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sábado, 20 de septiembre de 2014

«El paraíso del tonto solemne», falsas pruebas de paternidad para “La ansiedad del escapista” de Pepe Ramos*


            Estoy leyendo a Nicanor Parra. Estoy leyendo a Pepe Ramos. Juego a encontrar las semejanzas y diferencias que hay entre ellos. Es un ejercicio de entretenimiento y, al mismo tiempo, de aprendizaje; incluso, por qué no, de erudición. No puedo evitar recordar a Pepe delante del micro, el sombrero calado hasta los ojos y esa capa de humildad tan palpable que lo caracteriza. Lleva mucho tiempo recitando en público, y, sin embargo, todavía tiembla. No soy amiga de comparaciones gratuitas, sin embargo, esta imagen me arrastra inevitablemente a una figura mítica (para mí casi paterna) que nos vino a descubrir Parra: la del antipoeta, personaje antiheroico que saca a la luz lo oculto, vuelve sospechoso lo evidente, sin dejar de hacer gala de su humor, ironía y sarcasmo en toda ocasión. El chileno que inventó la antipoesía y nos dio a probar versos que no obedecen a un modelo literario, sino al lenguaje prosaico hablado en la vida cotidiana. “Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne” declaró entonces, casi a modo de manifiesto, Nicanor Parra. Y cuánta razón tenía.
            A día de hoy, Pepe Ramos hace lo propio en La ansiedad del escapista, un poemario cercano al lector, cómplice, que emplea un léxico alejado de la metáfora y el artificio que caracteriza a la poesía de corte tradicional, pero no por ello menos valioso ni de una calidad inferior. Los versos del poeta giran en torno a un motivo principal: la huida, el ocultamiento a través de la palabra, del lenguaje, que es tan propio en el creador, en el artista. Así, Pepe Ramos escribe: “Tomar la palabra como vehículo de huida desnudando de ataduras y pudor la inquietud. Hacer de la evasión un arte burlesco, una suerte de striptease macabro en el que descarnarse, hacerse reversible ante todo y víscera a víscera escapar.” Este fragmento en prosa es una revelación, una declaración de intenciones. La ansiedad impregna algunos de los poemas más bellos, con imágenes claras, impactantes: “Una mariposa bate sus alas en Pekín / y a mí me falta el aire” o en este otro: “pero ya no le resultan extrañas/ la angustia, la ansiedad del escapista, / la blanca oscuridad de las migrañas, / pasar la noche al filo de una arista.”
            Tampoco podría faltar el componente crítico, mordaz, ácido. En el libro encontramos poemas en los que el materialismo desaforado se presenta como un sueño demasiado real: “Sueño que compro… objetos que solo tienen valor para los seguidores de Freud o Lacan, objetos inútiles en la vigilia”; otros en los que la referencia metaliteraria queda patente, pese a estar enmascarada tras el humor como en “Texto para corona fúnebre”, que reza de la manera siguiente: “Me gusta cuando callas / pero esto ya es excesivo”. Me pregunto qué opinaría el círculo de Luis García Montero si descubriesen qué es “la otra sementalidad”, concepto poético acuñado con gran acierto por el poeta, que trata de soterrar los embates del desengaño amoroso.         
            La hipocresía de la sociedad, la pérdida de los valores y la especulación feroz, -incluso en el terreno de los sentimientos-, pasan al primer plano en los versos de Pepe Ramos, quien no tiene ningún pudor en mostrar las vetas más demoledoras de la existencia, hasta el extremo de reírse de sí mismo, de manera que la burla se extienda al conjunto de creadores: “Siga probando, / hay miles de buenos poetas” (en “Rasca y gana”). Por último, me gustaría señalar que el texto que concentra más claramente mi atención es el que lleva por título “El ególatra o la insoportable vanidad del ser”. Los poetas que no se vean reflejados en este brillante «canto a uno mismo» (que el ilustre Whitman me perdone) es que no valoran ni un ápice su poesía. El poeta, por norma, se dice “primerísima persona”, “salvador de la especie” y, por si fuera poco, “eslabón ganado”. Pepe Ramos no hace nada más que ponernos delante del espejo y darnos una palmadita cariñosa en la espalda, como queriendo repetir la sarcástica fórmula del famoso “Test” que ya pronunciase el padre de la antipoesía.
            Ahora bien, ¿es poesía o antipoesía lo que alberga La ansiedad del escapista? Yo me despido aquí, porque ya he cumplido con mi parte. Por fin ha llegado su turno, estimado lector:

            “Marque con una cruz

            la definición que considere correcta.”




