miércoles, 19 de junio de 2013

hendidura*

me he devanado el sexo buscando una respuesta
         un estímulo sincero o mentiroso pero
por favor
        que fuera tuyo:
                     
                               eso pedía

 y mientras tanto jadean los dientes y la lengua
   se ha convertido en alfombra gris con pelusas
              grises
                    y da náuseas     y da risa

             pánico es tal vez el sentimiento conocido
     que acude a mis ojos a finales de junio
           cuando se acerca muy lentamente
                         el día la fecha la hora:
         
                      el bandoneón suena
         yo junto las piezas en secreto y paladeo
    tu voz grave en el delirio
      
       labios fatuos                 fuego suave
            miedo oculto     alma herida

                         indescifrable

       miro las fotos
tus fotos
       y son muy blancas
                         o muy negras
   oscuras     
                       lloran
              mis piernas flexionadas

                 nunca tu peso me supo tan leve


*1.f. Corte en una superficie o en un cuerpo sólido cuando no llega a dividirlo del todo (RAE)


                    
                      

martes, 18 de junio de 2013

inferencias y temblores

quiero
      describir la mano de la sombra      que limpia o estremece
                        sus calles en su oscuro
                                       quiero
                describir   (ya no pecar de adjetivos pomposos)
     y que podáis ver las arrugas:
             las concisas arrugas de la comisura
     de sus labios tristes y dulces:

 también tristes          
                 
                                          quiero
 sentir sus raíces hasta el fondo
                  adivinar su cárcel
       su benévola cárcel de país con grietas

     pero
                Qué sexo podrá corromper/ cubrir / excavar/
  su sombra de serpiente
             Qué órgano agitará Qué teclas
                                y sobre todo
                   
      qué orgasmo  Qué grito  qué fonema

  - malditos sean todos los alfabetos
                      ya no sé cómo explicarme...-

         el mío es un idioma arcaizante pero no
   importa en absoluto porque
                       sus ojos me están diciendo tantas cosas
              que se quedan mis puntos sorprendidos

     (  .  .     . )

        escucho sus cadencias dentro
me lloran como el hambre y ahora entiendo
  por qué los pasos de noches de cebra
             son tan como él
               
                                   tan brillantes

miércoles, 12 de junio de 2013

vejez ahora

en aquel tiempo éramos viejos
y nada nos importaba demasiado

veíamos las mismas películas 
         tres cuatro cinco veces
y jugábamos al bingo por si la suerte...
                           pero no tocaba

morir era fácil
   tanto como dejarse alimentar con cuchara
         de palo en palo aprendimos a sumar 
y leer se nos iba olvidando
              conforme el invierno
                     y la nieve

en aquel tiempo éramos felices
y nada nos importaba demasiado

al otro lado de la ventana
   desfilaban los sueños y los novios
         de olor familiar y casi ausente 
              casi
            
   los ladridos eran deslumbrantes:
       todas las noches nos mirábamos
desde el lado opuesto de la cama 
      los ojos aliados y las manos 
         ah... las manos
   quietas
        en dulce la pasión callada...
           
y nuestros labios se agitaban
   incontrolablemente
 al recibir un regalo o una mala noticia
      porque éramos viejos y felices
   y sabíamos
      que eso no duraría mucho tiempo

ahora tenemos 20 años
   y ya no puede salvarnos nadie



domingo, 9 de junio de 2013

defensa de la palabra piel

se agrandaron mis ojos con el pasar de los años
   
     la piel -en cambio- quedó intacta
               la piel quedó

                                   y yo aquí desnuda con tanto algodón dentro
                              sien por sien suave
                                           años de mimosín   guantes maternos
           
siempre me han picado   los jerséis de lana
                         el encaje en las ingles
            los hombres que se van cuando los quieres

                         nunca supe caminar sobre tacón
              mantener el equilibrio no es uno de mis dones
                            pero
                               qué importa la altura
                la camarera rubia   el solomillo en tu pan
     la hoja de lechuga en el plato
                    si llevo puesta mi piel

       mi piel de entonces y de luego y de cada instante
                     
          yo como con los dedos
                 el queso se derrite al calor de la palabra

                  no quiero levantarme de esta silla
  ¿no vas a terminarte la cerveza?

