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sábado, 20 de octubre de 2012

Desgarros y/o truenos


 A la Gema de hace tres meses,
que todavía tenía la habilidad de soñar 
Triste es tal vez el adjetivo que define
      mi boca solitaria desde lejos
He amanecido  -sí-
  no queda otra:
soportar la humedad porteña
  en los cristales grises
    recordar las pesadillas con miedo
a seguir atrapada en su espesura recién cortada
  despertar y que me falten dos manos
    una nariz mil pestañas veinte
dedos durmiendo en la cintura
   y una caricia breve

en la nuca

   la paz de unos ojos
            ah
  los míos en los tuyos
     y el frío afuera:
   húmedo y triste y solitario
                                             y
(ya me estoy repitiendo
 como siempre)

Qué tonto es pensarte allá en tu cama
    preguntarme qué has soñado y cómo
              en qué desorden
       si has sido feliz   si lo recuerdas acaso
           si llamea la llama y tu Alma
                 vuela y te devuelve
las ganas de quedarte
 o las ganas de volver aquí y arrancarme
               una pesadilla del pecho
que no deja de sonreír desde mis uñas
          y me acusa con rojo
                                  sin compasión
                    
 perversa

me voy a saber cuando estés maullando
      en mi vientre
    garras contra garras
y todas las libélulas acudan
   a verme rehacer el amor con mucho cuidado
        como el beso de dos niños
que huyeran de la infancia 
      con temblores


sábado, 21 de abril de 2012

La soledad o el sudor

Como los pulgones verdes se aferran a la rosa rosa
así me aferro yo a tus ojos, y en ellos permanezco
aunque abras y cierres mucho las pupilas.
Desde que estás sin estar yo no sé ser y parezco
verbo copulativo sin atributo alcanzable,
ridícula parte que no encontrase su sitio del todo,
violín sin cuerdas maullando en la noche de agua.
Mi rostro no llueve, no graniza, no nieva
pero tiene un tinte oscuro como una nube grande
y se refleja en el charco con tal insistencia
que me dan ganas de pulsar en el lugar consabido
y dejarme abrazar por la autodestrucción...
(...)
En la sima espectral de mis palpitantes abismos
desembocan de la mano placer y dolor,
y acudo a la risa, y mi carcajada es plena,
el gemido desgarra y el jadeo asfixia
y todo lo que rozan mis dedos
no huele a sexo sino a soledad.

domingo, 27 de marzo de 2011

Suelas que no dejan huella: libros y soledad



Hoy está la mañana muy ventosa. Fíjate si está ventosa que se pega a los cristales de las ventanas con cierta desgana decimonónica, fantasmal. Sí, definitivamente me he hundido al ver las nubes encapotando el cielo primaveral, y he decidido no volver al Retiro a retirarme del todo. He decidido no madrugar; pese al frío y la humedad, me he quedado en la cama mirando el techo, repasando una tras otra las diminutas manchas en su blanco inmaculado: dieciocho años viéndolas sin saberlas encontrar, como si cada noche se revolvieran traviesas en su mundo particular. Si cierro los ojos, te veo sacándome descaradamente la lengua, apoyado en una esquina de mi cama, con los brazos cruzados y las pupilas muy negras detrás de las gafas.

Pero al abrirlos, y descubrir que mi torpe vista me ha vuelto a engañar: cómo me fastidia ser miope, -lo que no veo me lo tengo que inventar-.

Y otra vez me encuentro en las mismas, sin ningún plan mejor que sentarme a escribir, de corridilla, sandeces incomprensibles que a nadie puedan importar. Llevo ya toda la mañana garabateando bosquejos invisibles en una libreta, simplemente por el hecho de que no puedo parar. No estaría nada mal guardar todo este flujo de palabras desordenadas en una caja de zapatos, -o en cualquier otro lugar-, para destaparla cuando me siente a escribir y no que quede imaginación que derrochar. Incluso, tal vez, sería un buen momento para comenzar esa primera novela, el gran reto que tanto tiempo llevo queriendo emprender y me da miedo siquiera intentar.

Tanto leer a mi adorado Marsé me está empezado a trastornar: leo Caligrafía de los sueños y me hace sonreír, imaginando al Matarratas matando a ratos el tedio y la soledad, recreando a Ringo y sus aventis, al grupo de niños del Carmelo y del Guinardó con sus interminables historias precoces llenas de ingenio y ferocidad, y me siento a jugar con ellos, a recrear su macabra existencia, su vida mísera entre escombros y sueños, todo entremezclado, en perfecta hermandad.

Voy a curarme leyendo; voy a tumbarme en el sofá, -que ya duelen la espalda y el cuello de tanto teclear-, y hasta mañana si Dios quiere. -Que no sé yo si querrá...