaves que son casi idénticas encaja en la cerradura.
No encaja, no encaja, no encajan las llaves. Yo tampoco encajo: y no lo puedo entender.
*El título es una variante de la colección de artículos de Roberto Artl: Aguafuertes porteñas.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Mi vida en cuadras
A Pedro Aznar, por su voz en vos
Veinticuatro
ciento cuarenta y seis
pasan
de largo
los
labios veloces sobre
el
asfalto mojado de la avenida
San
Martín
Caricias
goteando en la nuca que me encrespan
toda y
el cristal del bondi se deja llevar
ronroneando
apenas
Ahora
entiendo todo menos
los
ojos lloviendo
Claro
claro el cielo por encima si
nuestros
pechos
Por
dentro transcurre la tormenta
los
relámpagos de punta a punta conmueven
De la
Historia no saldremos vivos
Pero lo
importante
Está
y la
cumbia en el cientodiez casi vacío
Qué
gracia el pibe del flequillo
Y hemos
coincidido tantas veces en la cama
que
negarte otra ronda sería tan tonto
como Apolinario
Figueroa y sus
jacarandás
de
repente Corrientes
morados
y rosas y azules altísimos
Gritos
en boca de nadie
ya fue
Existen
en serio
cotos y
días y noches
abiertos
a todas horas por si apetece
un
empacho
Mientras
permanezca Bianca seremos
tan
felices como un niñito saltando los charcos
A
oscuras
voy a
recorrer tus calles cuando no me esperes
bajaré
del colectivo con
este
paraguas flaco y enfermo pero
azul
y alegre
como un búho de ojos brillantes
que me
recuerda a vos con su sigilo
Outlet
Hilados para crear Arte Natural
Fábrica
de pizzas
Rojo
amarillo rojo
Ah qué
lejos quedan de mi barrio
tanto
como
Palermo
y Paternal
Paysandú
y Charcas
un
octavo y un decimocuarto piso
Con ese
beso que me has dado
el sol
se ha vuelto
la gran petit-mort
Y
Buenos Aires no sé cómo
sigue en pie
como si
nada
hubiera
sucedido
viernes, 7 de septiembre de 2012
Mentiras hilvanadas o algo parecido
“Se abrió un claro
entre las nubes
hemos vuelto a ver
el sol
como dos presos
comunes
del tejao de una
prisión”.
(Extremoduro)
Y a qué
la nostalgia
a qué
si no la sientes sino artificialmente
en el
lapso de tiempo que transcurre desde que
preparas un mate y absorbes su amar-
go
sabor que sabe a todo eso
intuido
desde el otro lado
Caes
longitudinalmente al cielo
y el horizonte no llora tu muerte
ni la
de tus poemas anteriores
ni la
de tus versos maltratados
Qué
absurdo sería
qué estulticia desorbitante
producto
de la mente de un *tarúpido
tener fe
He leído escritores que creían que
escribir
era su oficio y el de su alma
y su penitencia
He desleído
sus frases acumuladas
en libretas
en borradores
en
paredes
como gritos
de rebeldía o resistencia
o no sé
qué protesta silenciosa sin sentido
Pero
ahora
Ahora,
digo, que conozco que su miseria
es la
misma de todos,
ahora,
cuando me
veo reflejada en el cristal
del colectivo
141
atravesando
esta ciudad que es mía
las ganas
de escribir se desmoronan
de
golpe
Y pienso
en todo el tiempo empleado
tratando de versificar algo
aunque fuera una tontería
parecida a eso que llaman felicidad
sin conseguir ser feliz
mientras tanto.
*tarúpido=tarado y estúpido
jueves, 9 de agosto de 2012
La insoportable brevedad del ser
Duermes con alguien aunque
ese alguien
no duerma contigo.
Tiemblas y tus truenos
internos son terribles
como la luna llena en el
horizonte
a punto de suicidarse.
Te estremeces de dentro a fuera.
Las caricias lentas retrasan
el momento
del diminuto estallido.
Los brazos que te rodean son
tuyos
como ese poema que llevas
escrito
en el centro de la frente
burlona
Arrugas el ceño pensativo y
parece
que anidases en otro lugar
en otra tierra
con unos ojos no tan
distintos
de soles recostados en
lechugas suaves
Tu abrigo es grande y negro
Mi ropa sumamente ligera
Mientes y miento
Todo nos enloquece
Buenos Aires gime a solas
Tu Alma ladra con tal fuerza
que tus sueños pasarán a ser
los míos
en breve
y cuando extiendas tus alas
nada habrá que pueda
retenerte a mi lado.
Estaré mucho tiempo desnuda
y
mi cuerpo perderá su
consistencia
para terminar desintegrándose
en el viento.
Entonces no habrá azul que
no conozca
Lince que no defienda
Porque esa mano blanda
acurrucada en mi nuca
unirá países continentes lenguas
Pleamor
Una boca sumergida y ronca
rebrota
como un milagro desde el
fondo
del pantano de tus ojos indecentes
quemantes o lascivos en la
noche ruidosa
de Blandos Aires
Permanecen los restos del
naufragio
entre nosotros
y algo me impide distinguir
qué es frazada qué almohada
qué dedos
Qué es todo esto
derrumbándose sobre mi cuerpo
de madrugada
Tu pecho guarda un rugido
oceánico
las olas nos arrastran sin
remedio
Te hundes te ahogas
nos
mueres
hacia abajo
hacia abajo
hacia
dentro
y lejos de esta orilla
Río de la Plata río
tembloroso
Caos nuevo
Vuelve tarde de noche a
oscuras
Sal de aquí vete márchate huye
pero regresa a mi
desorden
Y déjame que te cuente que
-esto-
no es un poema sino
el pleamor
la paz tan anhelada
la agitación el oleaje
de mis sentimientos
jueves, 26 de julio de 2012
Tercer boceto: forma y tonalidades
Intuyo tu pelo dormido sobre
la almohada
cayendo en picado hacia
labios
-sonrisa perenne-
calor y color en suaves
pinceladas
No sé si sos vos o es la
estrella que protege
todos los crímenes que tu
cabeza trama
Pero mi mano tiembla si tu
mano enmudece
y estamos acá juntas en el
fin de mundo
tocando este cielo que huele
a frío y a mar y a vida
Que lo miro al alba y balbucean
mis ojos
de puro lindo que es de puro
terrible de puro extraño
Eres tan morada Eme
Moradas tus calzas, tu
pollera
morada en el alma
Que si desapareces me
arrojaré por ese hueco de la escalera
-lugar propicio para morir o
matar, quién sabe…
Duermes como si no hubiera
un mañana y duermen
mis dedos sobre estas letras
sucias
que te leeré más tarde cuando
despiertes
-si es que despiertas,
pequeña indestructible-
Al otro de la cortina rota
nos espera
un abismo rugiente de libertad
y sueños infinitos
hechos de pasta dura hechos
de luz vivísima
Dormí un poquito nomás
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