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domingo, 28 de abril de 2013

Buenosayres II

en cambio yo no te prometo nada
ni dinero, ni sexo, ni poesía
un yogur es lo más que podría ofrecerte
(Nicanor Parra)


Atardece de a poco en el parque Centenario. Los días se estiran con mate y bizcochitos agridulces, la noche se abre paso al ritmo de los tambores: es el ruidoso y alegre y festivo candombé. Se ríen los niños, mueven las piernas y los brazos, dejan que la música fluya a través de su cuerpo; nosotros intentamos no ser pisados.
Duele mirar los árboles que se reflejan en tus ojos. Son tan trepables ambos... y tan verdes. Dan ganas de subirse a ellos, pisar sus gigantescas raíces, saltar de rama en rama, arañarlos sin pudor y arrancarles unos pedacitos de corteza, y luego besarlos, abrazarlos, e incluso amarlos.
Si fuéramos árboles... -solías decir-, nuestras raíces estarían entremezcladas, y creceríamos a la par, unidos inevitablemente. Ahora rehago mis pasos para sentarme a la sombra de lo que podríamos haber sido. Ahora ya soy capaz de encontrarme con tu verdadero ser a los pies de la mujer-ángel. Ahora no temo mirar en el fondo sucio del estanque y verte con los ojos de mengana eterna, osada sobre todo.
Al igual que los patos  picotean la comida en los adoquines, yo descubro los sabores que me dejaste, el regusto a las tardes de domingo que parecen no terminarse nunca.

Un matecito es lo más que podías ofrecerme.
Cómo rechazarlo...



(Parque Centenario, Caballito, Buenos Aires)

lunes, 22 de abril de 2013

Buenosayres 1


(Cruce de Avenida San Martín con Juan B. Justo. Paternal. Buenos Aires.)

Mirá cómo gimen los autos en la Avenida San Martín hora tras hora. Mirá.
Se cuelan en mi sueño, ronroneantes. Creo que la ventana está rota.  Más bien creo que no hay ventana y que una mañana voy a salir volando. Como el carancho imaginario. O como la luna gorda.

Je. Parecen de juguete todos esos bondis. Los ángeles guachos nos miran desde la pared pintada y tengo que recargar el celu pero ya bajaré más tarde. Ahora estoy ocupada. Tengo las manos y los ojos y los oídos completamente ocupados mientras tu cuerpo desnudo flota entre las sábanas. ¿Sábanas? Eso sí que es raro.

Me sorprende lo serio que es tu rostro dormido. Ausente de todo, sigues empeñado en buscarle un por qué a las cosas. No te entiendo y prefiero no hacerlo, en serio. Porque el día en que eso suceda, el día en que llegue a intuir todo aquello que ignoro, agarraré mi ropa interior y huiré volando. 

Volar. No hubo noche que no me preguntases cuál era mi técnica secreta para volar en sueños, y no supe responderte. Mi don es innato, te decía. ¿No notas dos bultitos en mi espalda? Mirá....

Mirá.







martes, 19 de febrero de 2013

Aguaceros porteños*

El vértigo. Cada mañana el mismo vértigo al escuchar una voz indefinida que anuncia esa parada en la que no debo bajarme, aunque lo desee con mucha, muchísima fuerza. Es la siguiente, Gema, no bajes del jodido metro o llegarás muy tarde. Pero algunas veces no puedo evitarlo, y me bajo; me bajo en "República Argentina", respiro profundamente hasta escuchar el pitido que avisa del cierre de las puertas, y después de unos instantes miro a mi alrededor.

El maxikiosco del andén me saluda, con su despliegue de alfajores, y ardo en deseos de comerme uno, aunque sé no me gusta el dulce de leche. La chapa verde de la pared tiene unas letras blancas, grandes y orgullosísimas, que me detengo a leer en voz alta, como una niña chica inexplicablemente feliz. Scalabrini Ortiz. Pronuncio la zeta final como una ese. Qué lindo suena y qué fácil.
Titubeo un poco antes de elegir la salida: ¿izquierda o derecha? ¿Santa Fe al cuatro mil y algo, o Scalabrini al tres mil no sé qué?

Y qué más da, pienso en secreto. Todas las salidas conducen al sitio donde quiero estar; eso es lo que cuenta. Subo las escaleras tan rápido que me tropiezo en el décimo escalón: el de siempre.
Todavía no he salido a la calle y ya puedo escuchar el tremendo bullicio urbano, la algarabía imposible de silenciar de este cruce de avenidas que es un caos, pero es mi caos, y eso me encanta.
Los vendedores de frutillas y bananas (ojo, nunca plátanos) taponan la vereda, pero la gente sonríe al caminar, sonríe al mirar y sonríe al sonreír. Espero pacientemente a que todos esos bondis pasen para cruzar, no querría morir aplastada por el 141 en este instante, y rehago el camino habitual. El restaurante de la esquina está lleno de gente, bendita promoción de café + medialunas, aunque sea temprano, y algunos negocios abrirán más tarde. Al pasar delante del locutorio y rapipago pienso que capaz debería recargar el saldo del celu, pero lo dejo para más tarde. Echo un vistazo en esa tienda de decoración del hogar modernita, sin deternerme del todo, y atisbo de reojo en el interior del compro oro, que también hace la función de trapicheo de billetes, y me pregunto si estará el pibe chamuyero que siempre se intenta levantar a Eme. Siguen de ofertas en el Palermo loko. Huele a la panadería del seis muñoncitos de pan, por favor y al lado, la tienda de alfombras. Dejo atrás el puestecillo de flores, abierto a todas horas, y la tienda de productos naturales y dietéticos, en la que nunca he entrado. Sigo adelante.

