lunes, 10 de octubre de 2011

Carpe diem







Caminas. Ni muy deprisa ni muy despacio; simplemente caminas. En la quietud de la noche se escucha nítido el repiqueteo de tus pasos desiguales sobre el asfalto gris, sucio, mal adoquinado y siempre traicionero.

Tus pisadas son firmes y no se detienen nunca. Estás cansado, tienes frío y mucho sueño, bastante hambre y, lo que es más importante, demasiado tiempo que malgastar. Sabes que hagas lo que hagas llegará el día señalado, en el que te convertirás en tu propia sombra, -esa que adivinas a tu derecha al pasar por delante de una solitaria farola del parque-, y nada será como antes de saberte vivo, loco y mortal.

El soniquete de tus zapatos te resulta plácido y deliciosamente convencional. Cuando oyes ese ritmo tan distinto del silencio consigues acompasar los latidos de tu corazón, que ya no solo bombea sangre, sino ríos de pasión, desigualmente distribuidos por tu cuerpo.

Las voces han dejado de sugerirte maldades, y vuelcas todo el peso de tu mirada en el brillo de la luna, que está resplandeciente esta noche con sus velos transparentes de seda. La miras con cierta envidia y te apresuras a palpar la piel que te envuelve, tu cáscara fortuita. No te gusta, pero estás tan acostumbrado a vivir bajo su protección que has terminado conformándote con lo que la naturaleza te ha dado.

Una media sonrisa maliciosa salpica tus labios secos al recordar unos ojos selváticos reinventados en la memoria, que te persiguen en las más sabrosas pesadillas. Hundirse en ellos es perderse en el Amazonas, sin brújula y sin mapas, exponiéndote a sucumbir bajo las garras de las bestias salvajes.

Sigues caminando como si los relojes se hubiesen detenido de súbito y la noche fuese a durar para siempre. Metes las manos frías en los bolsillos del abrigo y descubres que te has gastado todas las monedas y ya no te queda nada que lanzar en el pozo de los deseos. Así pues, decides separarte de un viejo guante soltero desde hace varios inviernos, y al soltarlo en el agua, sientes como te quitas un verdadero peso de encima.

Él se aleja, con su olor a cuero y a pasado turbulento, y tú no te molestas siquiera en decirle un fingido adiós con la mano. No merece la pena. Mañana mismo irás a una tienda cualquiera y comprarás unos guantes cualquiera; pero eso sí, uno para cada mano.

Tal vez el marinero solitario haga una larga travesía para encontrar a su pareja. O tal vez nunca lo haga y, seáis simplemente, almas gemelas.

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