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miércoles, 8 de mayo de 2013

El violinista de Nuevos Ministerios


Vivaldi. ¿Vivaldi? Sí, Vivaldi es sin duda el nombre que acude a sus mentes al escuchar las notas del violín día tras día, mañana sí y mañana también, en la encrucijada de pasillos de la estación de Nuevos Ministerios. El ajetreo constante y la marea de gente en direcciones opuestas no merman el pulso controlado y exacto del violinista, su mano firme sosteniendo el arco, sus dedos largos acariciando las cuerdas. Entrecerrados, sus ojos extranjeros parecen rememorar un paisaje diferente, de calles familiares con olor a sopa de remolacha y pato asado. La mayoría de los que pasan por delante de él ni siquiera se detienen un instante a mirar su jersey blanquecino o la suciedad de sus zapatos; creen que si miran en el interior de la funda del violín, ataúd negro hambriento de monedas, caerán dentro y ya nada podrá rescatarlos de ese tenebroso y delirante abismo musical.
Pero yo sé que el violinista finge tocar a Vivaldi, mientras se eleva por encima de los jóvenes con mochilas al hombro, las funcionarias de tacón y pintalabios, los viajeros pegados a su maleta de ruedas. Y además, sé que el violín finge ser tocado cuando en realidad proclama pizzicato en grito sus penurias pasadas, su temblor ante futuro, su terca y llorosa inexperiencia.
Al igual que sobrevive una palmera cubierta de nieve en el centro de la ciudad de Varsovia, sobrevive en Madrid un violinista de ojos glaciales, que toca una y otra vez la misma estación de Vivaldi: el invierno. 

jueves, 14 de febrero de 2013

Souvenir d'hiver

Entonces, Sara dijo "Leo" y yo pensé en París, o mejor dicho, la vi en París, paseando del brazo de un francés alto de ojos verdes, -probablemente verdes, pero también podían ser azules o incluso, castaños-.
Pero lo importante es que yo sabía que estaba ahí, aunque ella no hubiese dicho absolutamente nada sobre la cajita de cartón con el cuaderno de frases de colores, y aquella fotografía del beso en Mar del Plata. "Las pestañas larguísimas de Sara pegadas al cristal de un escaparate de un sombrerería parisina. Los rizos como serpentinas de Sara, saliendo de la tienda poco más tarde, cubiertos por una boina coqueta, tal vez roja, como sus labios de unas horas después, tras despedir a un chico alto con los ojos indefinidos. La soledad de Sara leyendo un libro, junto a una taza de té vacía, en una habitación de paredes blancas. Una rosa sobre la almohada como única compañía."
Y Sara, por fin, entrando en el bar, el secreto en los ojos, la boina en la mano, y en la boca, un sólo nombre, una sola palabra. Me levanto para darle un abrazo y entonces, Sara dice "Leo" y yo no puedo disimular una sonrisa.
-Cuéntamelo todo. -le ruego. -S'il vous-plaît?...




