La luna vaciándose de luz entre mis piernas y mis piernas
vaciándose de ti mientras el viento
La noche está llena de presagios y de cuerpos
que no se juntan en una misma frase sino que permanecen
intactos a la espera
de una espera más larga -tal vez-
Y qué me vas a contar tú
si soy culpable de todas las muertes
de todas
si soy tan inocente como el sida lo fue entonces
Tus ojos me dan patadas
Nos han robado el silencio
Ya no nos queda corazón
salvo para irle pidiendo al tiempo que se dé prisa
que solo queremos rasgarnos la ropa a balazos y
no hacer daño a nadie, en serio
Tampoco deseo dormir no deseo adormecerme entre animales
mientras ahí abajo en un coche
una pareja tiembla entre roces de agua y sus gemidos
tienen toda la lógica del mundo
Empieza a desnudarme por arriba: mis pies están hundidos en el suelo
martes, 20 de agosto de 2013
Paris est une fête
¿París es una fiesta?
Eso fue al menos lo que pensó Hemingway, ya que allí fue "inmensamente pobre y feliz" durante su juventud, al contrario que Enrique Vila-Matas, que desmitifica la ciudad a golpe de ironía en su novela "París no se acaba nunca".
Ahora me toca mojarme a mí.
Para empezar diré que París no es sólo una fiesta; París es un verdadero banquete para los sentidos.
Aquí estoy, sentada en la linda terraza de una crèperie, henchida de queso y de vida, tratando de cazar con los ojos una mínima parte de la belle lumière que irradia esta ciudad imprevisible. Luz, luz, luz a raudales. París ciega desde el primer hasta el último parpadeo. París te deslumbra de una manera tan salvaje que incomoda; incomoda porque es mucho mejor en la realidad que en los sueños, incomoda porque no ya no se puede vivir sin volver de vez en cuando a atravesar sus puentes, para verla y comprobar que todo sigue tan perfecto como siempre en la orilla opuesta.
Lo que no puedo soportar son las oleadas de turistas que bañan cada recoveco con sus malditos flashes. Pero al cabo del rato, mi odio se transforma en pena. El Louvre está atestado de gente: gente que se arrastra como fantasmas por sus pasillos interminables y laberínticos, que toma fotos con sus Ipads, tablets, etc. como poseídos por una extraña fiebre. La fiebre del "yo estuve en París", y por lo tanto, visité los lugares célebres y me hice una foto intentando hacer ver que tengo la torre Eiffel entre las manos, cuando todo el mundo sabe que el gran icono de hierro mide una barbaridad. Y que subir por las escaleras es un infierno, y bajarlas, peor aún. Lo digo por experiencia.
Pero qué más da. Estoy en París por fin, una ciudad que he amado a voces toda mi vida. Con gruesos lagrimones he saludado por primera vez Nôtre-Dame, y la ilusión todavía sigue pegada a la suela de mis deportivas. Ya no sé si la embriaguez que enrojece mis mejillas ha sido la consecuencia directa de las dos copitas de vin rouge que he saboreado. Esta embriaguez no cesa. Me remueve las entrañas y hace que escapen cadenas de suspiros de mis labios.
Paseo a orillas del Sena. Les bouquinistes son unos magos que se sacan libros de la chistera, libros maravillosos, que me miran con ojos antiguos desde dentro de unas cajas metálicas de color verde-verja- de-colegio. Más cerca de la orilla, un olor penetrante, un olor muy español, el de la crema solar en las playas más concurridas, que no deja de sorprenderme. Jamás habría imaginado a los exquisitos franceses tirados en hamacas o sobre una toalla, embadurnados de protectores solares desde la punta de los pies hasta el último pelo, disfrutando de un soleado día de julio casi agosto. Sus cuerpos no son tan blancos como esperaba. Eso sí, su elegancia sigue intacta, pese al calor, y los niños corretean de aquí para allá de una forma mucho más.... ¿cómo decirlo? ¿civilizada?
Me fascina la organización pulcra de los franceses, sus modales atentos, sus manos extendidas hacia el otro. Es como si aquí no existieran las groserías, como si la educación calase más hondo, en vez de arañar la superficie.
Champs de Mars, al anochecer: reunión de jóvenes que toman birra y ¿champagne?, sin que el alboroto perturbe el inmenso espectáculo que es estar bajo las patas gigantescas de hierro trenzado y destrenzado que es la Torre Eiffel.
