domingo, 11 de septiembre de 2011

Mi edad de la inocencia




Se han marchado los niños, dejando a su paso un rastro de juguetes en la alfombra de hierba. Me siento a escribir como ese niño travieso que baja la empinada cuesta a toda velocidad con su bicicleta; los dos compartimos algo, los dos llevamos una misma marca en la sangre: la inocencia genuina de los espíritus temerarios, la valentía insospechada de los más débiles, la tendencia a cometer locuras dispares sin medir las consecuencias. Por eso no cambiaría por nada del mundo mis rodillas maltratadas de cicatrices, ostensible recuerdo de las heridas de infancia.
Mientras garabateo distraídamente en la libreta, -los niños juegan al pilla-pilla, el cielo se nubla y amenaza tormenta-, un gracioso bebé ha ido avanzando a trompicones hasta mi pierna, y ha encontrado un lugar donde quedarse: el vuelo de mi falda. Sus balbuceos ininteligibles resuenan en mi cabeza como gritos de auxilio. Le miro fijamente, intentando adentrarme en sus ojos grandes, muy grandes en esa carita tan pequeña de sonrosados mofletes, y por fin distingo un ramalazo de complicidad anclado en el fondo de ese estanque donde no hay peces, sino vida; una vida nueva como un milagro obstinado que crece sin ser consciente todavía de su presencia en el mundo.
Entonces, una sonrisa brota espontáneamente de mis labios hasta hacerse amplísima, y él me corresponde sin dudar un segundo, y comienza a reír, a dar palmas, a contagiarme su inusitada alegría. Así pues, sostengo su minúscula manita entre las mías y suspiro sin remedio.
De los árboles despistados han empezado a caer lentas las hojas. Es el verano que termina...

Parpadeo



Arena diluida en los labios
-un rumor nuevo detrás
de la lengua y bajo el paladar-
que agita el pulso de las cuerdas
vocales, y ya todo tiembla
en un corazón metálico
donde no caben rimas en consonante
ni acordes, ni agujeros,ni palabras quedas.

Dormir en mis sueños y soñar
que no duermo en esta cama
sino tres planetas más lejos
de la Tierra,
y que todas las noches la miro
hipnotizada, deseando morderla
un instante solo,
antes de que siga girando
y mueran las cuatro estaciones
de un año de mi vida:
365 días, 6 horas y 9 minutos
esperando renacer de mis cenizas,
sin levantar polvareda.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Batidos de chocolate y otros placeres lentos



Se escabullen deprisa los minutos
en esta tarde sabática
de un sábado cualquiera de septiembre.
Parece mentira cómo giran nuestras vidas
en torno a medio churro
olvidado en el plato,
y somos como dos vasos vacíos
de batido de chocolate
y sendas pajitas verdes.
Todo pasa, y sin embargo
seguimos aquí, sentadas,
-repantingadas, en este sofá marrón-
imaginando qué escribirá la mano
del señor estirado con bigote.
Ya solo esperamos,
con nuestros sueños miopes
al veterano camarero
que viste uniforme blanco,
¿cuándo nos traerá la cuenta?
¿dónde se habrá dejado el barco...?
Demasiados interrogantes sobran
en este café decandentista
-tan comercial en el pasado-
de la glorieta de Bilbao
donde palpita la Historia (con mayúsculas)
y otros muchas historias pequeñitas
de personajes de libro
que aquí, como nosotras, se citaron.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Retazos de una vida: mi primer amor



No solo una foto de una foto, sino más bien un recuerdo de algo mucho más intenso que un recuerdo. Una imagen de hace una década que conserva intacto su olor, el por qué de su perseverante existencia, disimulada entre las páginas anodinas del álbum de mi primera comunión.
Mi perfil aniñado no es consciente del sentimiento que despierta, no sospecha siquiera que alguien, desde su posición privilegiada de observador mudo, admira calladamente los rasgos delicados de una criatura frágil, apenas un pajarillo blanco que esconde las alas como si se avergonzase de ellas; como si solo él fuera consciente de que, si no lograba atraparla en aquel preciso instante, ya nunca más lo conseguiría. El gorrión no tardaría en emprender el vuelo, y volaría tan alto como un águila.
En sus ojos de niño trazados al carboncillo han quedado congelados todos los juegos de infancia, todas las ocasiones en que se vestía de príncipe para rescatarla del dragón. En sus labios desborda un ensayo de sonrisa, una sonrisa traviesa, pícara y demoledora, una sonrisa que invita a sonreír. Su rostro de piel tostada no es capaz de ocultar el arrebol de las mejillas y las graciosas e inevitables orejas de soplillo.
Me quería. En ese momento me quería tanto como yo nunca pude quererle a él. Y sin embargo, fue mi primer amor, mi primer amigo, la primera víctima inocente de las muchas cartas sin respuesta que le envié con el paso de los años.
El aliciente fortuito de su mirada, que quemaba tanto o más que el hielo, dulcificaba mi espera, la espera eterna del que sabe a ciencia cierta que lo que anhela nunca llega y, pese a todo, respira hondo y persevera.
Nunca me di por vencida porque tenía esta foto. Nunca querré a nadie con la misma fuerza obcecada e infantil, y al mismo tiempo, tan inesperadamente tierna...

viernes, 12 de agosto de 2011

Estigma

Cuando era pequeña
me daba miedo cruzar
el puente de la M-30,
odiaba a los niños
ladrones de meriendas,
temía a los dragones
que raptaban princesas,
y veía fantasmas
que bajaban la escalera.
Entonces llegaste tú
con tus ojos de gato
y las manos de cera
fundiendo la amargura
sin sonreír apenas.
Me regalabas juguetes
y tu amistad verdadera
en el asiento del bus
o en la odiada academia
donde sacábamos treses
en exámenes sorpresa.
Cuando era pequeña
ya me parecías grande
Ahora que he crecido
tú me pareces inmensa.

domingo, 7 de agosto de 2011

Llano me das miedo

Decenas
cientos
miles
millones
de girasoles despistados
inclinan sus doradas cabezas
de cráneo pelado
ante la luna
del coche solitario
que atraviesa raudo
la Mancha en el mapa
que supone Castilla.

viernes, 1 de julio de 2011

Alucinaciones






Estamos en la cama. Es verano.
Y pienso:
-Bendito seas por siempre, Sudor.

* * * *



Quiero echarte de menos,

pero el corazón

no da para más.



* * * *



Te mataría, sí...

¿Mas no es mayor tortura

la de escuchar mis versos?

* * * *



Embestida por la soledad

me siento desnuda

en un banco del parque.

No te escondas, amor,

conozco todos tus disfraces.



* * * *


Vestido verde musgo

un mechón suelto de mi pelo

ojos que no ven

cosquillas en la nuca

Otra ciudad en otro tiempo.



* * * *


Cocina francesa:

queso

que solo es queso

con olor y textura

a beso.


* * * *


Lucha versus versos

y pierde

rítmicamente.


* * * *


Si yo fuera yo

no me fiaría de mí

siendo tal y como eres

tan distinto de ti.





* * * *