*La ansiedad del escapista de Pepe Ramos, Ediciones La Competencia, 2014

sábado, 13 de septiembre de 2014

«El futuro en torno», un sendero arriesgado hacia “Todas las fiestas de mañana” de Juan Bello Sánchez*


El lector-caminante deja que sus pies le lleven hacia una senda nueva, inexplorada, prometedora. De pronto, un cartel: letras verdes sobre fondo azul. Todas las fiestas de mañana. Apenas duda un instante antes de internarse en la espesura y adaptar los ojos al universo desconocido que le rodea. Es tan denso el follaje. Y tan auténtico. Eso que ve no es otra cosa que el futuro en torno, la celebración de lo que vendrá. De lo que ya está cerca.
            No puede contener su fascinación por la atmósfera. Una lluvia muy fina, lento orvallo que va calando sin apenas darse cuenta. Camina, y mientras lo hace, un casete no deja de repetir la misma melodía triste en su cabeza, una y otra vez. Un paisaje “contenido bajo las uñas” empieza a dibujarse: “El espacio que ha dejado tu cuerpo/ se parece a un ancla”, “Las palabras ocurren igual que árboles sin nombre”. La afirmación es hábito, salmodia, una prueba fiable de que la vida sí, de que existe una posibilidad a pesar de los desniveles del terreno.
            Avanza, avanzas. Pero, ¿hacia dónde? “Estoy en la frontera entre algún lugar y cualquier lugar”. Algunas veces no es necesario, -ni siquiera importante-, conocer el destino, lo que está a punto de estallar. Lo arriesgado del sendero es precisamente esto: su apariencia serena, la gravilla entre los dedos, que de un momento a otro, puede tornarse barro, fango incómodo que impida la sonrisa, el aliento: “Nos marchamos de algún lugar/ que todavía no conocemos”. Habitantes de lo desconocido, criaturas dormidas sobre la hierba, seres que viven a los pies de un acantilado.
            Afirmación tras afirmación, el lector se siente cada vez más seguro de unos pasos que ni siquiera son los suyos, pero que se parecen misteriosamente. Son los de Juan Bello Sánchez, quien se muestra con total transparencia, vital y humana: “Expongo mi teoría: / la piel es todo aquello que siempre/ olvidamos en los pasamanos”. Carne y rasguño. Casi zarpazo. La extraña y atrayente convivencia con los objetos (un reloj, un libro, una farola), el diálogo íntimo con los lugares (la plaza, la estación de autobuses, la orilla del mar) y, ante todo, el encuentro consigo mismo, son algunos de los límites de este poemario, que se construye y se desvanece en el momento de la lectura.
            El lector detiene sus ojos, respira hondo, profundo. Ya ha recorrido demasiado como para echarse atrás. Deja que las manos se empapen de emoción: es la emoción y el vacío de ser hombre, de tener la capacidad para contarlo. Entonces, sucede: “Cuando llueve, la lluvia siempre es lo menos importante”, y también: “Un día/ aprendimos a tener miedo. / Y desde entonces/ no hemos/ dejado de sentirlo”. Pase lo que pase, el sendero ha cambiado su manera de estar en el mundo, de precipitarse sobre las cosas, que caen por pura inercia.
            Queda el sol todavía, la promesa de un sol que se anuncia como un pájaro. “La orilla no conduce, nos diluye”.

            Diluyámonos.





*Todas las fiestas de mañana de Juan Bello Sánchez, Editorial Pre-textos (2014). Premio de poesía joven RNE 2013.

domingo, 22 de junio de 2014

«Cuando a la orilla de tu ser me asomo», partitura para “Mañanas escogidas” de Víctor Sierra Matute




