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martes, 7 de octubre de 2014

5ª expresión o reflejo de la ciudad incómoda


Erich Heckel


Piso con fuerza la ciudad incómoda. Recojo el pensamiento que ha dejado tirado un transeúnte. Lo muerdo y me recreo en el mordisco. Soy mis encías y mi lengua. Soy alguien que vive el sueño de otros, que persigue una sombra que calza un número de zapato tres veces más grande.
Dónde se halla la respuesta sino en el remate imposible de esa cúpula, en el papel más sucio de la alcantarilla, en mi propia grandeza, que es al mismo tiempo, signo inequívoco de mediocridad. Alguien ha detenido el reloj de arena. Alguien ha decidido que la ciudad es más importante que las personas que la habitan. Ella abre su boca, su enorme boca. No tiene colmillos porque no le hacen falta para desgarrar la carne. Nuestra carne.
Tiemblo en mi soledad perpleja. Voy caminando como quien se mueve dentro de una jaula y se sabe en el interior de la jaula; o tal vez vive intentando convencerse de que es posible ser feliz en esa jaula. No, ni siquiera eso: yo vivo a pesar de los barrotes, de las rejas. 
Vivo en silenciosa ensoñación.
Respiro en la oquedad, exhalo pequeñas bocanadas de aire. Me embriaga esta ciudad-continente, este torpe reverberar del mundo en su vientre subterráneo, este fluir desbocado de tentación y desesperanza. Piso con fuerza la ciudad incómoda, que a veces, se cierne amenazadora y dulce como una madre. Sí, esta ciudad es la madre absoluta, la que controla tus pasos y sus tambaleos, la que previene tus enfermedades con besos en la frente, la que no duerme si tardas más de la cuenta en llegar a casa. 
Mamá: deja que me equivoque, que tropiece con la misma piedra las veces que sean necesarias. 
Ha llegado el momento de abandonar la ciudad. Voy a romper todos los espejos que me recuerden a ti. Adiós, adiós. 



domingo, 28 de septiembre de 2014

4ª expresión o sótano para escuchar la lluvia


Marc Chagall

Ella

Se encerraba en el sótano desde niña 
para escuchar la lluvia que le fluía por dentro.

Afuera, caían las primeras nieves.

Alguien golpeaba desde su soledad.

Unos dedos rasgaban muy dulcemente el pijama de su memoria.

Todo era rojo.

Perverso.


Él

Había visto mundo desde el balcón de sus ojos cerrados.

Venía de lejos. Soñaba cerca.

Jamás pronunciaba la palabra niño
pero se despertaba temprano
para dejarse volar en los columpios del parque.

Su dolor se llamaba ontología.

Sus manos eran azules.


Ellos 

Se reconocieron por el tacto, en lo onírico.

Jugaron al equilibrio sobre una tabla.

Se amaron sobre la tabla, crecieron sobre la tabla:
su universo fue una línea horizontal.

Confrontaron sus rostros en un espejo.

Rojo y azul. Azul y rojo.



Él. Ella. Ella, Él.

La lluvia.
Las gotas de lluvia. 

Cuando llueve en el parque también llueve en el sótano.







lunes, 15 de septiembre de 2014

2ª expresión o inventario de cosas que arden


Emil Nolde


a J.

Todo lo que arde: interruptores  ojos de par en par  la madrugada  taxistas-boxeadores  humo rojo en los labios  corbata asimétrica  embestida animal pero de frente  motor de un seat ibiza color mostaza  el trombón con el pie  una carta que es casi una carta  Woody Allen   croquetas de puerro y calabaza  librerías de grandes dimensiones  tu voz sola  el zumo de tomate las crines del caballo  los horizontes verticales todos los libros que nunca rozaré  la almohada en el pubis  clases para saber fumar   para saber caer

mi orgullo homicida
las ganas de hacer un inventario inútil
el hambre o la imposibilidad del ayuno
todo lo que arde entre nosotros
un balcón con vistas a la muerte.