                         vamos a ser nosotros mismos:
                                               
               y  siempre volver siempre
                         
                 

lunes, 3 de junio de 2013

una valenciana casi maña en tierras inglesas

a mi amiga Clara, allá en donde las vacas y la comida picante,
donde el sol es intuición y delirio

fuera hace frío pero
       tú nunca cierras la ventana del todo

tus pasos son firmes y no tiembla tu lengua aunque 
          hables otro idioma de repente
 en el fondo sigues siendo la misma mujer
     clara y sencilla de hace varios años
             cuando todavía no éramos nosotras
   y nuestras gafas eran similares

     ahora soy más miope que antes pero
puedo decirte que me encanta verte de pie
con esa falda ajustada
         blusa de encaje  zapatos sin tacón
                         medias finas
porque te mereces todos los ojos del mundo
     fijos en tu cintura 
               a punto de cometer un crimen 

  rebosas energía española y lo sabes
      tienes ese don para hacer bien las cosas
         dulzura materna   tacto de manzana
    y apetito de lobo

         inagotable amiga:
   no olvides el pimentón en la tostada
     ni que tu casa está aquí, donde el calor
                                         en este hueco preciso: (    )

fuera hace frío pero
     tú nunca cierras el corazón del todo...


sábado, 1 de junio de 2013

El viajero

La vida es un país extranjero
(Jack Kerouac)

Estás hablándome en una lengua que no entiendo, que probablemente no llegue a entender nunca, pero eso no es lo más importante, en serio. Déjame que te cuente...
Cualquier día puedes estar atravesando Inglaterra en un autobús que bien podría ser un submarino. Es ancho el verde. Indescifrable incluso, diría yo. Como los estómagos de los ingleses que se alimentan de tristes sandwiches sin tener ni idea de lo que es un buen bocata de jamón serrano. Qué rico.
Has perdido la cuenta de los kilómetros desde hace varias millas. Los nombres de los carteles en la carretera no conducen a ninguna parte. Los brazos peludos de los camioneros capturan la atención de los rostros aburridos y fatigados. La niebla angustia. Crea la sensación de estar flotando en una piscina con demasiado cloro en el fondo. Y la llanura no para de tragar pájaros. De vomitar flores amarillas. Y las montañas...  ¿por qué no nacieron hace tiempo? ¿a qué esperan para rebelarse y salir de sus orificios?
Y tu dirás, pero si es una isla, que sé yo... Pero aún así, le falta relieve: le faltan curvas.
La vida está llena de curvas, suaves y abruptas, tan lindas y transitables siempre. Y mar, mar por todas partes, mar gris que no invita a morir en él, ni siquiera desde un acantilado... Y a pesar de todo tú viajas, y viajarás, por esos lugares remotos que otros ya habrán pisado aunque a ti no te lo parezca. Vas a dormir apoyado en las mismas ventanas, contra su dura y fría y húmeda superficie. Porque llueve al otro lado. Que no pare nunca de llover es la ley única. Y fatídica, sobre todo.
Durante tus idas y venidas te irás encontrando con diversos y estrafalarios personajes. Es imposible viajar solo del todo, siempre hallarás a alguien que se arrime a tus pasos y acompase su ritmo al tuyo.
La clave es no tener nada encima: es inútil dibujar una ruta con lápiz en un mapa si realmente no persigues el propósito de llegar ahí, sino simplemente de estar on the road.
Lo mejor que puedes hacer es quitarte peso de la espalda. Desmembrarte. Dejar los fardos voluminosos tirados en el camino y seguir, seguir, seguir. El corazón y la cabeza bastan para emprender una aventura.
A veces, ni siquiera la cabeza es indispensable.
Sí el coraje; mucha fuerza y coraje son necesarios para no tener miedo de traspasar fronteras. Un par de cojones y un par de jerséis para resguardarte del frío. La lluvia solamente cala cuando pensamos en que puede llegar a mojar por dentro.
Por fuera, sólo nos arruga.
Y hablando de arrugas: vas a ver lo grande y lo viejo que te sientes mientras estés viviendo todas esas cosas. Vas a comprobar que jamás de los jamases se vuelve de un viaje siendo la misma persona que se marchó. Vas a cambiar, a convertirte en otro, en otros, a ser un individuo más en un país extranjero. En este país que resulta extranjero para todos nosotros, que es la vida.

Entonces ya no querrás regresar al nido ni volver a plegar las alas.