Suena una música como un eco apenas perceptible, pero no por ello menos hermoso. El corazón se templa. Es entonces cuando llega el momento idóneo para abrir de par en par las ventanas de tu casa, para que entre de lleno toda la luz de un nuevo día. Esos primeros rayos de sol de la mañana, cegadores, vitales y asombrosos, tienen la misma textura que los versos de Víctor Sierra Matute.
Mañanas escogidas se nos aparece de pronto, deslumbrante en su sencillez y chiquito en su edición, elaborado a modo de cuaderno de artista gracias a Ártese quien pueda ediciones. Pero no nos fiemos de las apariencias, porque este libro contiene en su interior sonetos de un virtuosismo atroz, atentos al ritmo y a la rima, a la que cada vez está más desacostumbrado el lector de poesía actual. Sin embargo, hasta el más terco versolibrista habrá de reconocer la belleza de las liras con las que da comienzo este cuaderno, y en las que el poeta no vacila un solo instante en recuperar ese gran poema amoroso que es el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, y que deja entrever en endecasílabos como: “transforma al amador en cosa amada” o “de polvo de tu cuerpo me has herido”. A este polvo, que es motivo constante en el poema, no ha de restársele importancia, ya que es un abierto homenaje a otro de los grandes: Francisco de Quevedo. Así, no podemos leer estos versos finales de Víctor: “De polvo como yo, pero de polvo” sin recordar estos otros: “Polvo serán, mas polvo enamorado*”.
Normalmente, los poetas escogen la noche y su misterio para volcarse en la creación y sus precipicios. No es este el caso de Mañanas escogidas, donde la luz es clara protagonista y, con ella, la vida, la esperanza, el amor. El poeta se derrama en el papel para evocarla a Ella, que con su intenso reflejo, todo lo enciende y lo trastoca: “Yo quiero ser la luz desenfocada/ que duerme en tu pupila algunas veces.”; “Hoy vas nombrando el día con los ojos/ y todo lo que tiene es todo tuyo”; “Tú ajena a todas estas pequeñeces/ me miras y sonríes y amaneces”.
Otro de los secretos (necesito desvelarlo, lo siento) que contribuye a crear estos poemas dignos de un maestro orfebre, es sin duda la adopción de una estructura circular, cíclica, que recuerda a los mejores poemas de Jorge Luis Borges tales como “Arte poética” o “El poema de los dones”. El poeta, inmóvil frente a su propia obra, interrogándola en medio del sueño, en una búsqueda de respuestas que ralla lo imposible: “¿En qué destinos circulares/ quedaron atrapados nuestros pocos/ universos de miel y de chatarra/ goteante?...
Y es que la respuesta, si existe, sólo puede estar en la comunión de una piel con otra piel, que se alza como una sola bandera y no sólo construye al poema, sino que hace del poema un lugar habitable: “¿estamos o quizá ya hemos estado/ tan juntos que mi lado es ya tu lado/ pues tienen los dos cuerpos mismo centro?”; “La carne fue misión y estuvo viva/ cuando tuvo a su lado esa otra carne”. El propio autor me confesó, durante un inolvidable paseo en el que contemplamos desde las alturas la belleza de los tejados madrileños, que le gustaba pensar que sus poemas podían suceder dentro de esas casas, en todos esos hogares. Y ahora yo puedo decirle, con su libro en una mano y el corazón en la otra, que sus palabras son un buen lugar donde sentarse a vivir, donde permanecer y hacerse grande.
            Cierro estas líneas con una deliciosa estrofa del Cántico espiritual, para que podáis capturarla y abrazarla, tal y como hizo en su día Víctor:

De flores y esmeraldas
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas,
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas.





*Del soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

 

miércoles, 11 de junio de 2014

«Lo real empieza en la palabra», un vuelo de pájaro sobre “La fábrica de hielo” de Silvia Nieva



Hay que leer a los clásicos; hay que aprender de los clásicos. Pero no sólo.

Vivo rodeada de personas que escriben y, lo que es más importante, personas que recitan en lugares públicos los delirios que otros guardan en un cajón. Y eso es imprescindible: hacer poesía real, poesía que salga a la calle y se cuele por todos los rincones, poesía para despertar, para no vivir en un limbo literario que no existe ni existirá nunca.
La poesía de Silvia Nieva es un fenómeno meteorológico inexplicable, de una naturalidad que hace cosquillas en cada poro, en cada centímetro de la piel. Y escucharla resulta un ejercicio de autocontrol que consiste en no ceder al tambaleo, al peso que tienen sus palabras bien escogidas, sabiamente domadas, pero siempre desde una mirada humilde, la de la poeta que se hace al escribir, que si se atreve a construir es porque antes se ha aclarado la voz y ahora está preparada para el grito:

