¿París es una fiesta?
Eso fue al menos lo que pensó Hemingway, ya que allí fue "inmensamente pobre y feliz" durante su juventud, al contrario que Enrique Vila-Matas, que desmitifica la ciudad a golpe de ironía en su novela "París no se acaba nunca".
Ahora me toca mojarme a mí.
Para empezar diré que París no es sólo una fiesta; París es un verdadero banquete para los sentidos.
Aquí estoy, sentada en la linda terraza de una crèperie, henchida de queso y de vida, tratando de cazar con los ojos una mínima parte de la belle lumière que irradia esta ciudad imprevisible. Luz, luz, luz a raudales. París ciega desde el primer hasta el último parpadeo. París te deslumbra de una manera tan salvaje que incomoda; incomoda porque es mucho mejor en la realidad que en los sueños, incomoda porque no ya no se puede vivir sin volver de vez en cuando a atravesar sus puentes, para verla y comprobar que todo sigue tan perfecto como siempre en la orilla opuesta.
Lo que no puedo soportar son las oleadas de turistas que bañan cada recoveco con sus malditos flashes. Pero al cabo del rato, mi odio se transforma en pena. El Louvre está atestado de gente: gente que se arrastra como fantasmas por sus pasillos interminables y laberínticos, que toma fotos con sus Ipads, tablets, etc. como poseídos por una extraña fiebre. La fiebre del "yo estuve en París", y por lo tanto, visité los lugares célebres y me hice una foto intentando hacer ver que tengo la torre Eiffel entre las manos, cuando todo el mundo sabe que el gran icono de hierro mide una barbaridad. Y que subir por las escaleras es un infierno, y bajarlas, peor aún. Lo digo por experiencia.
Pero qué más da. Estoy en París por fin, una ciudad que he amado a voces toda mi vida. Con gruesos lagrimones he saludado por primera vez Nôtre-Dame, y la ilusión todavía sigue pegada a la suela de mis deportivas. Ya no sé si la embriaguez que enrojece mis mejillas ha sido la consecuencia directa de las dos copitas de vin rouge que he saboreado. Esta embriaguez no cesa. Me remueve las entrañas y hace que escapen cadenas de suspiros de mis labios.
Paseo a orillas del Sena. Les bouquinistes son unos magos que se sacan libros de la chistera, libros maravillosos, que me miran con ojos antiguos desde dentro de unas cajas metálicas de color verde-verja- de-colegio. Más cerca de la orilla, un olor penetrante, un olor muy español, el de la crema solar en las playas más concurridas, que no deja de sorprenderme. Jamás habría imaginado a los exquisitos franceses tirados en hamacas o sobre una toalla, embadurnados de protectores solares desde la punta de los pies hasta el último pelo, disfrutando de un soleado día de julio casi agosto. Sus cuerpos no son tan blancos como esperaba. Eso sí, su elegancia sigue intacta, pese al calor, y los niños corretean de aquí para allá de una forma mucho más.... ¿cómo decirlo? ¿civilizada?
Me fascina la organización pulcra de los franceses, sus modales atentos, sus manos extendidas hacia el otro. Es como si aquí no existieran las groserías, como si la educación calase más hondo, en vez de arañar la superficie.
Champs de Mars, al anochecer: reunión de jóvenes que toman birra y ¿champagne?, sin que el alboroto perturbe el inmenso espectáculo que es estar bajo las patas gigantescas de hierro trenzado y destrenzado que es la Torre Eiffel.
La iluminación golpea en los ojos y deja herida. Frases y sentimientos que flotan en el aire. Parejas que se dan un beso exageradamente largo, que parece que va a durar hasta la mañana siguiente. Parejas que discuten porque ella quiere subir en ascensor y él prefiere hacer el mismo camino por las escaleras, a pata, como se ha hecho toda la vida, para ahorrarse un dinerillo. Los vendedores de recuerdos, que hacen lo imposible por meterte en el bolso una reproducción cutre de la torre, ofertas por doquier, que engañan a alguno. Dos chicos ingleses tocando la guitarra y entonando canciones de los Beatles, guiñándole el ojo a las americanas, a las españolas, a las suecas. Entre tanta tanta gente, siempre encuentras voces de españoles. No sé por qué, pero gritamos mucho.
Desde arriba todo son luces, deseos en miniatura, proyecciones de lo que somos y de lo que aspiramos a ser. Ganas de abarcar con la vista más que los otros. Más tarde, postales. Fotos. Estampas. Carteles. Manteles de cocina. En resumen: necesidad voraz de querer apresarlo todo, llevárselo a casa, mirarlo todos los días o todas las noches, soñar que estás en París y que eres Paris. Porque como todo bicho viviente, no eres inmune a la belleza; y París es la obra más hermosa que jamás ningún artista haya pintado.
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martes, 20 de agosto de 2013
miércoles, 20 de febrero de 2013
Quinto boceto: mujer de carne y verso
A veces cuando me habla y mi cabeza se encuentra
debajo de la suya sobre la almohada, y veo su mandíbula,
el hoyuelo, veo en su cuello a la mujer, la veo
profunda, y comprendo que es una de las mujeres
más mujer que he visto en mi vida, una negra de eternidad,
incomprensiblemente hermosa y para siempre triste,
profunda, calmada.
