jueves, 28 de abril de 2011

Cerezo desflorado






Por eso.


Porque tiene tu pelo


el mismo tacto que el césped recién cortado,


porque me recuerda al bosque,


porque me recuerda a nosotros, a nuestro árbol


y al Paraíso, sí,


ese que Adán y Eva se cargaron.


Confiésalo, ¿probaste el fruto prohibido?


Yo, lo admito, le di un buen bocado.


Y ahora...


ahora me atraganto


con la semilla que me has sembrado.


Por eso.


Porque tienen tus ojos


la sabiduría del roble


milenario,


porque hueles a pan crujiente,


a fresas con azúcar, a almendras tostadas,


a chocolate amargo.


Por eso y por tantas otras cosas


he pecado.

sábado, 23 de abril de 2011

Besos obesos, todo un exceso.








Si no fuera porque es sábado,
te pediría a tientas un beso obeso,
de esos que asfixian y no matan,
-de los que engordan tanto, sí, de esos-.

Pero no queda otra que esperar
a que vuelvan tus ojos de caramelo,
que, como magnum almendrado,
se derriten en mi lengua
bramando arrepentimiento.

Besos inmorales e inmortales,
trufas de chocolate negro,
me empachan el corazón,
redondean más mi cuerpo,
y ya las dietas no sirven...
al garete se fue mi empeño.

-A grandes males, grandes remedios,-
suele decir mi madre
cuando surge un contratiempo
de difícil solución.

Como hoy es noche de ciegos,
házme el amor con ojos vendados,
que estando desnudos, sin miedo,
podremos abrazarnos despacio,
podrás morder los silencios

y podré sentir placer
sin necesidad de verlo.

A la luz de la luna brilla
la silueta sinuosa de los cuerpos.

domingo, 17 de abril de 2011

Caos viajero



Los preparativos de las vacaciones de Semana Santa siempre traen consigo una agotadora procesión, - nunca mejor dicho-, y ahora con la casa patas arriba ya no sé ni lo que escribo.

No exagero ni un poquito, esto es una auténtica locura, y ni domingo de ramos ni nada, domingo de locos, tal vez.

La jornada empieza como de costumbre, con mi madre persiguiéndonos a todos, plancha en mano, para que no quede arruga posible en prenda alguna. Y ahí está mi padre, que se ha olvidado de lavar sus calcetines, y como tiene mucho que hacer, me lanza una mirada elocuente, -clara invitación para que haga yo misma la colada-. Y cuando me dispongo a tender "la calcetinada" se me acerca corriendo la pequeña de la casa:

-Gemita, ¿has visto mis pantalones blancos?

-Hum, ¿tienes pantalones blancos?

-Que sí, tonta, los cortitos esos tan monos. ¿Dónde estarán?

-Y a mí que me cuentas! Pregúntaselo a mamá!!!


Y con los malhumores, me entran los calores. Me lanzo a la ducha, y una vez allí, me dispongo a enjabonarme y... no hay champú, no hay gel, no hay nada de nada. Así que me envuelvo a medias en la toalla, y grito por la escalera:

-Mamáa!! se puede saber quién ha atracado la bañera?

Y la respuesta esperada, que no se demora:

-Está ya todo metido en la maleta, hija mía.


Echando chispas por los ojos, me dispongo a la ardua tarea de escoger la ropa adecuada, pero el tiempo está como loco: un día diluvia y al siguiente te achicharras. Por tanto, la decisión está tomada, mi maleta tiene un poco de todo: jerseys y pantalones, bikinis y camisetas, faldas y vestidos, pañuelos y calcetines, sandalias, botas y toalla de la playa.


Y organizado el caos de la ropa, preparo un buen puñado de libretas y bolígrafos, por si acaso la inspiración se quiere venir de viaje. Tampoco puedo marcharme sin un par de libros, escogidos con tino y mucho ojo, una dosis de poesía modernista y una buena novela de Marsé.

Seguro que se me olvida algo.... Recapitulemos: ropa muy variada, libros, cuadernos, apuntes, aparatos electrónicos (y sus respectivos cargadores), lentillas y gafas...

Pues bien, todo listo. Por fin respiro.

Ahora solo queda rezar para que mañana papá juegue un poco al tetris en el maletero, y todos contentos. Posiblemente sea mi única hazaña religiosa durante esta Semana Santa...




sábado, 16 de abril de 2011

A tres centímetros



Los jueves no existen desde que te has ido.


Se han marchitado las flores

de mi vestido,

-aquel vestido transparente

de suave lino,

que acariciaron tus dedos

con sumo sigilo-.

Paladeo tus ojos avellana

en mi delirio,

siento tu aliento en la nuca,

aire tibio,

tus labios están muy cerca

y es un martirio

exhalar tu fuerza de vida

a tres centímetros.

Me detengo en tu sonrisa

de vidrio,

y me asombro de que aún

sigamos vivos.