Mientras, yo,
que existo para dar sentido a las palabras,
que soy solo una imagen de lo arbitrario de su signo,
entiendo hoy que ellas fueron antes,
y declaro,
que la poesía ocurre
e inventa a los poetas(pág. 19)

En “La fábrica de hielo” podemos advertir que Silvia posee conciencia del lenguaje, tanto en versos donde se pone de relieve la arbitrariedad del signo, el vacío inevitable de la letra: “Puedo decir gafas, llámame, bastón y pelo. /Puedo decir que no puedo./ Y diré sólo palabras”, como en otros en los que muestra que el único dueño del lenguaje es el hablante, que tiene en sus manos el poder (a veces el dolor) de crear, dar vida y sostener las cosas que nos rodean: “Esparadrapo. /Mi abuela lo llama espadatrapo. / Mujeres que inventan palabras el mundo y las palabras, /para evitar que otros escriban los diccionarios”.
El frío está muy presente a lo largo de todo el poemario. Es un frío que proviene de dentro, inherente a la existencia y los obstáculos que se hallan en el camino. Así, la poeta estalla en fragmentos desordenados de sí misma, de modo que es ella, y no otra, quien tiene el poder para elevarse o hundirse, para volverse invisible o trascender: “Soy la absurda heroína de mi drama cotidiano;” “Soy la socorrista de mi derrota”; “Soy la arena de mi propio fango”. Pese a las dosis de hielo que flotan en las páginas como diminutos icebergs, creo que la clave del libro se encuentra en un verso que reza de la siguiente manera: “Será que hay que vivir”. Esta rotunda defensa de la vida es aquello que mueve el corazón del lector que, al reconocerse en las palabras de la poeta, vuelve a ellas una y otra vez, de modo que las hace suyas y de toda una colectividad; versos, en definitiva, que luchan por hacerse universales.
Y esto no es todo, ni mucho menos. En la poesía de Silvia anida el sobresalto, la magia, lo que no es posible prever y, sin embargo, sucede: “No quiero jugar a las piedras, la tiza, las piedras, /el salto, y las piedras./ Porque si salto no toco suelo/ y volar es otra cosa”. Aquí está la libertad de la escritora, sus alas enormes, que vuelan por encima del resto aun a pesar de las inclemencias: “No quiero el instante rápido de lo público, / el esconder de la batalla. No quiero que saber leer nos obligue a leer.” La palabra conformidad no tiene lugar en su diccionario, y ella lo sabe. Esta fábrica necesita alimentarse de un combustible especial, que sigue su ritmo propio: “Pido ser lenta,/ que me dé tiempo a hacer el mundo”,y ante todo, tiene clara su labor, que no es otra que la de poner sobre el papel lo real, que empieza y termina en la palabra, en la de Silvia y en la de todos los que creemos en el poder de la escritura: “Sé construir,/ puedo morirme hoy. He terminado”.
Al sol, el hielo tarda poco en derretirse; no así sus palabras, cálidas e inmortales.

viernes, 7 de marzo de 2014

Qué hacer con tu vida después de leer "Los pistoleros del eclipse" de Munir Hachemi


Querido diario:

