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sábado, 9 de noviembre de 2013

placer oblicuo

profesionales del crimen tantas veces
     huíamos a gritos por las tuberías del verbo

          azotar no es la palabra  

entonces la oquedad más simple 
        ojos de noviembre como un gato 
   con las botas pareces más cruel  y obviamente
              tus pestañas mi cuello en danza idiota

     varias capas por debajo mis temblores
renazco me desquicio  agarra el pomo  más deprisa
        del otro lado risas riachuelos 
               y una mujer sola  

       extendida

   te veo engullir y me desangro
          
        no hay leyes que me impidan inventarte
    trazar extremidades sin demora
                    olfatear el triunfo por su tacto

             no tengo más silencios para darte
                     mis poros tal vez mi identidad       

dueños callados del placer oblicuo  



jueves, 17 de octubre de 2013

poema para despertar a un tigre


si yo quiero tú te atas
    al mástil más robusto del invierno
        y desaparecemos en un baile de locos
  hacemos ingrediente de los versos
         hasta quedar rotos desinflados
           
              tengo un solo afán y es enroscarme
    pensar fuerte en un nudo sin asfixia
            atar mi cuello al palo doloroso
                   vencer la tentación de la caricia

               nacemos en el ritmo y regresamos
        queremos esperar y todo vibra
    tu cuerpo horizontal desde el susurro
               mi labio desigual mientras tu risa
         
            pasa la noche cuento calabazas
                sueñas calor cosquillas tacto pelo
      nos dieron las doce y mi carroza
                 tiene cortinas rojas y un tintero.
   

 



               

sábado, 7 de abril de 2012

La torre de marfil

(Somnolencia ocasional y ojos entrecerrados. Se escucha de fondo un ronroneo intermitente de flamenco, y con cada nueva palmada, unos sorbos lentos del té caliente, aún en los vasos.) 
Dos de ellos juegan al oficio de ver pasar la vida mientras mueven obstinados las piezas de un viejo ajedrez, todo hecho de cristal. Una tercera les observa, con ojos felinos, desde un exquisito diván de cuero rojo, -que bien podría ser la colchoneta de una hamaca, mirada desde otra perspectiva-. Sus labios adquieren la redondez perfecta para aspirar una calada de tabaco, a todas luces invisible; y sus manos, olvidadas en el regazo, juegan con las sedas azules de su vestido vaporoso, donde no tiene cabida la imaginación. Sus piernas no están enfundadas en unas medias negras tupidas, y su ropa interior no es del H&M; no podría serlo, pues en ese rincón preciosista cada ínfimo detalle tiene valor. 
La dama de cortos cabellos rojizos inclina hacia atrás su rostro pétreo y desmayado, en un gracioso mohín silencioso, conteniendo la carcajada. Ya imagina pícaramente a sus dos amantes vestidos de cualquier manera, con gruesos jerseys de lana, y sus manos enfrascadas en la torre, el cabello, el alfil y el pezón, en la misma reina, que no es otra sino ella.. Mientras sus pensamientos se deslizan sin prisa, los jugadores siguen inmersos en el juego, completamente ajenos a estas perversidades.
 Son expertos, hiperbólicos rivales que piensan cada jugada durante mucho tiempo, por miedo a cometer un solo error. De vez en cuando, el de la izquierda atrapa su bombín, y lo hace girar sobre el dedo índice en un gesto de crispación; su compañero le lleva una ligerísima ventaja. El de la derecha, a su vez, sabe con tal certeza que va a ganar que entretiene su tiempo recitando algún que otro verso rubendariano, y mientras se atusa con cuidado bigote, roza con los ojos de vez en cuando a la joven de sedas, que yace aburrida en sin igual postura decadente.
(La melodía de fondo es sustituida por el gemido melancólico de un laúd. Las notas rasgan la templada noche, y un bostezo pedante procedente del distinguido caballero del bombín provoca el desenlace súbito del juego. Jaque mate.)
El ganador, sin poder disimular su regocijo y sin decir una sola palabra, se levanta de un saltito y cruza la sala para alcanzar su más preciado tesoro: el violín. Cualquier otro instrumento, ya fuese guitarra o armónica, habría desentonado en aquella sala espléndida. Dejándose llevar por su feroz instinto, improvisa al principio, y poco a poco va brotando un murmullo agradable que se apodera de sus conciencias y pensamientos. El laúd ha dejado de sonar, y hasta los tapices de colores -con dibujos geométricos, similares a los de ciertas alfombras árabes- que adornan las paredes, parecen estremecerse de gozo. 
Los rencores han quedado olvidados y, la dama, que ahora se halla en el centro de la sala, les sirve el té y sonríe, como ausente... Aquella atmósfera decadente le ha abierto el apetito. ¿Servirían manjares exóticos durante la cena?
Y es que, de repente, sin saber por qué ni cómo, le habían entrado unas ganas vergonzosas de comerse un bocadillo de jamón. 

jueves, 7 de abril de 2011

Tráfico sentimental



-Agárrate que vienen curvas-,

dice en la autopista papá

y tus manos trepando hacia arriba:

muslos, caderas, cintura...

