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jueves, 19 de julio de 2012

Nomeolvides

A Inés, porque una vez no es suficiente.

-¿Tenemos que despedirnos aquí? -dijiste, deteniéndote de pronto junto a un puesto de fundas de móvil, cerrado a esas horas, frente a los tornos del metro de Sol, donde todos los caminos se separan.
-Mucho me temo que sí. -respondí, cogiéndote de la mano. -Pero no pienses en eso: lo importante no es el lugar donde te despides, ni siquiera los desconocidos que estén mirando; sino que las personas que se despiden somos tú y yo, aquí y ahora...

Despedirse es una mierda. No hay palabra más acertada para describir ese momento de separación en el que el corazón se te rompe un poco. Crash. Plum. Trom.
De nada sirve mentalizarse, preparar con antelación las palabras que vas a decir cuando se produzca el último cruce de miradas. Nadie está hecho para soportar esa tensión, la de dejar ir a la persona querida, sobre todo cuando intuyes que pueda ser la última vez que la abrazas, la besas, y ves sus lágrimas caer.
Y para colmo todos decimos lo mismo, todos balbuceamos las mismas bobadas, burdas palabras de consuelo que no consiguen consolar: "ya verás como los meses pasan volando", "sabes que puedes seguir sin mí", "voy a escribirte todos los días" (en mi caso puede llegar a ser cierto), "cuando vuelvas todo va a ser, igual, no habrá cambiado nada, y seremos las mismas de siempre". 
Mentira. La persona que vuelve nunca es la misma persona que se va. Jamás. Ni por asomo. La vida nos vapulea, nos transforma continuamente; no sólo cambia nuestro corte de pelo o el color de nuestras gafas, sino la forma de mirar, de ver.
En las despedidas es inútil tratar de refrenar los tequieros. En esos instantes es cuando afloran más; se reproducen como por arte de magia, echan a rodar sin pudor alguno, y nos delatan. Y no solo eso, sino que además compiten a ver cuál puede más: "te quiero mucho", "y yo más", "no, yo más". Así hasta la extenuación, ya me entendéis.
En las despedidas también se puede comprobar cuál de los dos es el eslabón débil, aquel que tiende a descargar su peso en el hombro del otro, más fuerte y estable, capaz de quebrar el abrazo y sonreír fingidamente. Por mi parte, me incluyo en el primer grupo: soy una llorona irremediable. 
En las despedidas, ya se sabe, las sonrisas nunca son de verdad. Los labios se tuercen como intentando semejar una curva, se tropiezan a mitad, sin llegar a mostrar los dientes, y la sonrisa que muestran es tan triste que entristece, tan hermosa que estremece, tan frágil que dan ganas de gritar.
Hoy la tuya se me ha quedado grabada en la retina, Inesita.
Despedirme de ti ha sido un infierno.
Te quiero.
(...)
Y sí, más.

jueves, 12 de julio de 2012

Pequeñas grandes cosas que voy a echar de menos

También a ti voy a echarte de menos, violinista anónimo de los ojos azules, que toca cada mañana en el pasillo interminable de Nuevos Ministerios.
Y a ti, biblioteca de barrio llena de rostros concentrados, y a los niños ruidosos del polideportivo, que emergen de improviso de las duchas de agua ardiendo para conquistar las hamacas sin patas.
Parece mentira pero voy a sentir nostalgia de la acera de la calle santa Hortensia, cubierta de hojas crujientes en otoño, de pólenes en primavera, y de cacas de perro en todas las estaciones del año.
Sin miedo a equivocarme sé que voy a detenerme en todas las fruterías buscando melocotones y cerezas familiares, y que no serán iguales las secciones de chocolate de los supermercados.
No sé si voy a soportar ese despertarme por las mañanas y no bajar ruidosamente las escaleras de caracol para tirarle del pelo a mi hermana y darle golpecitos en las mejillas hasta escuchar sus toscos gruñidos.
Y lo que es más importante: quién me va a poner de mala leche las noches de verano si habrá otros borrachos debajo de mi ventana. Quién.
Dónde encontraré un rincón como el parque Berlín, con esa nube de críos, y perros, con la imagen de tantas tardes de partidas de cartas, y derrotas suavizadas por la hierba.
Sé que voy a añorar el cielo contaminado de esta ciudad multitudinaria donde la gente me transmite un no sé qué de paz y de energía o desasosiego. Esta ciudad permanente que no se detiene nunca.
Me duele separarme del módulo IV de la facultad de filosofía y letras, de las excursiones a los baños-prostíbulo con las marujas, y las mañanas de café con leche o tercio en la rampa de entrada, donde siempre habrá alguna cara conocida por reconocer.
Qué tormento no poder cambiar de lugar los libros y los dibujos y las cajas y las millones de cosas que salpican mi estantería hasta que el orden se restaura y el caos queda dentro.
Ya he empezado a extrañar mi pequeña caja de música de la bailarina coja, que alberga en su interior las pruebas de los delitos amorosos que he cometido. Y los nombres de los asesinados.
No tengo ni idea de cómo voy a dormir sin la almohada viscoelástica, que no es una pijada, sino el invento idóneo para los dolores de cuello y los males de espalda.
Me va a dar pena incluso abandonar mi maldita impresora, voraz con el papel y siempre necesitada de cartuchos.
Voy a repasar las paradas de la línea 4 del metro para que no se me olviden, y a idear nuevas estrategias para coger sitio en Avenida de América.
Las tardes tranquilas de domingo volando sobre las dos ruedas de mi bici roja serán parte del pasado, por no mencionar las noches de borrachera prudente en Malasaña, que siempre terminan en Cibeles, esperando con las lentillas pegadas a los ojos y los dedos cruzados el N2, como si de un ángel de la guarda se tratase.
Me va a costar empezar a convivir con otros atracadores y otros locos y otras cucarachas.
Voy a echar mucho de menos caminar descalza junto a los escritores bárbaros.

martes, 5 de abril de 2011

Triple salto inmortal




Jamás pensé que pudiera saltar tan alto, ni llegar tan lejos, ni aferrarme a alguien con tanta fuerza por miedo a caer.