viernes, 4 de mayo de 2012

Insoñación


Desde que le habían diagnosticado aquella extraña enfermedad su vida había dado un giro de ciento ochenta grados; no de trescientos sesenta, no -aquello habría sido un verdadero disparate-, sino de medio giro exacto, ni más ni menos que ciento ochenta grados.
La causa de su mal: haber empezado a dormir boca abajo, en lugar de hacerlo boca arriba.
Los síntomas: picores en el dorso de las muñecas y en los peluches con los que compartía cama, almohada y pesadillas; calambres en los dedos de los pies y temblor incontrolado en las pestañas; ríos de sudor, desiertos de hambre y ganas de coger bolígrafo y papel a cualquier hora de la noche.
Aquello era sin duda lo más grave: su mano descontrolada por completo, trazando íes, puntos, comas, puntos y comas, paréntesis, interrogantes, bes y uves, equis o zetas... ¿puntos suspensivos?  
Las consecuencias, o mejor dicho, la minúscula consecuencia, era que sufría insoñación.
 La insoñación no tiene nada que ver la ensoñación, sino más bien con un trastorno ocasionado por la excesiva exposición a cantidades ingentes de sueño, altamente dañinas para la salud.
La solución: ninguna. Desgraciadamente, no se han inventado hasta el momento las "pastillas para no soñar", pese a la canción de Sabina. Tampoco existen tratamientos con cirugía, o implantes de pequeñas dosis de realidad por vía ultravenosa. El panorama, como se puede ver a simple vista, resultaba desolador.
Bueno, miento; puede parecer escalofriante para todos los seres vivos de la tierra, menos para ella.
Porque ella, desde que no dejaba de soñar ni un solo instante del día y de la noche, era una persona feliz, tan feliz como solo pueden ser los que se enamoran hasta el tuétano de su media naranja y se convierten en una fruta reunida. Yo no sé lo que es eso, pero puedo asegurarles que así se sentía Juana, envuelta en una nube de ingravidez y suspiros, los ojos asimétricos y chisporroteantes, las manos llenas de dedos y uñas, para palpar, rasgar, moldear. Sus sueños eran la octava maravilla, sueños de esos que parecen fabricados por un artesano en un taller, porque están hechos al detalle, con minucioso cuidado y deliciosa ingenuidad.
Los sueños de Juana eran siempre nuevos, de múltiples colores, olores y texturas, hasta el día antes de que sucediese la catástrofe. Hasta ella había notado cierta crispación en los despertares, y un patrón de coincidencias que se repetía interminablemente, como si de una advertencia se tratara. "¿Qué querían decir aquellos túneles? ¿Hacia dónde iban? ¿Por qué brillaban tanto?"
Tenía miedo, pero no pensaba dejarse vencer por un sueño absurdo a sus ochenta y pocos años. Tomó la resolución de llevar el sueño hasta el final, y así lo hizo. Aquella misma noche se sentó tranquilamente en su silla mecedora hasta encontrar la posición adecuada, dejó el libro que estaba leyendo apoyado en su regazo y encima de él las gafas de lectura, tras haber limpiado los cristales con el borde de la bata.
Carraspeó nada más cerrar los ojos, y segundos más tarde, dormía profundamente. Soñó que corría hacia el túnel de luz; soñó que no volvía a soñar nunca más, porque aquel era el último de sus delirantes sueños. -Pero los sueños también nos engañan, no lo olviden-.
Juana no soñó con la muerte, porque no podía morir mientras siguiera soñando.
Simplemente renunció a todas sus arrugas vitales y siguió caminando por los parajes infinitos de la imaginación.



jueves, 12 de abril de 2012

La chica de las medias tintas


Por el color de sus medias podía adivinarse en cuestión de segundos su estado de ánimo. Los días tristes sus medias eran color gris; los alegres, de un tono encendido: rosa chicle o amarillo canario. El único problema era que Inés, la alocada incombustible y siempreviva Inés, también tenía derecho a ponerse pantalones.
¿Qué sucedía entonces? Pues que esos días, esos funestos y caóticos días, la gente que la rodeaba se veía inmersa en un estado apoteósico de confusión y malestar creciente. Y es que cuando Inés sacaba a pasear sus piernas enfundadas en lycra o nylon, fuera este tejido del color que fuera, ponía en marcha un misterioso mecanismo con el cual era capaz de ajustar los engranajes ocultos de las cosas, y armonizar así el universo entero.
Ella no necesitaba chasquear los dedos; le bastaba con ponerse unas medias.
Por ejemplo, si cruzaba la clase con largas zancadas y el color de sus piernas era azul oscuro, amenazaba tormenta, pero no sólo dentro de la misma clase, sino en un radio de varios kilómetros a la redonda. Si por el contrario sus rodillas brincaban bajo un estampado de rayas multicolores harto inverosímil, lo mejor que se podía hacer era contar una retahíla de chistes para despertar sus risas, o invitarla a cervezas.
Con las medias de rejilla había que tener cuidado: todo podía suceder. Precisamente, el día que se terminó el mundo, Inés iba de camino a una fiesta, y llevaba puestas unas medias de encaje. Todo habría sido perfecto de no ser por aquel hilo que sobresalía y que no tardó en ceder a un roce, y provocar lo que provocó: un agujero enorme que se expandió hasta crecer y crecer, consiguiendo que el mundo se desinflase como un globo.