(J. Kerouac)
A Eme
Dices que
Eres
Que estás
Aquí mismo
Puedo
tocarte
Pueden tocarte
otros
sí
No eres un sueño
No
eres mi sueño
Sino
el de muchos
Trataron de pintarte
Y fracasaron
pero
Yo
siempre supe
Que
escaparías del papel
Risa detenida en cada rincón
Vestidos desordenados
Danzarina lengua de luces
y
En lo hondo
Mujer para ser y estar
En
los ojos ajenos
o enamorarnos
de ti por tu todo
Y odiarte luego
Por no ser de nadie
Entera y eternamente
Eme
mujer de carne y verso
mujer de beso y sangre
sábado, 8 de diciembre de 2012
Imaginario de imágenes reinventadas
Escritas durante un viaje al norte de la Argentina,
noviembre- diciembre de 2012
I
Una mujer-casi-niña, tostada, de ojos inmensos y bamboleantes caderas sube las escaleras del bondi, me mira, se aparta el sombrero de ala ancha del pelo, toma asiento a mi lado, me mira de nuevo.
En sus brazos se retuerce una chiquita de mofletes llenos, de un tono dulce de leche. Sus graciosas coletas a ambos lados de la cabeza se agitan con el traquetreo; sus diminutos pies no dejan de darme pataditas en el muslo derecho, ensuciándome el pantalón.
Y qué. Qué pasaría si esas niñas fueran yo en este momento: de camino a Humahuaca para tomar otro colectivo hacia Salta, y de ahí un avión a Buenos Ayres, y luego otro colectivo a Mercedes, San Luis, y más tarde... más tarde quizá otro, y otro, y muy posiblemente uno más.
Qué pasaría:
Si mi vida es algo, tal vez sea una sucesión de un ir y venir interminable, "hacia no hay dónde", diría Pizarnik, sin patria que abandonar, sin patria a la que volver. Por qué ellas nacieron en una casa entre las montañas, a más dosmilmetros de altura, color dulce de leche o manteca. Por qué su herencia, por qué las horas de espera bajo el sol con un sombrero. Por qué vos y no tú o usted.
De ala ancha, el sombrero, además.
La piel impoluta y brillante bajo el sol. La niña mamando la leche de su madre, mujer-niña que hace no mucho también hizo ese mismo viaje y fue a la escuela en Iruya, donde un día volveré para nacer o morir, quién sabe.
Y qué pasaría si de tanto sostener la mirada de esa niña, mis dientes se vuelven falsos y me encuentro absorbiendo la vida a través de un pezón.
Imaginad siquiera que el mundo empezase en un pezón: pequeño y glorioso, sabroso.
Suave.
(Entre Iruya y Humahuaca, no sé dónde)
jueves, 26 de julio de 2012
Tercer boceto: forma y tonalidades
Intuyo tu pelo dormido sobre
la almohada
cayendo en picado hacia
labios
-sonrisa perenne-
calor y color en suaves
pinceladas
No sé si sos vos o es la
estrella que protege
todos los crímenes que tu
cabeza trama
Pero mi mano tiembla si tu
mano enmudece
y estamos acá juntas en el
fin de mundo
tocando este cielo que huele
a frío y a mar y a vida
Que lo miro al alba y balbucean
mis ojos
de puro lindo que es de puro
terrible de puro extraño
Eres tan morada Eme
Moradas tus calzas, tu
pollera
morada en el alma
Que si desapareces me
arrojaré por ese hueco de la escalera
-lugar propicio para morir o
matar, quién sabe…
Duermes como si no hubiera
un mañana y duermen
mis dedos sobre estas letras
sucias
que te leeré más tarde cuando
despiertes
-si es que despiertas,
pequeña indestructible-
Al otro de la cortina rota
nos espera
un abismo rugiente de libertad
y sueños infinitos
hechos de pasta dura hechos
de luz vivísima
Dormí un poquito nomás
sábado, 19 de mayo de 2012
Granizo
A cada grano de arena
su sombra al alba;
a cada vida
su nombre propio y su propio ajeno;
lo imposible de sí misma:
lo que los otros le han creado.
(Hugo Mujica)
Caen del cielo;
desde el cielo aquel
a nuestras pisadas de barro,
que como balas de cañones
ametrallan los adoquines y estallan
entre tú y tú
entre tú y el paraguas y los espejos
porque yo era charco para entonces
-no pude evitarlo, lo siento-.
El granizo fue bautizando la calle
apresuradamente
y una niña de colores saltaba los afluentes
de un río infatigable y denso
como mis ojos -tal vez-
cuando estoy frente a un poeta
y ese poeta, ese
me sabe gritando y me sabe leyendo
a Mujica al bajar la calle Alcalá
sin tropezar con ningún pie -propio o ajeno-
caminar al borde del bordillo
ignorar el tráfico el letargo imposible
de los coches
cuando atardece en Madrid
cuando mi ciudad
empieza a entrecerrar los ojos poco a poco
y me gusta, me enternece
detenerme a rozarla de perfil
acariciarle el pelo azul
de nubes rizadas y pestañas blancas
porque ella es bonita a su manera
-pero solo a veces-
después de que haya pasado la tormenta.
Poesía es tener un monólogo
con otra boca y otro perfume diferentes.
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