
-Agárrate que vienen curvas-,
dice en la autopista papá
y tus manos trepando hacia arriba:
muslos, caderas, cintura...
-Ten cuidado, no te vayas a marear,
que ahora viene la cuesta
y empezamos a resoplar:
coge el volante seguro,
que el freno de mano nos empieza a fallar,
metemos la marcha, perdemos el rumbo,
y ni el GPS nos puede salvar.
Ya el peligro se respira a bocanadas
en el asiento de atrás,
-baja las ventanillas, por dios,
que se nos van a empañar...
Que hemos pasado de los 110
y nos encanta correr a máxima velocidad,
el carburo es suficiente
para muchos kilómetros más:
resulta impensable parar a repostar.
-No te detengas ahí, sigue un poquito,
traza bien el mapa de mi cuerpo
sin desviarte de la nacional.
-No des tantos rodeos,
evita con cuidado los baches
y no busques alternativas
para alargarlo aún más.
-Que ya el viaje se hace eterno,
y el motor está que arde,
humeante y a punto de estallar...
Ven, apaga las luces, vamos a descansar,
aparca el coche y no pierdas las llaves,
que aún nos queda tráfico y poesía:
el combustible perfecto para llegar.
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