Enciendes mi lamparita de noche y apago
los ojos para no mirar más de frente al día
que ya va perdiendo su olor entre mis dientes
que repaso con la lengua mientras me llega
el sabor a chocolate del último capricho.
Caprichoso el azar, y los mortales, y sus des-
iguales vidas que pueden ser más o menos locas
o fantasiosas o aburridas siempre que sean cons-
cientes de que el segundero no se detiene nunca
en su absurdo trayecto esférico medido.
Me da pavor el sonido, las agujas taladran mis
orificios nasales y te juro que si pudiera
me convertiría en número para cambiar de sitio
y confundir sus férreos esquemas mentales.
La almohada oscilante se me rebela por dentro
y siento como se agita, echa a volar y ya mis ojos
solo distinguen plumas cayendo del tejado,
goteando sueños de infancia, y pesadillas de niña
miedosa, de esa niña sola enfrentándose a sus
monstruos interiores pero cara a cara.
"No mires debajo de la cama -me repito de nuevo-
no te muevas, no dejes un espacio de cielo
entre la cueva que forman edredón y sábanas.
No les tientes, no te quites el pijama aunque
estés asfixiándote, y sobre todo no apagues
la luz no apagues la luz no apagues
los ojos, niña, no cierres
los pensamientos,
que la imaginación es la única hada madrina
que puede convertir las carrozas en
calabazas y los príncipes
en paquidermos.
lunes, 16 de abril de 2012
viernes, 13 de abril de 2012
Balbuceos bárbaros
Vientres vibran bravos bramidos
bruñidos en brocados de bruma visceral
balbucientes venenos babean viscosos
la vida veleidosa robusta o banal.
Bebidos los besos de las bocas vacuas
volvemos a vagar balcones oblicuos
viendo volar versos de vulvas avaras
bañadas en brisa de verdoso abanico.
Bárbaros lascivos bailando mis labios
bebés abandonados en barcos vikingos.
bruñidos en brocados de bruma visceral
balbucientes venenos babean viscosos
la vida veleidosa robusta o banal.
Bebidos los besos de las bocas vacuas
volvemos a vagar balcones oblicuos
viendo volar versos de vulvas avaras
bañadas en brisa de verdoso abanico.
Bárbaros lascivos bailando mis labios
bebés abandonados en barcos vikingos.
jueves, 12 de abril de 2012
La chica de las medias tintas
Por
el color de sus medias podía adivinarse en cuestión de segundos su estado de
ánimo. Los días tristes sus medias eran color gris; los alegres, de un tono
encendido: rosa chicle o amarillo canario. El único problema era que Inés, la
alocada incombustible y siempreviva Inés, también tenía derecho a ponerse
pantalones.
¿Qué
sucedía entonces? Pues que esos días, esos funestos y caóticos días, la gente
que la rodeaba se veía inmersa en un estado apoteósico de confusión y malestar
creciente. Y es que cuando Inés sacaba a pasear sus piernas enfundadas en lycra
o nylon, fuera este tejido del color que fuera, ponía en marcha un misterioso
mecanismo con el cual era capaz de ajustar los engranajes ocultos de las cosas,
y armonizar así el universo entero.
Ella
no necesitaba chasquear los dedos; le bastaba con ponerse unas medias.
Por
ejemplo, si cruzaba la clase con largas zancadas y el color de sus piernas era
azul oscuro, amenazaba tormenta, pero no sólo dentro de la misma clase, sino en
un radio de varios kilómetros a la redonda. Si por el contrario sus rodillas
brincaban bajo un estampado de rayas multicolores harto inverosímil, lo mejor
que se podía hacer era contar una retahíla de chistes para despertar sus risas,
o invitarla a cervezas.
Con
las medias de rejilla había que tener cuidado: todo podía suceder.
Precisamente, el día que se terminó el mundo, Inés iba de camino a una fiesta,
y llevaba puestas unas medias de encaje. Todo habría sido perfecto de no ser
por aquel hilo que sobresalía y que no tardó en ceder a un roce, y provocar lo
que provocó: un agujero enorme que se expandió hasta crecer y crecer,
consiguiendo que el mundo se desinflase como un globo.
miércoles, 11 de abril de 2012
Primer boceto: la invención
Apareces y aparecen tus pestañasA Eme
curvadas en un signo misterioso
-híbrido entre exclamación e interrogante-,
que disipa las dudas de mi lengua
y anticipa pensamientos perspicaces.
Apareces por la puerta o la ventana
como libélula onírica que sobrevolase
las flores viles, y al tiempo fuese creando
un paisaje luminoso donde
la luz no tuviese cabida
y el sol pareciese el garabato de un niño
en la pizarra gris de todas las escuelas
Apareces -creo- y desapareces
dejándonos tus brazos amarrados al cuerpo
y los besos pegados entre los dedos
del pie descalzo con que te vas
y si al fin te marchas, te persigue un sendero
trazado por la huella visible de las incógnitas
que dejas sin responder.
Tristes, buscarán consuelo en mis bolsillos.
