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domingo, 8 de septiembre de 2013

ático



llueve
   y qué importa si llueve esta noche,
          si estamos a salvo bajo tu sonrisa 
                 mucho más amplia que todos los paraguas

                permanecemos de pie, sin movernos
                          la voz fluye  el alcohol fluye  la vida 
                     es del color de un peligro conocido
      
         hablas a borbotones con los ojos y te creo
                   me confieso celosa de la comida que engulles
                                y ya basta, escribir esto es permanecer,
                        saberse desnuda a la espera de algo
                              -de alguien-

      llueve
           y qué importa si llueve esta noche,
    si estoy a salvo bajo tu ignorancia 
                 que moja en silencio mis pupilas enormes
                                  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Imaginario II


Siete colores, catorce, veintidós.
Las montañas se mudan de vestido, tratan de no repetirse: son cambiantes, imprevisibles, grandiosas.
Tres mujeres como tres montañas se miran en ellas, entre ellas. Parecen gigantes.
Son parecidas porque están compartiendo un pedazo invisible de la Pachamama. Inexplicablemente, se entienden bien: berlinesa, parisina y española. Inexplicablemente.
Cada una de ellas cree que conoce una ciudad diferente, a la que pertenece por el simple hecho de haber nacido allí. Allí nacieron desnudas, conocieron el amor o el deseo, fueron más o menos felices, y al cabo del tiempo, al mirarse en el espejo se dieron cuenta de que todo lo que creían tener no les pertenecía en absoluto.
Seguían desnudas, y huyeron.
Escalaron montañas mientras sentían que alguien las iba escalando por dentro. Su cuerpo de repente vacío de vísceras, de humo, de hijos; su cuerpo ebrio de vida y naturaleza o pájaros. Tres mujeres desnudas subieron tres montañas vestidas. De luto jamás, siempre tonalidades encendidas, llameantes.
Un nombre: Purmamarca. Y muchos destinos posibles.
Nadie las espera en ningún lugar, alguien las espera en todas partes. Una, la más pequeña, ha dejado de tener miedo, simplemente sube hacia arriba y mira el barranco con otros ojos, ojos abismo azul oscuro.
Venía del amor y de la guerra, de la tortura misma, de un campo de desconcentración.
Su color era o había sido el rojo. Sangre efervescente navegando sus venas, sus poemas. Había amado, había desamado y vuelto a amar. Ahora no sabía hacer ni una cosa ni la otra, era una mujer sola que huía de su soledad para encontrarse con nuevas y distintas soledades.
Fotografió los arcoiris con el pensamiento y tarareó melodías argentinas. Una zamba, el recuerdo de una voz  grave cantando payadas que enamoraban su corazón chiquito. La hoz del tiempo maltrataba su mente, la condenaba a a seguir y seguir soñando. Los sueños eran de tinta, tinta corrida sobre el papel.
Descendieron la montaña y cada una siguió su senda, su sendero que se bifurca. No volvieron a a coincidir a pesar de sus promesas iniciales, las tres mujeres.
Tampoco regresaron a sus países, ni hicieron el amor, ni dejaron de amar aquellas montañas que eran suyas, nuestras, mías.

(Pensado en Purmamarca, Jujuy)

viernes, 26 de octubre de 2012

Cuarto boceto: tan sólo esencia



A la niña salvaje que revoluciona la Charca


Tienen a veces los cuerpos tatuados un paisaje:
     son playa o desierto, selva o montaña
pero pocos, muy pocos, son marinos
-submarinos como este que ahora falta
            acá dentro-
Vas a volver como el agua salada
    y no tendré que inventarte
           niña resbaladiza
pez sin escamas  ojos-marea alta
     para conservarte entre burbujas,
porque no hay acuario que te abarque
   sin hacerte cosquillas en la nuca.
   Tengo sed   me ahogo   en el aire
y el mate me ha contado tu secreto:
   llevabas el amor y la muerte
                 tatuados
mucho antes de que la tinta rozase tus pies.