Enciendes mi lamparita de noche y apago
los ojos para no mirar más de frente al día
que ya va perdiendo su olor entre mis dientes
que repaso con la lengua mientras me llega
el sabor a chocolate del último capricho.
Caprichoso el azar, y los mortales, y sus des-
iguales vidas que pueden ser más o menos locas
o fantasiosas o aburridas siempre que sean cons-
cientes de que el segundero no se detiene nunca
en su absurdo trayecto esférico medido.
Me da pavor el sonido, las agujas taladran mis
orificios nasales y te juro que si pudiera
me convertiría en número para cambiar de sitio
y confundir sus férreos esquemas mentales.
La almohada oscilante se me rebela por dentro
y siento como se agita, echa a volar y ya mis ojos
solo distinguen plumas cayendo del tejado,
goteando sueños de infancia, y pesadillas de niña
miedosa, de esa niña sola enfrentándose a sus
monstruos interiores pero cara a cara.
"No mires debajo de la cama -me repito de nuevo-
no te muevas, no dejes un espacio de cielo
entre la cueva que forman edredón y sábanas.
No les tientes, no te quites el pijama aunque
estés asfixiándote, y sobre todo no apagues
la luz no apagues la luz no apagues
los ojos, niña, no cierres
los pensamientos,
que la imaginación es la única hada madrina
que puede convertir las carrozas en
calabazas y los príncipes
en paquidermos.
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lunes, 16 de abril de 2012
domingo, 18 de marzo de 2012
Los fugitivos del miedo
Me miras como si
acabaras de despertar
de un sueño largo o de
una pesadilla.
No me reconoces al principio
y tus ojos van acostumbrándose
muy poco a poco
a la luz taciturna y temblorosa
que irradian los míos
en la penumbra del túnel.
Tenemos miedo aunque
no se nos note en la cara.
Las pupilas diminutas
nos desnudan
de todo infinito.
Quiero abrirlas y apresar
tus parpadeos tenues
como la noche
presuntuosa
que pasa sin darnos cuenta.
Voy a hablar más de lo previsto
y mi voz será un hilo
delgado
de confesiones inútiles
dispuestas a amordazarte.
No tengas miedo de mí
sino de nuestros
soles apagados hace varias lunas
un lunes de esos de biblioteca
y ojos pergamino.
Yo sí tengo miedo de mí:
loca irremediable
con tantos demonios
bailoteando dentro
que ni un cura sería capaz
de salvarme del fuego.
De hielo son tus manos
grandes
y de hierba tus ojos
primitivos
como las llanuras de la Pampa
donde ambos, sin saberlo,
hace mucho, tal vez demasiado tiempo,
nacimos.
acabaras de despertar
de un sueño largo o de
una pesadilla.
No me reconoces al principio
y tus ojos van acostumbrándose
muy poco a poco
a la luz taciturna y temblorosa
que irradian los míos
en la penumbra del túnel.
Tenemos miedo aunque
no se nos note en la cara.
Las pupilas diminutas
nos desnudan
de todo infinito.
Quiero abrirlas y apresar
tus parpadeos tenues
como la noche
presuntuosa
que pasa sin darnos cuenta.
Voy a hablar más de lo previsto
y mi voz será un hilo
delgado
de confesiones inútiles
dispuestas a amordazarte.
No tengas miedo de mí
sino de nuestros
soles apagados hace varias lunas
un lunes de esos de biblioteca
y ojos pergamino.
Yo sí tengo miedo de mí:
loca irremediable
con tantos demonios
bailoteando dentro
que ni un cura sería capaz
de salvarme del fuego.
De hielo son tus manos
grandes
y de hierba tus ojos
primitivos
como las llanuras de la Pampa
donde ambos, sin saberlo,
hace mucho, tal vez demasiado tiempo,
nacimos.
viernes, 9 de marzo de 2012
El infierno
Me estoy cociendo. Mi habitación es una olla express y me estoy cociendo; me voy desintegrando poco a poco, esparciendo hasta cambiar de estado, hasta tornarme en un líquido espeso a expensas de este sol insufrible de marzo.
Recupero mi cuerpo completamente, pero me falta algo: las manos.
Me miro una y otra vez, y nada, al final de los brazos no hay nada, ni siquiera un triste muñón.
Solo una prolongación de piel fea y obscena, sin fin.
Y ahora qué. Cómo hago para morderme las uñas si no tengo uñas porque no tengo dedos que estén pegados a unos nudillos que a su vez estén adheridos a una mano. A dos, en concreto.
Y ahora qué hago si cuando estoy nerviosa me muerdo las uñas o me muerdo los labios. Intento hincar los incisivos superiores y colmillos en el labio inferior, pero algo me impide morderme el labio, hacer brotar la sangre que fluye, que no deja de fluir. Invisiblemente.
Y es que no tengo labios; y si no tengo labios es que tampoco se dibuja el perfil de mi boca.
Qué pasa ahora, no entiendo por qué la boca me sabe a espárragos si no existe, si no es. ¿Cómo paladear lo que no es? Intento comprobar si es verdad que mi cara está incompleta, si me falta la nariz, o los ojos, o las orejas. No, los ojos están porque todavía puedo ver.
¿Será audaz atreverse a oler, escuchar? Intento comprobarlo y mi intento es en vano. ¿Si no tengo manos con qué voy a comprobarme?
Y ahora qué hago, qué invento. Si cuando estoy nerviosa me muerdo las uñas o los labios o grito, simplemente. Pero nada de esto es posible sin voz ni tacto.
Me empapo de mí, y grito para adentro, con voz diurna, quejosa, mustia, rancia. Grito y mi aullido resuena en el estómago, que todavía conservo intacto pese a las mutilaciones.
Entonces, me olvido de la habitación que me oprime, del olor a sudor, a libros, a mentiras, y trato de escribir lo que siento. Pero no puedo porque necesito mi voz para crear vida y mis manos para transcribirla. Y punto.
Porque todo lo que soy y lo que he sido y lo que tal vez sea a posteriori, porque mi fuerza secreta, el río que fluye manso y se derrite en mí, hacia mí, por mis adentros, se llama corriente.
Y no es una corriente sanguínea, sino esencialmente literaria...
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