La iluminación golpea en los ojos y deja herida. Frases y sentimientos que flotan en el aire. Parejas que se dan un beso exageradamente largo, que parece que va a durar hasta la mañana siguiente. Parejas que discuten porque ella quiere subir en ascensor y él prefiere hacer el mismo camino por las escaleras, a pata, como se ha hecho toda la vida, para ahorrarse un dinerillo. Los vendedores de recuerdos, que hacen lo imposible por meterte en el bolso una reproducción cutre de la torre, ofertas por doquier, que engañan a alguno. Dos chicos ingleses tocando la guitarra y entonando canciones de los Beatles, guiñándole el ojo a las americanas, a las españolas, a las suecas. Entre tanta tanta gente, siempre encuentras voces de españoles. No sé por qué, pero gritamos mucho.
Desde arriba todo son luces, deseos en miniatura, proyecciones de lo que somos y de lo que aspiramos a ser. Ganas de abarcar con la vista más que los otros. Más tarde, postales. Fotos. Estampas. Carteles. Manteles de cocina. En resumen: necesidad voraz de querer apresarlo todo, llevárselo a casa, mirarlo todos los días o todas las noches, soñar que estás en París y que eres Paris. Porque como todo bicho viviente, no eres inmune a la belleza; y París es la obra más hermosa que jamás ningún artista haya pintado.
Eso fue al menos lo que pensó Hemingway, ya que allí fue "inmensamente pobre y feliz" durante su juventud, al contrario que Enrique Vila-Matas, que desmitifica la ciudad a golpe de ironía en su novela "París no se acaba nunca".
Ahora me toca mojarme a mí.
Para empezar diré que París no es sólo una fiesta; París es un verdadero banquete para los sentidos.
Aquí estoy, sentada en la linda terraza de una crèperie, henchida de queso y de vida, tratando de cazar con los ojos una mínima parte de la belle lumière que irradia esta ciudad imprevisible. Luz, luz, luz a raudales. París ciega desde el primer hasta el último parpadeo. París te deslumbra de una manera tan salvaje que incomoda; incomoda porque es mucho mejor en la realidad que en los sueños, incomoda porque no ya no se puede vivir sin volver de vez en cuando a atravesar sus puentes, para verla y comprobar que todo sigue tan perfecto como siempre en la orilla opuesta.
Lo que no puedo soportar son las oleadas de turistas que bañan cada recoveco con sus malditos flashes. Pero al cabo del rato, mi odio se transforma en pena. El Louvre está atestado de gente: gente que se arrastra como fantasmas por sus pasillos interminables y laberínticos, que toma fotos con sus Ipads, tablets, etc. como poseídos por una extraña fiebre. La fiebre del "yo estuve en París", y por lo tanto, visité los lugares célebres y me hice una foto intentando hacer ver que tengo la torre Eiffel entre las manos, cuando todo el mundo sabe que el gran icono de hierro mide una barbaridad. Y que subir por las escaleras es un infierno, y bajarlas, peor aún. Lo digo por experiencia.
Pero qué más da. Estoy en París por fin, una ciudad que he amado a voces toda mi vida. Con gruesos lagrimones he saludado por primera vez Nôtre-Dame, y la ilusión todavía sigue pegada a la suela de mis deportivas. Ya no sé si la embriaguez que enrojece mis mejillas ha sido la consecuencia directa de las dos copitas de vin rouge que he saboreado. Esta embriaguez no cesa. Me remueve las entrañas y hace que escapen cadenas de suspiros de mis labios.
Paseo a orillas del Sena. Les bouquinistes son unos magos que se sacan libros de la chistera, libros maravillosos, que me miran con ojos antiguos desde dentro de unas cajas metálicas de color verde-verja- de-colegio. Más cerca de la orilla, un olor penetrante, un olor muy español, el de la crema solar en las playas más concurridas, que no deja de sorprenderme. Jamás habría imaginado a los exquisitos franceses tirados en hamacas o sobre una toalla, embadurnados de protectores solares desde la punta de los pies hasta el último pelo, disfrutando de un soleado día de julio casi agosto. Sus cuerpos no son tan blancos como esperaba. Eso sí, su elegancia sigue intacta, pese al calor, y los niños corretean de aquí para allá de una forma mucho más.... ¿cómo decirlo? ¿civilizada?
Me fascina la organización pulcra de los franceses, sus modales atentos, sus manos extendidas hacia el otro. Es como si aquí no existieran las groserías, como si la educación calase más hondo, en vez de arañar la superficie.
Champs de Mars, al anochecer: reunión de jóvenes que toman birra y ¿champagne?, sin que el alboroto perturbe el inmenso espectáculo que es estar bajo las patas gigantescas de hierro trenzado y destrenzado que es la Torre Eiffel.