Ayer releí la novela de Munir, Los pistoleros del eclipse, esa en la que tanto pistoleros como eclipses brillan por su ausencia. Eso no debiera extrañarnos, porque el autor, archiconocido por su fama de cuentista, no va a ser más facilón en este relato largo o novela corta. ¿No te he leído nada suyo? ¿En serio? Pues para que te hagas una idea: los cuentos de Munir son un mejunje de mentirijillas del tamaño de las obras completas de Borges y verdades disfrazadas de sueño. Se nota que Munir escribe pese a Bolaño. Ahora sí, sigo con lo que te estaba contando. Durante la segunda lectura de la obrita en cuestión (todo lo que escribe este sujeto es necesario leerlo como mínimo, un par de veces, al igual que las ficciones del argentino ciego antes mencionado) he sentido cosas por dentro que la primera vez no pude reconocer. Supongo que influyó el hecho de que estaba en una granja de camellos y alpacas en medio de la campiña francesa, o lo que es lo mismo, en un agujerito del vientre redondo del mundo.
Perdona mis digresiones, diario, ya sabes que siempre hablo más de la cuenta (y digo esto mientras sostengo el gajo de una naranja a escasos centímetros de mi boca). Creo que una de las claves de la obra es la advertencia que Munir (o el negro de Munir) hace al lector: “Todo parecido con la coincidencia es mera realidad”. Y sé que el autor nos está diciendo la verdad; aunque sí, ya sé que todos los escritores son unos mentirosos, ya lo sé, pero yo he entrado en un farmacity  (los que no sepáis lo que es, ya tenéis un buen motivo para leer el libro) y os puedo dar mi palabra de escritora de que no son un producto de la hiperrealidad. Existen. Buenos Aires está plagada de ellos. Y Buenos Aires o México DF son lugares por los cuales bien podría moverse Munir. Ya sabes, diario, que yo le conocí justo antes de partir para allá, y siempre me lo imaginé tomando mate en todas las esquinas… Pero volvamos al libro.
Vodafone sol. ¿No os gusta? Leed el libro.
Vale, vale, voy a intentar ser un poquito más crítica. Pero no mucho, que luego me salen arrugas en el entrecejo. Me abstendré de hablar de las relaciones entre poesía y droga en Los pistoleros del eclipse. Primeramente, porque no soy ninguna experta en la materia y podría escribir cualquier tontería, y en segundo lugar, porque no creo que eso sea lo más importante. Todos sabemos, en mayor o menor medida, que subirse a recitar es un palo, que acojona, vamos a decirlo claramente, así que es bastante común que aquel que se pone delante del micro, se haya “puesto” previamente, ingiriendo otras sustancias, o una mezcla explosiva de ellas. No les juzgo. Munir tampoco, pero en Los pistoleros no cuenta más que lo que hay. Pueden verificar estos datos en cualquier jam session semanal de poesía. Y punto.
¿A que no adivinas algo increíble? En el libro, Munir dialoga con un diario. ¡Como tú y yo! ¿No me crees? Pues te lo digo totalmente en serio. En realidad, yo creo que el boludo finge que va escribiendo en un diario todas las historias que le salen de la cabeza (porque la tiene bastante grandota, ahí caben muchas, muchísimas historias) como la del ciempiés o la del hombre que creía que al otro lado de la montaña vivía un hombre idéntico a él pero que no era él. O sí. Nunca lo sabremos. Probablemente, Munir tampoco. Pero tal vez Munir esté engañándonos. Tal vez el hilo conductor de la novela, ese jersey azul bárbaro y mágico, sea solo un engañabobos producto de la mente de un escritor genial. No lo sé. No me importa.
El caso es que G se marchó. Y lo de la Italiana, ojalá no sea verdad porque si no…
Otros dos detalles más sobre el libro que me han fascinado. Uno: ¿cómo puede intentar hacernos creer que existe una azotea maravillosa en la cima de un Corte Inglés a la que se puede acceder sin pagar? Y dos: a estas alturas de la noche, Munir debe saber que estoy escribiendo esto, pero no revelaré  de qué manera puede prever lo que todavía no ha sucedido. Me gustaría adelantarme a su innata capacidad para imaginar lo que vendrá, pero no sé si puedo hacerlo. De modo que, repito, no revelaré este secreto ni ningún otro, porque él lo cuenta mucho mejor que yo, él ha nacido para escribir esta novela, este libro desquiciante, este libro abismal.
Lo siento, diario, querría seguir escribiendo pero tengo mucho sueño. Te voy a prestar a un amigo, a ver qué te dice. Pero no vale hacer comparaciones. Ni que te guste más su letra. Pórtate bien. Tal vez algún día seas tú quien le susurre cosas a un gran escritor.

Así… Muy bien…Eso es.


lunes, 24 de febrero de 2014

«Un deseo de aquí. Una memoria de allá », impresión literaria sobre "La misma hora todo el tiempo" de Diego Lebedinsky