Tanto amor congelado

tan imposible olvido,


y tantas noches soñando que sueñes conmigo.








viernes, 15 de abril de 2011

Diario de una provocación: adiós...





El andén está completamente vacío, y sin embargo, todavía siento tu mirada entristecida a través del cristal, una mirada nostálgica propia de una despedida. Una mirada serena.


-Todo ha terminado. (¿De verdad es el final?). Maldita locura, creo que empiezo a delirar.


Creo haberla besado en los labios en el último instante. Apenas un roce, un beso casto, inocente, balsámico y bondadoso, que era el ensayo de mucho, muchísimo más, pero que se ha quedado en deseo no formulado sin respuesta.


Nos hemos ido del Parnaso. Y no volveremos a pisarlo juntos, ya no. Probablemente, cada uno por su cuenta, nos sentaremos debajo del mismo árbol, cerraremos los ojos, escucharemos saxofones desafinados de fondo, pero no será igual, ni siquiera parecido.


No lloverán pétalos blancos sobre tu vestido, no aflorarán los versos con tanto sentimiento, no permanecerán nuestras cabezas juntas, muy juntas, frente con frente, nariz con nariz, y labios en suspenso, cautivos, lascivos. Difuntos, pero vivos, muy vivos porque solo los separan tres centímetros, y resulta un juego peligroso entreabrirlos, y que se escape un jadeo.


Deseo, puro deseo contenido...


Y aunque te parezca un imbécil, yo también he disfrutado acariciándote la nuca con los dedos, maravillado por la suavidad que se oculta detrás de tus largos cabellos de olor almizclado. Tampoco soy inmune ante el movimiento sinuoso de las curvas que se revuelven bajo el vestido verde, piernas torpes y rodillas traviesas, uñas mal pintadas en tus pies pequeños, manos cálidas sosteniendo un libro. No te lo he confesado nunca, pero cuando recitas, además de escuchar poesía, veo poesía. Miro tu rostro concentrado en la lectura, sigo las muecas graciosas de tus labios, tu frente gacha, tus pupilas saltarinas. Y trato de imaginar lo que dices pero me cuesta recordarlo, por eso a veces te pido que vuelvas a leerlo más despacio, y tu lengua ya bisbisea de nuevo los sonidos más dulces jamás inventados.


Y tocar el piano en tu espalda ha sido irrepetible, o apoyar mi mano indecisa en la curva redondeada de tu cadera (he estado a punto de poner "caldera"), cuando de repente te inclinas hacia mí, con los ojos feroces y muy sabios, reclinando tu adorada cabecita sobre mi pecho agitado. Y entonces te pregunto si seríamos felices juntos, y tu respuesta es sí, porque nos queremos aunque no podamos amarnos.


Tu incomprensible torbellino de pensamientos me recuerda al vuelo de los pájaros, y por eso, cuando me dices que necesitas ser libre, sé que atarte a mí sería una crueldad. Un verdadero asesinato.


Pese a todo, me gusta cuando ríes tontamente, cuando te asustas y armas un verdadero escándalo. Me gusta cuando haces como que estudias y me miras de reojo si no te estoy mirando. Me gusta confesarte que he venido aquí otras veces para recuperar los recuerdos que dejamos olvidados. Y me gustaría hacerte el amor para desmostrarte que te quiero, que mataría por haberte conocido hace seis años (aunque entonces todavía eras una niña, claro).


Pero todo aquello que nos regala la vida, poco a poco, nos lo va quitando.


Olvídame, y yo te prometo que cogeré la maleta y me iré lejos, durante un tiempo limitado, y a mi regreso, seremos dos viejos amigos que nunca se han besado.


Prométeme esa tontería, amor, porque mi corazón solo concibe el llanto. Aunque no te lo creas, soy muy pequeño a tu lado...

jueves, 14 de abril de 2011

Memorias de una diosa


Era una chica como las demás.

No era muy guapa, ni tampoco demasiado inteligente. Estudiaba una carrera, tenía buenos amigos y una adorable familia. Creía ser feliz.


Hasta que de repente, le llegó la primavera. Misteriosa e inexplicablemente, su corazón se deshizo del invierno perpetuo en el que vivía, y comenzaron a despertar sus pétalos, primero tímidamente, coloreando de carmín labios y mejillas; más tarde con cierta precipitación, de forma súbita, abrupta, apocalíptica. Sus ojos cristalinos adquirieron un brillo iridiscente, sus manos querían tocarlo todo, su piel necesitaba absorber los rayos de sol, en una extraña fotosíntesis.


El fuego del amor sacudía sus entrañas, y ella desconocía la fuerza inmensa con que las llamas intentaban devorarla. Era una chispa ondulante que atravesaba su cuerpo, que le hacía sensible a la risa y al llanto, que le transformaba.


