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jueves, 14 de febrero de 2013
Trío
Y la noche nos sorprendió haciendo lo que mejor se nos daba: yo con mi impaciencia habitual, vos con tu sigilo. La voz ronca, a ratos encrespada. Las pestañas con los pelos de punta, entre tanta tanta belleza. El blanco, el blanco, siempre el blanco: mensaje cifrado en cada pliegue. Dependiendo de la noche, tambores o tango de fondo. Yo, violín agudo en lo oscuro. Y las velas iluminando eso que está por aullar y que permanece, mientras tanto, en el aire.
Serenidad de juguete. Temblores entrelíneas y caos ácido. La postura, que no lo es todo, pero casi; y el cómo parar si se ha llegado a un punto y seguido. Sin comas ni nada, qué alboroto.
De repente el apetito y el másmásmás, esta noche no quiero otra cosa, por favor. No me detengas pase lo que pase. Nunca había estado tan desnuda y tan presente. Otros nos miran, con ojos encuadernados llenos de celos. Ah, qué embriaguez ésta de llenar el silencio con algo tan rotundo. Unas palabras. Muchas, muchísimas palabras. Y en la cama tres, esa es la regla básica, la única.
Vos, yo y él, siempre Él.
La noche nos sorprendió haciendo lo que mejor se nos daba: leyendo un libro.
sábado, 16 de junio de 2012
La reinvención del deseo
Y desnudos al amanecer nos encontró la luna
(J. Sabina)
A flor de piel mis manos en flor
los dedos rozando las páginas de tu vientre
tibio cálido sudado
frágil en su impureza natural
siempre tan
-así...-
siempre tan
-ya sabes...-
placentero y lleno de extremidades
"ebrio de trementina y besos turbios"
-dijo Neruda
y que ahora repito en mis delirios
hasta abrazar la locura
Duermen mis párpados y el espasmo
es limpio
atraviesa y sabe a más y mejor
y me dan ganas de reír
como una niña en un columpio a punto
de rozar el cielo
-las piernas temblorosas
y los dedos
pisando las estrellas-
Si me lo preguntas te diré que
siento dentro un deseo reinventado
reinventado por nuestros yoes volviendo
de la ciudad del dolor
cruzando sus calles con ojos estruendo
ojos al desnudo ojos
muy abiertos dilatados
expansivos
aniquiladores suculentos
Sonríes
me miras leer
Entonces yo tiemblo
como una hoja
a punto de caer del árbol
como la hoja de un libro asustado
en manos de un lector exigente
como una hoja excitada
ante la perspectiva de un nuevo viaje
a bordo de otra piel
martes, 14 de febrero de 2012
Día de los no-enamorados
A todos aquellos que por una razón u otra, dejaron de creer en el amor
¿Qué importa que hoy sea
catorce de febrero
de dosmildoce año bisiesto
luna creciente o menguante
si nuestro amor no atiende
a calendarios de nevera
con fotos de paisajes y deseos transitorios
obstinadamente mudables?
¿Qué importa, sí, qué importa
que no me beses en los labios
esta tarde de este año de este mes
de esta vida en concreto
si todos los días me enamoro en el metro
de una pincelada en los ojos de un viajero errante?
¿Qué importa que no nos entendamos?
Dime, ¿acaso importa cuánto dure este momento?
Si en esta conquista las armas no valen
y es el inca tu lengua salvaje
lo que produce un placer infinito
en este corazón mestizo, voraz y antropófago
del que nunca nunca nunca
pero que nunca jamás, te daré la llave.
¿Qué importa que hoy sea
catorce de febrero
de dosmildoce año bisiesto
luna creciente o menguante
si nuestro amor no atiende
a calendarios de nevera
con fotos de paisajes y deseos transitorios
obstinadamente mudables?
¿Qué importa, sí, qué importa
que no me beses en los labios
esta tarde de este año de este mes
de esta vida en concreto
si todos los días me enamoro en el metro
de una pincelada en los ojos de un viajero errante?
¿Qué importa que no nos entendamos?
Dime, ¿acaso importa cuánto dure este momento?
Si en esta conquista las armas no valen
y es el inca tu lengua salvaje
lo que produce un placer infinito
en este corazón mestizo, voraz y antropófago
del que nunca nunca nunca
pero que nunca jamás, te daré la llave.
lunes, 24 de octubre de 2011
Si tiembla mi voz
Temblor si me miras frente a frente
temblor si descubres mis temores
temblor si penetras en mi mente
temblor si desatas tus amores.
Temblor si temblando susurras
adiós en lugar de un hasta pronto
temblor si tus ojos tienen hambre:
los míos no quieren estar solos.
Temblor en todas nuestras voces,
temblor en todos nuestros cuerpos.
Temblores que van y nunca vienen,
temblores que ya son solo versos.
temblor si descubres mis temores
temblor si penetras en mi mente
temblor si desatas tus amores.
Temblor si temblando susurras
adiós en lugar de un hasta pronto
temblor si tus ojos tienen hambre:
los míos no quieren estar solos.
Temblor en todas nuestras voces,
temblor en todos nuestros cuerpos.
Temblores que van y nunca vienen,
temblores que ya son solo versos.
lunes, 10 de octubre de 2011
Carpe diem
Caminas. Ni muy deprisa ni muy despacio; simplemente caminas. En la quietud de la noche se escucha nítido el repiqueteo de tus pasos desiguales sobre el asfalto gris, sucio, mal adoquinado y siempre traicionero.