Yo las iré dejando caer sobre el asfalto, y tristes
volverán a tus pestañas, como quien vuelve a su hogar
muchos inviernos después de haber envejecido.
lunes, 9 de abril de 2012
Radiografía de los sueños
La sed vital es fluctuante
como fluctuantes son nuestros deseos
envueltos en pañales gigantescos
que no pueden contener todo lo inmundo
que es nuestra carne y sus desechos
-fósiles imperturbables del futuro
bajo la tierra y bajo los animales-.
Ansiamos lo que no poseemos,
mas ¿qué es poseer sino abarcar la nada
con bocas y labios entreabiertos?
No es tan surrealista el paradigma
repetido sin cesar en nuestros sueños
no es tan disparatada la manada
de ciervos que atraviesan el poema
con ritmos bailando entre sus cuernos.
Los cuerpos machacados por los años
los cuerpos putrefactos, los residuales cuerpos...
dime, ¿dónde los olvidamos, dónde perdurarán
si somos tantos cadáveres maquillados
haciendo cola en la taquilla del metro?
Estupideces como ésta, acuden cada noche
a entorpecer mis versos,
y entonces sólo me quedan dos opciones:
o bien compartirlos conmigo o
bien apretar el gatillo y apretarme
sábado, 7 de abril de 2012
La torre de marfil
(Somnolencia ocasional y ojos entrecerrados. Se escucha de fondo un ronroneo intermitente de flamenco, y con cada nueva palmada, unos sorbos lentos del té caliente, aún en los vasos.)
Dos de ellos juegan al oficio de ver pasar la vida mientras mueven obstinados las piezas de un viejo ajedrez, todo hecho de cristal. Una tercera les observa, con ojos felinos, desde un exquisito diván de cuero rojo, -que bien podría ser la colchoneta de una hamaca, mirada desde otra perspectiva-. Sus labios adquieren la redondez perfecta para aspirar una calada de tabaco, a todas luces invisible; y sus manos, olvidadas en el regazo, juegan con las sedas azules de su vestido vaporoso, donde no tiene cabida la imaginación. Sus piernas no están enfundadas en unas medias negras tupidas, y su ropa interior no es del H&M; no podría serlo, pues en ese rincón preciosista cada ínfimo detalle tiene valor.
La dama de cortos cabellos rojizos inclina hacia atrás su rostro pétreo y desmayado, en un gracioso mohín silencioso, conteniendo la carcajada. Ya imagina pícaramente a sus dos amantes vestidos de cualquier manera, con gruesos jerseys de lana, y sus manos enfrascadas en la torre, el cabello, el alfil y el pezón, en la misma reina, que no es otra sino ella.. Mientras sus pensamientos se deslizan sin prisa, los jugadores siguen inmersos en el juego, completamente ajenos a estas perversidades.
Son expertos, hiperbólicos rivales que piensan cada jugada durante mucho tiempo, por miedo a cometer un solo error. De vez en cuando, el de la izquierda atrapa su bombín, y lo hace girar sobre el dedo índice en un gesto de crispación; su compañero le lleva una ligerísima ventaja. El de la derecha, a su vez, sabe con tal certeza que va a ganar que entretiene su tiempo recitando algún que otro verso rubendariano, y mientras se atusa con cuidado bigote, roza con los ojos de vez en cuando a la joven de sedas, que yace aburrida en sin igual postura decadente.
(La melodía de fondo es sustituida por el gemido melancólico de un laúd. Las notas rasgan la templada noche, y un bostezo pedante procedente del distinguido caballero del bombín provoca el desenlace súbito del juego. Jaque mate.)
El ganador, sin poder disimular su regocijo y sin decir una sola palabra, se levanta de un saltito y cruza la sala para alcanzar su más preciado tesoro: el violín. Cualquier otro instrumento, ya fuese guitarra o armónica, habría desentonado en aquella sala espléndida. Dejándose llevar por su feroz instinto, improvisa al principio, y poco a poco va brotando un murmullo agradable que se apodera de sus conciencias y pensamientos. El laúd ha dejado de sonar, y hasta los tapices de colores -con dibujos geométricos, similares a los de ciertas alfombras árabes- que adornan las paredes, parecen estremecerse de gozo.
Los rencores han quedado olvidados y, la dama, que ahora se halla en el centro de la sala, les sirve el té y sonríe, como ausente... Aquella atmósfera decadente le ha abierto el apetito. ¿Servirían manjares exóticos durante la cena?
Y es que, de repente, sin saber por qué ni cómo, le habían entrado unas ganas vergonzosas de comerse un bocadillo de jamón.
lunes, 2 de abril de 2012
Balada de las noches nómadas

Jirones de silencio derramando
su aullido imperceptible en estas calles,
traficantes de naranjas atraviesan
la negra noche en nomadismo errante.
Pasos alados sin prisa
almas café y chocolate
extraterrestres azules
locuras versificables.
Y el bullicio de una Plaza Mayor
mente plagada de rufianes
que bajo la luna lunera
apuran el calor del mate.
No son vagabundos del todo
los de alma maleante,
tan sólo escritores bárbaros,
pero eso sí -desquiciantes-.
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