viernes, 31 de mayo de 2013

El vacío

G no sabe cómo lo hace, por qué siempre termina cayendo en la misma trampa. Ha llegado a su casa tras un pequeño viaje y tiene el presentimiento de que las cosas no van a estar igual a como las dejó unos días antes, ni mucho menos.
G ha pensado de vez en cuando en O. Se ha acordado de él especialmente al ver las camisetas de Bob Marley en el mercadillo de Candem Town, sintiendo por dentro una especie de malestar, calentura y sosiego a partes iguales. G tiene la impresión de que, haga lo que haga, siempre se da de bruces con el vacío.
Enciende el ordenador y se conecta al mail con lentitud deliberada, comiéndose las uñas por la impaciencia, retrasando lo que está por venir. Le saluda la bandeja de entrada con cinco resplandecientes mensajes sin leer. Sólo le interesa uno, el de O.
Lo mira fijamente. Luego cierra los ojos al tiempo que hace click con el ratón sobre el correo en cuestión. No tiene asunto; ni falta que hace.
Es largo. Consta de un encabezado cordial y cuatro párrafos de diferente extensión, que se le antojan interminables, a pesar de no serlo en absoluto. Hace una primera lectura rápidamente, tanto que apenas consigue descifrar del todo las palabras que tiemblan en la pantalla. Hay algunas mal escritas; otras, mal empleadas. Me explico: O es extranjero y a veces tiene errores gramaticales, cosa que conmueve profundamente a G.
Ahora, G no sabe qué sentir.
Tras leer cada línea más despacio, empieza a comprender lo que ya sabía, aquello que le había susurrado su intuición algo perversamente, y que ella se había negado a creer de puro desconsuelo. G no ignoraba que O tendría que marcharse más tarde o más temprano, regresar a su antigua vida, en una ciudad extranjera de un país extranjero. Pero hasta que ese día llegara, le apetecía compartir todos los libros y los orgasmos y las cervezas posibles con él. Exprimir el tiempo hasta la última gota. Exprimir su boca hasta el último beso.
Es muy soñadora, G. Pensándolo objetivamente se da cuenta de que eso habría podido suceder en una novela barata, no en la vida real. Leyendo las palabras de O, tan hermosas como tristes, G siente que ha cometido un error yendo tan lejos; fantaseando tanto como le da de sí la imaginación, que no es poco.
Con un suspiro, G se levanta de la silla y se deja caer en la cama. Coge a Bolaño, el libro de relatos de Bolaño que le pidió prestado a O para su viaje, y que no ha terminado todavía. Le resulta imposible concentrarse. Cierra los ojos y muerde calladamente la almohada rosa que ha venido con ella desde una ciudad chiquita al norte de Inglaterra, Newcastle. Sus labios se curvan en un puchero. No tardan en aflorar las lágrimas, gruesas, lentas, que dejan un reguero húmedo en las sábanas.
No quiere pensar en nada, y no es consciente de que se ha quedado dormida hasta que le despierta la voz lejana de su madre. Es la hora de comer, pero G no tiene hambre. Un puño invisible aprieta con fuerza su estómago hacia dentro, y tiene la sensación de que sus vísceras están aplastadas, huecas. Es de procedencia desconocida su dolor. Resulta absurdo resistirse, así que le permite fluir a su capricho por sus venas. Calor, frío, calor.
Un color: el verde. Cuando G piensa en los ojos color verde de O, le escuecen las palmas de las manos y nota un dulzor detrás de la lengua. Aquellos ojos, que nunca estaban del todo abiertos sino más bien estirados, en forma de almendra o de algún otro fruto seco. Aquellos tiránicos y bondadosos ojos que se habían detenido por primera vez en los suyos durante un instante breve, posiblemente un martes, posiblemente en el aula 102 del módulo IV de la facultad de Filosofía y Letras. Posiblemente.
Ahora echaba de menos ese verde que no era tan tan verde, pero que lo parecía a simple vista. Recordaba haberlo visto en los ojos de algunos gatos de la calle, en los niños rubios de los países lluviosos. O había venido de uno de esos dos rincones, eso estaba claro. Era más alto que la mayoría de los hombres con los que había estado. Para besarle tenía que ponerse de puntillas y colgarse de sus hombros, como una niña en brazos de su padre. Sus manos gigantes asediaban su cuerpo en centésimas de segundo, y G era una mujer pequeña con una ilusión pequeña. Las rastas de O le hacían cosquillas en la cara. Sus puntas de pelos tiesos estaban descuidadas, pero le sentaban bien. Parecía un león; un león tranquilo, un león echando la siesta que esperase a que su leona volviese de caza.
Porque G se convertía en una leona cuando la acariciaban, y lo cierto es que había pasado muchos meses sin ser acariciada. G anhelaba recuperar eso: despertarse con muchas ganas de vivir y no tener sueño hasta muy entrada la noche. Reír sin motivo alguno. Garabatear algún que otro poema más o menos mediocre y leerlo, leérselo a quien quisiera escucharla. Cocinar tortillas de patata, de tamaño perfecto, de sabor perfecto. Caminar acompañada en las noches frías. Que alguien la deseara. G no deseaba un O, pero había aparecido por casualidad, y ella lo había recibido con el corazón sobresaltado y las mejillas encendidas.
Ahora se apagan, blancas como el papel, contra la almohada.
Los labios le saben a sangre. Morder le apacigua un poco. Escucha gritos en la calle, cercanos. Se ha escondido el sol, pero dentro de no mucho amanecerá. En la vida siempre amanece, pese a los agujeros.
G adivina el vacío. G olisquea la soledad. G no opone resistencia: se va a la cama con ella y, sin preliminares, deja que tome posesión de su cuerpo.

Después la espanta, como un amante que no quisiera compartir su lecho o sus sueños con una extraña.