Cuando él apareció, no fue consciente de sus miradas. Hasta que empezó a interpretar aquel lenguaje secreto que compartían, sin necesidad de palabras. Se encontraban por casualidad, o eso se empeñaban en creer, para sentirse menos débiles, menos arrastrados el uno en brazos del otro. El destino confabulaba a su favor. Apenas se conocían, pero querían conocerse más, aunque sabían que era disparatado. Estaban deseando cometer una locura y aquella era la excusa perfecta. Se enamoraron.


Y él le rogó un beso, que ella le negó. Luego se arrepintió, y ambos lloraron a solas, pensando en lo hermoso que hubiera sido. Trataron de no verse, y empezaron a buscarse a todas horas. Ella quería estar lejos de él, y él no concebía estar separado de ella. Sus ojos la recreaban, sus manos la rozaban, sus labios la profanaban.


Siguieron viéndose. Y empezaron a trazar su historia juntos componiendo un puzzle con sus propias palabras. Pero no fue suficiente, sus corazones estallaron y emprendieron la huída. Buscaron un lugar donde quererse y se quisieron mucho durante poco tiempo. Se miraban y creían distinguir, más allá de esas pupilas, un mundo paralelo.


Ella se sentía diosa cuando él la desgarraba con sus miradas. Quería aferrar su pelo, saltar precipitadamente sobre él, tirarlo al suelo, rodar mundanamente por la hierba, ser niños con cuerpo adulto, rozarle intencionadamente el cuello con los labios y descender por su pecho, frenar justo a tiempo y emitir un ronroneo. Ser despiadada a la hora de poner las reglas en el juego. Ser diosa con la mente y el cuerpo, con los gemidos y los versos. Ser exigente en el momento de obtener más placer con maliciosos ruegos. Ser valiente y audaz, ser codiciosa, ser egocéntrica, ser un todo, ser su único universo.


Y dormir abrazada a él, exhausta y mortal, para despertar de vez en cuando, besar sus párpados, y admirar a su esclavo, redimido, dormido, ya perdido. Sabía que cuando la volviese a mirar, el hechizo se habría roto. Ya no era una diosa sagrada, ya no era un tesoro prohibido.


Era una chica como las demás, que luchaba día tras día por conquistar el olvido.


miércoles, 13 de abril de 2011

Diario de una provocación: libertad sin tregua





Pequeño diablo azul de las gafas siempre-sucias, sonríe un poquito, así, pícaramente, pero sin pasarte, no vaya a ser que salga despedido el corazón y se quede en paro, laboral y cardíaco.


Ahora túmbate en nuestro lecho de hierba, en este rincón alejado de todo y de todos, mira el cielo y dime qué ves, traduce para mí los guiños de los ángeles y sedúceme intentando pronunciar un verso con dulzura inusitada, con esos labios tuyos de hoy sí quiero besarte pero no me atrevo, por miedo a corromper la imagen idílica de otro tiempo.




Y, fíjate lo que son las cosas, mi memoria me devuelve recuerdos que no existieron, salvo en mis palabras o en las tuyas, y apenas ya concibo que me dieras un beso. Supongo que soñé la suavidad de su tacto leve en un principio, su roce dubitativo entrecortado, sutil, aventurero. Y su huella húmeda, embriagada, perfilada de abandono, edulcorada con caramelos de miel y limón. Y tu caricia lenta en la nuca, tus dedos firmes en mi espalda trazando un sendero pecaminoso y atroz.




Quizás me he inventado esa figura perfecta que es la de nuestros cuerpos entrelazados contra un árbol en medio del silencio. Quizás jamás reúna el valor suficiente para comprobar que fue real, que lo que sentimos, aquel estallido irrefrenable de pasión inmortal, no fue un mero esperpento. No, no creo que lo fuera. Nunca supimos actuar bien, ni mentir bien, ni portarnos mal. Porque todo, absolutamente todo lo que hacemos está bien, porque intentar ser felices no es un pecado, y si lo es, el cielo estará completamente vacío.




Hoy la he visto a ella. Me ha bastado ver una simple foto para admirar su magnificencia. Tal vez porque no es como la imaginaba, y sin embargo, no podía ser de otra manera. Envidio su suerte, me introduzco en su piel y me convierto en la única, en la mujer a la que ya has consagrado tu vida. A la que no abandonarás por mí y me siento más tranquila. Y me gusta, me siento querida, pero al mismo tiempo, encarcelada, y sé a ciencia cierta que por mucho que te hubiera intentado hacer feliz coleccionando fantasía, no habría sido suficiente.




Tú, hubieras amado eternamente a un pájaro sin alas incapaz de remontar el vuelo. Y yo, habría terminado huyendo en busca de la libertad, lejos de todo lo que me ofrecía un futuro perfecto, a tu lado, haciéndome el amor y los deberes.


Quiero una vida caótica entre libros y letras. Adiós al amor y los placeres...