Dicen que la portada no es vital en un libro. Ejem. Pues yo tengo una objeción. Creo que eso solamente pueden decirlo aquellos que no sienten una devoción real por el objeto encuadernado que tienen en sus manos a la hora de la lectura.
Un corazón que pende de un hilo ante el rostro desamparado de un títere con apariencia de hombre: esta es la imagen que acompaña al título, ese título tan hondo que revela su disfraz de verso, que enseguida encontraremos en el interior. El creador frente a la hoja se está mirando a sí mismo, como en un espejo, y susurra en un murmullo la soledad/ es muy parecida a esta hora. Acá está un elemento clave, una pieza esencial en este libro mágico: la palabra escrita es un refugio para el poeta, que establece una batalla cuerpo a cuerpo con el lenguaje, lo invoca y deja que fluya libremente sobre el papel. Pero, ¿acaso esto silencia el resto de las cosas? ¿Acaso la mente y el recuerdo enmudecen ante los versos? No. Absolutamente no.
El cuerpo del domador se dobla en dos, sufre, y entre convulsiones logra articular: Hice mi cuerpo/ de búsquedas difíciles/ de soledad/ de hartazgo. (…) Hice mi cuerpo/ de muerte venidera. Las palabras maltratan a este ser que es un dios en cuanto creador, pero que, sobre todo, sigue siendo un hombre, un ser humano. Las palabras le hacen llorar hacia dentro, tratar de ponerle voz al imaginario cotidiano, en una búsqueda diaria de algo que está más allá, difícil de expresar, imposible de contener. Así, versos tan sencillos como estos hacen palpable la herida, la desgarradura ante los objetos, las cosas: el cielo en posición fetal/ apretado / sobre las ventanas. ; La tarde/ descosida en el calendario o una violenta dentellada/ de flores/ desabrochadas en la lluvia (…) La duda/ se alimenta de agujeros o el día/ tiene la arquitectura /de una hamaca cotidiana. Las muestras, como se puede ver, son infinitas. Hay que trasladar esto al mundo, y eso es algo que solo se puede hacer con la lectura.
El ejercicio (impuesto y no) del silencio es otro de los dones de este poemario. La imposibilidad de decir que aullaba Alejandra Pizarnik late en muchos de los versos de Diego Lebedinsky: Todo parece feliz/ pero no es verdad. Aquí nacen los minutos de silencio; El silencio se abalanza/ sobre todo lo que existe; En el silencio retumban/ las palabras no alcanzadas/ piden tormentas/ ennegrecen/ cualquier horizonte.
Recupera, con maestría, elementos ya empleados por la gran poeta: aquí vuelven la noche, el jardín, las voces, la ofrenda, las sombras: la noche/ no solo es más oscura/ que el día; Voy a deambular sobre la noche/ con mis manos. No falta, tampoco, el juego con la paradoja, los hilos de incertidumbre, que empujan a un murmullo, apenas un balbuceo (contundente, eso sí) al final del poema: me siento a ver/ lo que no será.

Y, en fin, ¿cómo describir a mi vez con palabras la impresión que desprende este libro deslumbrante? Hoy mi corazón/ es de un donante, nos dice el poeta, ya totalmente despojado de sí. El mío tiembla desbocado ante tanta letra viva y tanta literatura. Ante algo tan tan humano. 

Lean La misma hora todo el tiempo. Hagan el favor.