En el interior del supermercado Eric sigue la china malhumorada. Los tres tipos de la frutería están ordenando cajas, y los de la tienda de pastas La Luisita siguen apoyados en el mostrador, re aburridos. Sonrío a los señores del Varela-varelita, donde una vez vi a mismísimo Ricardo Strafacce, y donde un día se sentó mi querido Libertella. Doy la vuelta para regresar, porque el carrefour queda a unas tres cuadras y no me apetece caminar tanto. Al llegar a la esquina de Bianca siento los ojos nublados de la emoción, y a través el cristal vuelvo a revisar los sabores, pero sé que siempre que vaya voy a pedir el mismo: chocolate y frutillas a la crema. Ay.
Puedo ver mi casa. El balcón del octavo y último piso, la luz del portal, la cabeza de Héctor, el portero bruto, y el inconfundible olor a asado que flota siempre en mi calle: Charcas. Me sorprende que la persiana de la ventana esté bajada; a estas horas, Petri ya debería haber llegado. En el ascensor no hay ninguna vecina encerrada; en el séptimo ya no vive la chica joven que se llama Ariadna. El buzón está vacío, y ninguna de las dos llaves que son casi idénticas encaja en la cerradura.

No encaja, no encaja, no encajan las llaves. Yo tampoco encajo: y no lo puedo entender.

*El título es una variante de la colección de artículos de Roberto Artl: Aguafuertes porteñas. 


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Mi vida en cuadras

A Pedro Aznar, por su voz en vos  


Veinticuatro ciento cuarenta y seis
pasan de largo
los labios veloces sobre
el asfalto mojado de la avenida
San Martín
Caricias goteando en la nuca que me encrespan
toda y el cristal del bondi se deja llevar
ronroneando apenas
Ahora entiendo todo menos
los ojos lloviendo
Claro claro el cielo por encima si
nuestros pechos
Por dentro transcurre la tormenta
los relámpagos de punta a punta conmueven
De la Historia no saldremos vivos
Pero lo importante
Está
y la cumbia en el cientodiez casi vacío
Qué gracia el pibe del flequillo
Y hemos coincidido tantas veces en la cama
que negarte otra ronda sería tan tonto
como Apolinario Figueroa y sus
jacarandás
de repente Corrientes
morados y rosas y azules altísimos
Gritos en boca de nadie
ya fue
Existen en serio
cotos y días y noches
abiertos a todas horas por si apetece
un empacho
Mientras permanezca Bianca seremos
tan felices como un niñito saltando los charcos
A oscuras
voy a recorrer tus calles cuando no me esperes
bajaré del colectivo con
este paraguas flaco y enfermo pero
azul
y alegre como un búho de ojos brillantes
que me recuerda a vos con su sigilo
Outlet Hilados para crear Arte Natural
Fábrica de pizzas
Rojo amarillo rojo
Ah qué lejos quedan de mi barrio
tanto como
Palermo y Paternal
Paysandú y Charcas
un octavo y un decimocuarto piso
Con ese beso que me has dado
el sol se ha vuelto
la gran petit-mort
Y Buenos Aires no sé cómo
 sigue en pie
como si nada
hubiera sucedido


domingo, 11 de septiembre de 2011

Mi edad de la inocencia




Se han marchado los niños, dejando a su paso un rastro de juguetes en la alfombra de hierba. Me siento a escribir como ese niño travieso que baja la empinada cuesta a toda velocidad con su bicicleta; los dos compartimos algo, los dos llevamos una misma marca en la sangre: la inocencia genuina de los espíritus temerarios, la valentía insospechada de los más débiles, la tendencia a cometer locuras dispares sin medir las consecuencias. Por eso no cambiaría por nada del mundo mis rodillas maltratadas de cicatrices, ostensible recuerdo de las heridas de infancia.
Mientras garabateo distraídamente en la libreta, -los niños juegan al pilla-pilla, el cielo se nubla y amenaza tormenta-, un gracioso bebé ha ido avanzando a trompicones hasta mi pierna, y ha encontrado un lugar donde quedarse: el vuelo de mi falda. Sus balbuceos ininteligibles resuenan en mi cabeza como gritos de auxilio. Le miro fijamente, intentando adentrarme en sus ojos grandes, muy grandes en esa carita tan pequeña de sonrosados mofletes, y por fin distingo un ramalazo de complicidad anclado en el fondo de ese estanque donde no hay peces, sino vida; una vida nueva como un milagro obstinado que crece sin ser consciente todavía de su presencia en el mundo.
Entonces, una sonrisa brota espontáneamente de mis labios hasta hacerse amplísima, y él me corresponde sin dudar un segundo, y comienza a reír, a dar palmas, a contagiarme su inusitada alegría. Así pues, sostengo su minúscula manita entre las mías y suspiro sin remedio.
De los árboles despistados han empezado a caer lentas las hojas. Es el verano que termina...