La iluminación golpea en los ojos y deja herida. Frases y sentimientos que flotan en el aire. Parejas que se dan un beso exageradamente largo, que parece que va a durar hasta la mañana siguiente. Parejas que discuten porque ella quiere subir en ascensor y él prefiere hacer el mismo camino por las escaleras, a pata, como se ha hecho toda la vida, para ahorrarse un dinerillo. Los vendedores de recuerdos, que hacen lo imposible por meterte en el bolso una reproducción cutre de la torre, ofertas por doquier, que engañan a alguno. Dos chicos ingleses tocando la guitarra y entonando canciones de los Beatles, guiñándole el ojo a las americanas, a las españolas, a las suecas. Entre tanta tanta gente, siempre encuentras voces de españoles. No sé por qué, pero gritamos mucho.
Desde arriba todo son luces, deseos en miniatura, proyecciones de lo que somos y de lo que aspiramos a ser. Ganas de abarcar con la vista más que los otros. Más tarde, postales. Fotos. Estampas. Carteles. Manteles de cocina. En resumen: necesidad voraz de querer apresarlo todo, llevárselo a casa, mirarlo todos los días o todas las noches, soñar que estás en París y que eres Paris. Porque como todo bicho viviente, no eres inmune a la belleza; y París es la obra más hermosa que jamás ningún artista haya pintado.
sábado, 17 de agosto de 2013
La Closerie des Lilas
Un homme et une femme jeunes, avec ses mains unis dans une seule main. Quatre yeux en regardant l'horizon. Grands glaces. Je suis en retard au travail. Tu es jolie, très jolie. Vous êtes tellement magnifique. Pas "vous", dit moi "tu". Ah, oui, c'est vrai. Nous sommes Paris et Paris est une fête. Paris, qui ne fini pas jamais. Mais quelquesfois le temps va très vite. Merci, le chocolat était parfait. Aujourd'hou tu es mienne. J'aimerais rester ici tout ma vie.Un verre du vin rouge de Bordeaux pour commencer? Qu'est que tu as écrit à la Closerie? Si seulement je saurais un peu d'espagnol. *"Me haces faltar".
J'ai peur des serpents aussi, mais tu sais que je suis une femme forte et obstinée. La vie en rose n'est pas la vie en rose si tu n'es pas là. Paris est plus belle que moi; Paris est la plus belle de toutes les filles du monde. J'aime bien le Quartier Latin, avec la Sorbonne, les petits églises, les Jardins du Luxembourg, et pas très loin, la Closerie des Lilas, 25 minutes dès Montmartre, métro Port Royal. Il y a un café sympa pour prendre un gran petit déjeuner. Je mangerai un croissant enorme, et toi? J'ai soif.
Mon dieu, il fait chaud ici, dans cette petite chambre. J'aime la chanson "Je veux" de Zaz. Je ne peux pas dormir. Je te désire tout le temps. Avant je ne savais pas si je préférais le chocolat ou faire l'amour. Maintenant je sais que faire l'amour avec toi est mieux que tous les chocolats du monde, mieux que la poésie.
La poésie c'est moi. Tu es folle, je ne t'oublierai jamais, J. Tu es dans mon coeur, dans mon sang, et plus profond. Personne a été là, donc je ne sais pas quoi faire. Tu prononces le mot "amour". Tous les hommes que j'ai connus ont peur de cette parole. Pas tu. Tu es un rêveur, comme moi, comme Hemingway.
Et les trois ensemble, nous sommes Paris. Nous sommes dèja littérature.
J'ai peur des serpents aussi, mais tu sais que je suis une femme forte et obstinée. La vie en rose n'est pas la vie en rose si tu n'es pas là. Paris est plus belle que moi; Paris est la plus belle de toutes les filles du monde. J'aime bien le Quartier Latin, avec la Sorbonne, les petits églises, les Jardins du Luxembourg, et pas très loin, la Closerie des Lilas, 25 minutes dès Montmartre, métro Port Royal. Il y a un café sympa pour prendre un gran petit déjeuner. Je mangerai un croissant enorme, et toi? J'ai soif.
Mon dieu, il fait chaud ici, dans cette petite chambre. J'aime la chanson "Je veux" de Zaz. Je ne peux pas dormir. Je te désire tout le temps. Avant je ne savais pas si je préférais le chocolat ou faire l'amour. Maintenant je sais que faire l'amour avec toi est mieux que tous les chocolats du monde, mieux que la poésie.
La poésie c'est moi. Tu es folle, je ne t'oublierai jamais, J. Tu es dans mon coeur, dans mon sang, et plus profond. Personne a été là, donc je ne sais pas quoi faire. Tu prononces le mot "amour". Tous les hommes que j'ai connus ont peur de cette parole. Pas tu. Tu es un rêveur, comme moi, comme Hemingway.