domingo, 19 de junio de 2011

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada



La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, tal es el título con el que Gabriel García Márquez inaugura un auténtico universo literario donde los elementos fantásticos, míticos y legendarios se combinan perfectamente para dar lugar a una visión genuina americana, la del Realismo mágico.
Las letras hispanoamericanas nacieron en el siglo XV, concretamente gracias al descubrimiento de Cristóbal Colón, primer cronista de Indias, que narra desde su experiencia personal la descripción de estas tierras desconocidas, proyectando todas sus expectativas idílicas. Por tanto, queda atestiguado que ya desde un comienzo «América se ha visto más con la imaginación que con los ojos».
El mismo Carpentier, en su prólogo a El reino de este mundo, hace un llamamiento al novelista americano, que ha de convertirse en el nuevo cronista de Indias, un cronista alejado de los testimonios de los visionarios, que no hicieron un esfuerzo real por conocer el Nuevo Mundo de primera mano, sino que se dejaron llevar por las directrices del pensamiento europeo. El continente americano deja de ser un lugar extraño para convertirse en el Paraíso, y el indígena encarnará el ideal del “buen salvaje” descrito por Colón, que haciendo gala de su generosidad, recibirá el adoctrinamiento religioso consabido. De este modo, no es posible ignorar la violencia ejercida por el colonizador, la violencia, por tanto, del origen americano. El Realismo mágico es sin duda una vuelta al pasado, un retorno a la visión primitiva y legendaria.
Podemos decir, que el Realismo mágico es la mitología de América. Así, en el relato de la cándida Eréndira, las resonancias míticas son remarcables. En primer lugar, todo nos lleva a pensar que los nombres de los personajes no son fruto de la casualidad. La protagonista, Eréndira, hereda el nombre de una legendaria princesa de la nobleza tarasca del siglo XVI, época en la que los españoles llegaron a Michoacán, en México. Su figura, desafortunadamente desconocida, fue la de una valiente guerrera que combatió a los conquistadores. Tampoco podemos olvidar que la inocencia de Ulises, «no solo le cambia el humor, sino también la índole», lo que se traduce en el nombre con el que el joven bautiza a su amada: “Arídnere”. No hace falta ir muy lejos para descubrir la similitud de este con “Ariadna”, protagonista femenina de una de las leyendas de la mitología griega más conocidas, la de Teseo y el minotauro.
Tampoco es gratuita la aparición de los Amadises en este singular relato. Con esta presencia queda demostrado que «los libros de caballería se escribieron en Europa pero se vivieron en América». Todos los personajes profesan cierta admiración sagrada por este antepasado, mentado por la abuela incluso como Amadís el grande.
Si acudimos al personaje de Ulises, la referencia mítica es aún más evidente. El mismo autor lo describe como «adolescente dorado de ojos marítimos»4. Esta alusión nos recuerda al navegante que emprende un viaje fantástico a través de los mares, narrado por Homero en su famosa Odisea. Por lo tanto, algo que no podemos olvidar es que la historia trazada por Gabriel García Márquez es la de una larga travesía por el desierto, un verdadero éxodo que a Eréndira se le antojará interminable (a pesar de estar fechado el momento en que terminará de saldar su deuda con la abuela) y, que además, le lleva a proyectar sus esperanzas más allá del mar, como si este último fuera un símbolo de libertad.
Esta evocación del éxodo no es la única referencia bíblica que encontramos en el relato. Algunos detalles sorprendentes irán descubriendo continuas conexiones con el que ha sido durante varios siglos el máximo argumento de autoridad, ya que no fueron pocos los visionarios que contemplaron América como si se tratase del verdadero Paraíso terrenal. De este modo, se encadenan sin cesar una serie tras otra de milagros que no deberían despreciarse: recordemos cómo Ulises roba el fruto prohibido, en este caso, la naranja, que guarda celosamente en su interior un diamante, que no solo es un objeto perfecto para el contrabando, sino que simboliza la promesa de riquezas para los jóvenes enamorados.
También somos testigos de la fuerza excepcional que tiene el sentimiento del amor para Ulises, pues adquiere incluso la capacidad de cambiar de color los objetos de vidrio, ese vidrio molido que dice tener Eréndira en los huesos. Sin embargo, antes de partir, el padre de Ulises le anuncia que pesa sobre él una maldición, similar a la fatalidad que persigue a Eréndira, de la que solo logrará librarse al final de la historia, venciendo por fin al viento de la desgracia, saliendo de la cárcel en la que ha vivido toda la vida enjaulada, y llevando consigo el chaleco de oro que había pertenecido a su abuela.
He aquí otro elemento que nos remite al mito americano: la búsqueda de oro. A saber, una de las leyendas más conocidas es la de El Dorado, mucho más que una fábula a los ojos europeos, ya que fueron numerosos los exploradores que recorrieron América del Sur de un extremo a otro en pos de este reclamo. En La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, el personaje de la abuela refleja este ansia por alcanzar la riqueza por encima de todo, el materialismo exacerbado, minucioso y egoísta, que no es sino una metáfora de los países que a lo largo de la historia han esclavizado a América, bajo el yugo del interés económico más tirano.
Eréndira es, a todas luces, el silencio al que se han visto sometidas las voces de los americanos: del indígena primitivo al que se le impuso por la fuerza una cultura que no era la suya, del criollo que en busca de la independencia protagonizó violentas insurrecciones, de los escritores ilustrados como Andrés Bello y de los románticos, como Echeverría; de todos aquellos que son y han sido herederos de la gran pregunta acerca de la identidad, que tantas veces ha tratado de solventarse intentando hallar la expresión propia en el terreno literario. Gabriel García Márquez no disfraza la verdad, solo la refleja en los ojos cándidos de una niña huérfana de catorce años.