Tus pisadas son firmes y no se detienen nunca. Estás cansado, tienes frío y mucho sueño, bastante hambre y, lo que es más importante, demasiado tiempo que malgastar. Sabes que hagas lo que hagas llegará el día señalado, en el que te convertirás en tu propia sombra, -esa que adivinas a tu derecha al pasar por delante de una solitaria farola del parque-, y nada será como antes de saberte vivo, loco y mortal.
El soniquete de tus zapatos te resulta plácido y deliciosamente convencional. Cuando oyes ese ritmo tan distinto del silencio consigues acompasar los latidos de tu corazón, que ya no solo bombea sangre, sino ríos de pasión, desigualmente distribuidos por tu cuerpo.
Las voces han dejado de sugerirte maldades, y vuelcas todo el peso de tu mirada en el brillo de la luna, que está resplandeciente esta noche con sus velos transparentes de seda. La miras con cierta envidia y te apresuras a palpar la piel que te envuelve, tu cáscara fortuita. No te gusta, pero estás tan acostumbrado a vivir bajo su protección que has terminado conformándote con lo que la naturaleza te ha dado.
Una media sonrisa maliciosa salpica tus labios secos al recordar unos ojos selváticos reinventados en la memoria, que te persiguen en las más sabrosas pesadillas. Hundirse en ellos es perderse en el Amazonas, sin brújula y sin mapas, exponiéndote a sucumbir bajo las garras de las bestias salvajes.
Sigues caminando como si los relojes se hubiesen detenido de súbito y la noche fuese a durar para siempre. Metes las manos frías en los bolsillos del abrigo y descubres que te has gastado todas las monedas y ya no te queda nada que lanzar en el pozo de los deseos. Así pues, decides separarte de un viejo guante soltero desde hace varios inviernos, y al soltarlo en el agua, sientes como te quitas un verdadero peso de encima.
Él se aleja, con su olor a cuero y a pasado turbulento, y tú no te molestas siquiera en decirle un fingido adiós con la mano. No merece la pena. Mañana mismo irás a una tienda cualquiera y comprarás unos guantes cualquiera; pero eso sí, uno para cada mano.
Tal vez el marinero solitario haga una larga travesía para encontrar a su pareja. O tal vez nunca lo haga y, seáis simplemente, almas gemelas.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Rendición
sábado, 26 de marzo de 2011
Somos el tiempo que nos queda
La tentación de lo prohibido me muerde salvajemente el estómago; me obliga a vivir así, en constante sensación de vértigo, subida a este estrafalario parque de atracciones que ahora es mi cuerpo, o mi vida, o lo que sea...
A veces vomito palabras: me resulta absolutamente imposible contener la náusea.
Brotan a borbotones de mi garganta, una vez congelada la necesidad imperiosa de gritar, o de huír, o de bailar bajo la lluvia helada una noche sin luna, o simplemente dejarme arrastrar por la corriente del Huécar, -pequeño y poderoso río que fluye sin piedad, cayendo en cascadas, salpicando con su espuma solitaria, ahogándome en la nostalgia de su fondo pantanoso y ténue, opaco y gris.
No, no puede estar pasando: creímos ser dioses y solo somos seres humanos. Dije: "Somos dioses y éste es nuestro universo". Mentí, me equivoqué, me traicionaron los sueños.
Pensaba que volar no es tan difícil como pensamos, ni mucho menos. Pensaba que podía ser feliz, -y claro, no perdíamos nada con intentarlo-.
Ahora solo sé que no sé nada, y que al mismo tiempo, lo sabemos todo. Que no puedo hacer otra cosa además de escribir, de arrancarme toda emoción de los labios, de empaparme en esta prosódica tempestad que es mi cuerpo y mis frases, los versos procaces, los abrazos rotos, los besos no pronunciados. Somos poco más que palabras, ¿no crees...? Ya no sé ni a quién se lo pregunto, pero nadie me responde.
A veces creo que escribo para no hablar sola en voz alta, como si estuviera loca, -tan loca como aquel conferenciante, ilustre señor Palacios, genio a ratos, que dejó a todo su público anonadado, con su tartamudeo incansable, casi desesperado, que no entendí entonces, pero ya comprendo.
Qué locura el chichisbeo.- Nos daba risa la palabra, el discurso atropellado, las muecas, los roces en el brazo, las ganas de salir de allí, dejar paralizado el acto, detener el aire caliente y atrapar el viento helado con las manos. Sueño que seguimos subiendo esa escalera interminable, y no deseo que se terminen sus peldaños. Sueño que sueño, y vuelvo a estar en trance literario.
Se me escapa un intento de poesía cuando me estás mirando. Tienes los ojos tristes, -de cervatillo asustado-, y quiero callarme porque sé que mis palabras te hacen daño, que te gustan tanto, que quieres oírlas a todas horas o solo de vez en cuando. Mi media sonrisa es traviesa: me estoy confesando. Confieso que fingí estar dormida durante un tiempo extraordinario. Y sabía tus ojos bailando, sobre mi nuca, sobre mis párpados, y me daba miedo abrirlos y no encontrarlos. O mirarte y quedarme para siempre paralizada en su hechizo seductor, torpe y malvado.
Fue sencillo el pestañeo mortecino, atrevido e inocente, tranquilizador y maquinado. Fue una suerte de grito desesperado.
Tengo los ojos entrecerrados, y tú respiras todavía; muy lejos, sí, pero a mi lado.
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