Et les trois ensemble, nous sommes Paris. Nous sommes dèja littérature.
jueves, 18 de julio de 2013
entonces y mañana y tal vez nunca
Cómo
no recordarte. O como hacerlo deliberadamente, en momentos clave, cuando estoy
sola y desnuda en un bosque de sueños, hundida hasta las rodillas en un pantano
de lujuria donde no es posible moverse ni hallar un placer aproximado al que tú
me diste, sin pretenderlo.
Me
pregunto si fue amor. Si el amor es tan sencillo, tan elemental en su esencia.
O si fue una atracción alocada y terrible, unida a mi condición de huérfana en
un país lejano. Tal vez fue la reacción primeriza de mi cuerpo, conviviendo con
el tuyo bajo el mismo techo en la más perfecta desarmonía.
Tu
ducha por las mañanas. El sonido del agua cayendo con fuerza sobre tu piel,
todavía desconocida. Tus pasos apresurados. Las expediciones a oscuras en busca
del calcetin / media perdido entre otras muchas cosas. El desorden
personificado. La pava está lista. El
imprescindible mate caliente en la garganta. Su amargor.
Yo
intuyéndote. Yo con los ojos cerrados, desvelada, preguntándome si debo o no.
Mis pensamientos muy por encima de la almohada. El pelo y el deseo alborotados,
desmelenados. El calor no del todo concluyente. La mano nerviosa que no se
decide a. Las pestañas. El dedo meñique, anular, índice, corazón.
Pulgar.
Pulgar.
Eyacularse
hacia dentro. Morir de mentira y a grandes rasgos, pero morir verdaderamente de
anhelo. O consumirse como un insecto encerrado en una caja. Morir como mariposa
bajo la lluvia, resbaladiza e intacta, pendiente del peligro.
Morir
joven. Y sola. Como Pizarnik.
domingo, 14 de julio de 2013
hoguera
todo en las pestañas menos eso
párpados hacia dentro solamente
un tenue olor salado pero excéntrico
y tan mío
desconocida respiración y alegre
pensamiento
apenas un esbozo de mañana cuando nosotros
y nuestros pies sucios
ahora el centro es el centro imprevisible y
mientras tanto abrir los ojos a la llanura
crepitar
escuchar mi propio grito de hambre en la penumbra
para luego
yacer entre libros de hierba y dolorida
comulgar con mi aliento lluvioso
en este día eterno de flores sin tímpano
la muerte está asombrosamente lejos
párpados hacia dentro solamente
un tenue olor salado pero excéntrico
y tan mío
desconocida respiración y alegre
pensamiento
apenas un esbozo de mañana cuando nosotros
y nuestros pies sucios
ahora el centro es el centro imprevisible y
mientras tanto abrir los ojos a la llanura
crepitar
escuchar mi propio grito de hambre en la penumbra
para luego
yacer entre libros de hierba y dolorida
comulgar con mi aliento lluvioso
en este día eterno de flores sin tímpano
la muerte está asombrosamente lejos
lunes, 8 de julio de 2013
Small words for very big things
está ladrando la noche desde su cuerpo de loba hambrienta
los árboles agitan sus melenas
y lucen su rostro de arrugas con orgullo
son obscenas las jorobas del camello
pero no lo suficiente
hundir los dedos en la tierra es hábito y
maltrato
las botas
que llevas son demasiado grandes
me
gustan los caballos por su forma de mirar
las llamas con
la cabeza alta y el abrigo de invierno
la oveja blanca y su quejido humano
infantil
en esencia
aquí se deshacen
los besos en el viento
sueño tu presencia algunas noches y
presiento tus sueños atrapados e incrustados
en la curva de mi nuca
no
tengo más remedio que aceptarlo:
la hierba ha crecido
y lame despacio mis pies
tus ojos nunca fueron tan suaves
lunes, 1 de julio de 2013
otro empate
Cuando ya no nos queda nada,
el vacío del no quedar
podría ser al cabo inútil y perfecto.
(J. A. Valente)
te vas
y a tu paso se apagan las farolas
como si alguien supiera que ibas a rezar entonces,
anclado a la sombra de los mismos portales
vagabunda tu vida mientras tanto.
tus lindos ojos braman y toda la fuerza
-toda ella-
con la que soñaste aquellos días
pertenece a otro que se aleja
por la misma calle, en dirección contraria.
los hijos que no nacieron son un motivo
por el que estar orgulloso ahora que la nada.
y hasta cuándo durará el temblor mental
la idea fija de no querer morirse en un lugar cerrado...
por qué desplomarse en una cama
pudiendo mirar el cielo inmenso
lleno de contaminación y diminutas luces rojas
de aviones infinitos con destinos infinitos:
ahí van todos esos hombres
infinitamente más vacíos que tú
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