Hoguera única allá en el fondo
del pasillo y de tus ojos o los míos
los nuestros: dilatados parecidos
sordos al espejismo del mundo
la prohibición de estar tan cerca
tan próximos los prójimos
sus miembros sometidos al balanceo
constante como las mareas
como los flujos sanguíneos
el vuelo de los teros
el río Quinto y sus torrentes invisibles
caballos y llamas y mujeres bailando
danzas frenéticas que arrasan
bosques campos atardecer llanura
sin barreras fuego crepitante Pampa.
Me muerdes me muerdo no hay grito
capaz de silenciar la noche.
Mientras tanto acá en Mercedes
las tortugas caminan veloces
sin mirar atrás
sin envidiar a las nubes.
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jueves, 23 de agosto de 2012
domingo, 18 de marzo de 2012
Los fugitivos del miedo
Me miras como si
acabaras de despertar
de un sueño largo o de
una pesadilla.
No me reconoces al principio
y tus ojos van acostumbrándose
muy poco a poco
a la luz taciturna y temblorosa
que irradian los míos
en la penumbra del túnel.
Tenemos miedo aunque
no se nos note en la cara.
Las pupilas diminutas
nos desnudan
de todo infinito.
Quiero abrirlas y apresar
tus parpadeos tenues
como la noche
presuntuosa
que pasa sin darnos cuenta.
Voy a hablar más de lo previsto
y mi voz será un hilo
delgado
de confesiones inútiles
dispuestas a amordazarte.
No tengas miedo de mí
sino de nuestros
soles apagados hace varias lunas
un lunes de esos de biblioteca
y ojos pergamino.
Yo sí tengo miedo de mí:
loca irremediable
con tantos demonios
bailoteando dentro
que ni un cura sería capaz
de salvarme del fuego.
De hielo son tus manos
grandes
y de hierba tus ojos
primitivos
como las llanuras de la Pampa
donde ambos, sin saberlo,
hace mucho, tal vez demasiado tiempo,
nacimos.
acabaras de despertar
de un sueño largo o de
una pesadilla.
No me reconoces al principio
y tus ojos van acostumbrándose
muy poco a poco
a la luz taciturna y temblorosa
que irradian los míos
en la penumbra del túnel.
Tenemos miedo aunque
no se nos note en la cara.
Las pupilas diminutas
nos desnudan
de todo infinito.
Quiero abrirlas y apresar
tus parpadeos tenues
como la noche
presuntuosa
que pasa sin darnos cuenta.
Voy a hablar más de lo previsto
y mi voz será un hilo
delgado
de confesiones inútiles
dispuestas a amordazarte.
No tengas miedo de mí
sino de nuestros
soles apagados hace varias lunas
un lunes de esos de biblioteca
y ojos pergamino.
Yo sí tengo miedo de mí:
loca irremediable
con tantos demonios
bailoteando dentro
que ni un cura sería capaz
de salvarme del fuego.
De hielo son tus manos
grandes
y de hierba tus ojos
primitivos
como las llanuras de la Pampa
donde ambos, sin saberlo,
hace mucho, tal vez demasiado tiempo,
nacimos.
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