-Ten cuidado, no te vayas a marear,

que ahora viene la cuesta

y empezamos a resoplar:

coge el volante seguro,

que el freno de mano nos empieza a fallar,

metemos la marcha, perdemos el rumbo,

y ni el GPS nos puede salvar.

Ya el peligro se respira a bocanadas

en el asiento de atrás,

-baja las ventanillas, por dios,

que se nos van a empañar...

Que hemos pasado de los 110

y nos encanta correr a máxima velocidad,

el carburo es suficiente

para muchos kilómetros más:

resulta impensable parar a repostar.

-No te detengas ahí, sigue un poquito,

traza bien el mapa de mi cuerpo

sin desviarte de la nacional.

-No des tantos rodeos,

evita con cuidado los baches

y no busques alternativas

para alargarlo aún más.

-Que ya el viaje se hace eterno,

y el motor está que arde,

humeante y a punto de estallar...

Ven, apaga las luces, vamos a descansar,

aparca el coche y no pierdas las llaves,

que aún nos queda tráfico y poesía:

el combustible perfecto para llegar.









jueves, 17 de febrero de 2011

Se llamaba Seducción


Y entonces, sin dejar de sostenerle la mirada con infinito desdén, se deshizo de aquel recogido de pelo algo caótico, para después agitar en un sensual movimiento de cabeza sus largos cabellos castaños, indomables. Su melena salvaje, caía en cascadas sobre sus hombros pálidos, desnudos, ligeramente inclinados hacia delante en un gesto pueril, dejando entrever con claridad la curva misteriosa de su cuello aniñado. Aquellos rizos, vacilantes y desordenados, parecían burlarse de su serenidad imperturbable. Ni siquiera había reparado en la deliciosa invitación de su escote, siempre incitante, que prefería insinuar delirios de grandeza a mostrarlos orgullosamente con cierta vulgaridad.

Admiraba su elegancia incluso en los momentos de más profunda confusión. Había aprendido a mirarla de reojo para que no se percatara de su turbación espontánea, y se relamía los labios en silencio al verla cruzar y descruzar las piernas, con los pantalones vaqueros marcando provocadoramente sus muslos. Tampoco podía evitar sonreír cuando rebuscaba en el bolso súbitamente, en busca de su vaselina, para enseguida extendérsela por los labios con muchísimo cuidado, muy lentamente, hasta detener el tiempo con su terca obstinación.

No ignoraba que también ella, muy de vez en cuando, escogía las prendas más seductoras de su vestuario solamente para comprobar cómo reaccionaría él, si con un imperceptible gesto de sorpresa, o más bien con perfecto disimulo, para después susurrarle en voz baja y queda, lo guapa que estaba aquel día con ese vestido negro un tanto perjudicial para la salud.

En otras ocasiones, admiraba el mohín de su boca cuando se torcía en un gesto desaprobador, rozando la fealdad, o la exagerada rojez de sus mejillas tras haber bebido más de la cuenta, o sus ojos oceánicos, que le recordaban a un oleaje furioso tras la tormenta. Muy posiblemente había escogido no dejarse arrastrar por ellos, rehuyendo sus gritos mortecinos justo en el instante de la ebriedad; para no ahogarse, para no naufragar...

Pero no aquel día, no en aquel lugar, no mientras solo estuvieran los dos.

Y es que ella le desafiaba con su inocente pelo rizado, y él no pensaba perdonárselo en esta ocasión.

sábado, 29 de enero de 2011

Éxtasis

Ahí, justo en la curva donde termina mi espalda, quiero que reposes tus labios hasta quedarte dormido. Ahí es donde nacen todos los sueños y mueren todas las esperanzas. Ahí, donde nunca habitará el olvido.
Y es que hoy quiero reinventar un recuerdo que no sabemos si es nuestro o se lo llevaron las nubes. -Esas nubes que ahora miro, temblorosas en el cielo, obstinadas en su negrura a hacer cabecear al sol e imponer su sonata triste de lluvia-.
Tal vez estábamos demasiado cansados, y estaba demasiado oscuro, y por eso.
De vez en cuando imaginaba tu boca asimétrica deslizándose sobre mi frente inquieta y febril, casi llorosa. Y es que mis ojos hacía no mucho tiempo habían estado inundados en lágrimas, y todavía conservaban intacta la huella húmeda de la salinidad imperfecta.
Mordiéndome los labios alejaba de mí cualquier preludio de un gemido. Pero eso no quería decir que mi pecho no se agitara, o que mis ojos no se abrieran de repente al sentir tu mano en la piel desnuda. Buscando... - ¿ay!- encontrando.
Y luego la vuelta a casa, escrutando mi reflejo en las ventanas de un vagón de metro: las pupilas desbordadas, las mejillas encendidas y el cabello alborotado, los hombros nerviosos y las caderas bamboleantes, las botas desatadas, los calcetines arrugados, la vida entre paréntesis.
(...)