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jueves, 14 de febrero de 2013
Trío
Y la noche nos sorprendió haciendo lo que mejor se nos daba: yo con mi impaciencia habitual, vos con tu sigilo. La voz ronca, a ratos encrespada. Las pestañas con los pelos de punta, entre tanta tanta belleza. El blanco, el blanco, siempre el blanco: mensaje cifrado en cada pliegue. Dependiendo de la noche, tambores o tango de fondo. Yo, violín agudo en lo oscuro. Y las velas iluminando eso que está por aullar y que permanece, mientras tanto, en el aire.
Serenidad de juguete. Temblores entrelíneas y caos ácido. La postura, que no lo es todo, pero casi; y el cómo parar si se ha llegado a un punto y seguido. Sin comas ni nada, qué alboroto.
De repente el apetito y el másmásmás, esta noche no quiero otra cosa, por favor. No me detengas pase lo que pase. Nunca había estado tan desnuda y tan presente. Otros nos miran, con ojos encuadernados llenos de celos. Ah, qué embriaguez ésta de llenar el silencio con algo tan rotundo. Unas palabras. Muchas, muchísimas palabras. Y en la cama tres, esa es la regla básica, la única.
Vos, yo y él, siempre Él.
La noche nos sorprendió haciendo lo que mejor se nos daba: leyendo un libro.
domingo, 15 de julio de 2012
Síndrome de ausencia
La noche está quieta como si los árboles
se hubiesen detenido
Acaba de parar un taxi en el portal
Me escuecen los ojos de las manos
Me lloran las yemas de los pies
Tengo náuseas
Hace frío como para taparse y no
Porque luego el sudor detrás de la nuca
descendiendo la espalda
y calor
Tem
blo
res
Solo un mensaje
Palabras como espaldas
Espadas como ovarios
A las cinco de la madrugada
Me duele el pecho como si una bala
perforase mis órganos inevitables
Algo sangra en esta cama
Algo acaba de estornudar
-Jesús-
y no soy yo
se hubiesen detenido
Acaba de parar un taxi en el portal
Me escuecen los ojos de las manos
Me lloran las yemas de los pies
Tengo náuseas
Hace frío como para taparse y no
Porque luego el sudor detrás de la nuca
descendiendo la espalda
y calor
Tem
blo
res
Solo un mensaje
Palabras como espaldas
Espadas como ovarios
A las cinco de la madrugada
Me duele el pecho como si una bala
perforase mis órganos inevitables
Algo sangra en esta cama
Algo acaba de estornudar
-Jesús-
y no soy yo
lunes, 2 de abril de 2012
Balada de las noches nómadas

Jirones de silencio derramando
su aullido imperceptible en estas calles,
traficantes de naranjas atraviesan
la negra noche en nomadismo errante.
Pasos alados sin prisa
almas café y chocolate
extraterrestres azules
locuras versificables.
Y el bullicio de una Plaza Mayor
mente plagada de rufianes
que bajo la luna lunera
apuran el calor del mate.
No son vagabundos del todo
los de alma maleante,
tan sólo escritores bárbaros,
pero eso sí -desquiciantes-.
viernes, 10 de febrero de 2012
Mascarada
Enhorabuena, amigo.
Ya has subido de golpe todas las escaleras mecánicas por la izquierda y sin que te faltase el aliento, transpasado el umbral dificultoso de los tornos rebeldes del metro y empujado la pesadísima puerta que conduce al mundo exterior. Repito, enhorabuena.
Toma una gran bocanada de aire porque dentro de poco vas a necesitar de toda tu capacidad pulmonar. Respira hondo; eso es.
Resguárdate del frío y cubre tu boca a duras penas con el abrigo. Atraviesa las calles desiertas de tu barrio un viernes por la noche, ni demasiado pronto como para que quede gente en los restaurantes, ni demasiado tarde como para escuchar a los pájaros que cantan.
Adelante, puedes cruzar con el semáforo en rojo porque no le importa a nadie por dónde cruces ni cuántas copas lleves discurriendo por la sangre. Adelante, puedes hacer lo que quieras, porque probablemente tu destino no sea que te atropelle un coche. O sí. Pero tal vez no, y mientras persista la duda y dure la incertidumbre, habrá que pensar lo contrario. Que seguramente tu destino sea el de no tener destino.
Llegas al portal de casa y descubres que se te han olvidado las llaves. Llamas al portero automático y nadie contesta, nadie abre. Te sientas en las escaleras y decides esperar hasta que llegue un vecino, o hasta que amanezca, o hasta que caigan del cielo unas llaves.
Eres un tipo invencible, eres un tipo envidiable, eres un tipo que está solo y que morirá solo y congelado en su propia desnudez. No eres más miserable que el resto, pero alardeas de tu miseria como si de tu herencia se tratase. Haces versos sin ritmo que luego pisoteas en el asfalto, y te bebes el culo de una botella cualquiera, y lloras como hacen los niños cuando no quieren que los vean sus padres: a escondidas.
Te quitas los zapatos y descubres que llevas un calcetín de cada color; miras al cielo y ves la luna no llena, sino llenísima, luna plena. Cierras los ojos y te abandonas. Infinitud del cuerpo y del alma.
A la mañana siguiente, tu vecina se llevará un bien susto al verte tirado ahí, en el suelo, como un muñeco de trapo con una sonrisa grande y burlesca.
Enhorabuena.
Ya has subido de golpe todas las escaleras mecánicas por la izquierda y sin que te faltase el aliento, transpasado el umbral dificultoso de los tornos rebeldes del metro y empujado la pesadísima puerta que conduce al mundo exterior. Repito, enhorabuena.
Toma una gran bocanada de aire porque dentro de poco vas a necesitar de toda tu capacidad pulmonar. Respira hondo; eso es.
Resguárdate del frío y cubre tu boca a duras penas con el abrigo. Atraviesa las calles desiertas de tu barrio un viernes por la noche, ni demasiado pronto como para que quede gente en los restaurantes, ni demasiado tarde como para escuchar a los pájaros que cantan.
Adelante, puedes cruzar con el semáforo en rojo porque no le importa a nadie por dónde cruces ni cuántas copas lleves discurriendo por la sangre. Adelante, puedes hacer lo que quieras, porque probablemente tu destino no sea que te atropelle un coche. O sí. Pero tal vez no, y mientras persista la duda y dure la incertidumbre, habrá que pensar lo contrario. Que seguramente tu destino sea el de no tener destino.
Llegas al portal de casa y descubres que se te han olvidado las llaves. Llamas al portero automático y nadie contesta, nadie abre. Te sientas en las escaleras y decides esperar hasta que llegue un vecino, o hasta que amanezca, o hasta que caigan del cielo unas llaves.
Eres un tipo invencible, eres un tipo envidiable, eres un tipo que está solo y que morirá solo y congelado en su propia desnudez. No eres más miserable que el resto, pero alardeas de tu miseria como si de tu herencia se tratase. Haces versos sin ritmo que luego pisoteas en el asfalto, y te bebes el culo de una botella cualquiera, y lloras como hacen los niños cuando no quieren que los vean sus padres: a escondidas.
Te quitas los zapatos y descubres que llevas un calcetín de cada color; miras al cielo y ves la luna no llena, sino llenísima, luna plena. Cierras los ojos y te abandonas. Infinitud del cuerpo y del alma.
A la mañana siguiente, tu vecina se llevará un bien susto al verte tirado ahí, en el suelo, como un muñeco de trapo con una sonrisa grande y burlesca.
Enhorabuena.
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