Confieso que siempre tuve pánico al tortazo. -Y no, no hablo en sentido figurado, ni mucho menos-. Durante esas interminables horas de educación física, martirizada por la tiránica, implacable, -y enana, para colmo-, profesora, me encontraba sometida a los equilibrismos más absurdos y expuesta al dulcísimo tortazo que remataba en mi culo, -aunque más de uno debió ser en la cabeza, sino no me explico tanto verso y tanta historieta...

Hoy ha sido un día de lo más insensato. Quizá porque me siento sucia después de haberme duchado tres veces, y es que los del Canal de Isabel II - que a ver quien se mete con ellos con semejante nombre pomposo, -me han cortado el agua a ratos, y cuando volvía, solo salía barro.

Y creédme, ducharse con agua amarillenta es como sumergir la cabeza en un pantano, qué asco.

Luego, para más inri, he ido al gimnasio, dispuesta a entablar conversación con los magníficos y poco intelectuales queridos pesos pesados, que no han leído un libro en su puta vida. -Y así les va, todo el santo día sudando...-. Bueno, pues eso, que he llegado y no estaba allí el entrenador argentino, con su risa fácil y su donjuanismo. Que se había lesionado, me han dicho. -Pues muy mal, chico, dejarte escayolar y todo, tener que quedarte varios meses en casa, y ahora, ¿quién me da conversación mientras "hago que corro la maratón"?

Mi consuelo es que su sustituto es joven, y está bueno... pero me ha tachado de su lista de posibles en el acto. No sé cómo ha pasado. Solo sé que ahí estaba yo, bajando de la bici con estilo inmejorable, lanzándole una mirada de ésas, -de las perversas que reservo para ocasiones especiales-, y de repente, catapum!!!

Me he caído estrepitosamente, y el culpable ha sido el cordón de mi zapatilla, que se había enredado -no sé cómo, ni por qué, ni cuándo-, en un pedal del estúpido aparato.

Por eso mismo me pregunto, volviendo al asunto del salto, cómo es posible que no me haya matado. Quizás porque el destino nos pone la zancadilla cuando menos nos lo esperamos.

Quizás porque la luna hoy tiene un resplandor mágico, quiero pensar en las cúpulas bulbosas del palacio de las mil y una noches, y soñar que volamos, en una alfombra atravesando el cielo estrellado, en nuestra búsqueda incansable de un Mundo Ideal.

Y si no existe, nos lo tendremos que inventar...



lunes, 28 de marzo de 2011

Adivina, adivinanza: fiebre azul, chocolate y desesperanza




Será por el cambio de horario, pero mi cuerpo y mi cabeza no consiguen ponerse de acuerdo, y así voy, dando traspiés, retranqueando. Y me despierto a las siete de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, con ganas de comer chocolate, y me duermo al minuto siguiente para no vomitarlo. Abro un ojo titubeante, miro el reloj, y parecen burlarse de mí esos antojadizos números digitales -nunca entenderé a sus dichosos hermanos, los analógicos, que me la tienen jurada, los muy... -en fin, que de tanto darle vueltas a los pensamientos, -que parece que tenga dentro una lavadora -, y ensimismada como estaba, iba tranquilamente en el metro y me he pasado de parada.


No me lo podía creer. -¿Qué narices me pasa? ¿Es que ahora ya no sé ni contar? Si me las sé de memoria, la linea cuatro enterita, de toda la vida, mira: empiezo en Colón, como no puede ser de otra forma, me trago Serrano y pillo un empacho, alcanzo Velázquez, no lo niego, pero sigo hasta Goya, al que siempre tuve más cariño. Y pasándome de Lista, ya me acerco a Diego de Léon, que me da un poquito de miedo por eso del apellido... pero consigo llegar a Avenida de América, y dejo allí mi colonia, extendida en el vagón, plagado de indígenas de la tribu más rara, y luego va la Prospe, donde pierdo hasta la cobertura del móvil, ya estoy habituada, y al fin... ¿Arturo Soria? -No, no pueden haber extirpado de cuajo y sin avisar tres o cuatro paradas.


Definitivamente, no se puede ir en metro estando atolondrada. -Palabrita de niña buena. Luego es llegar a las escaleras mecánicas, y... catapum! -¿Estás bien? -Sí, sí, no ha sido nada, sólo iba despistada, gracias.... (Nada excepto un bonito moratón de esos que hacen juego con mi cara.) Y... ¿por dónde iba? Ah, sí! Por fin, llegar a Alfonso XIII, -no hay odisea que valga-, salir del metro y encontrarme con el 100 montaditos, cara a cara, desafiándome con los recuerdos, como si yo no me acordara lo suficiente de aquello... ay! Más tarde, echo un vistazo al interior del ibercaja, y el mendigo que ha hecho de dicho rincón de ahorros su propia casa, me devuelve una mirada muy triste y lánguida, sin dejar de rezar entre susurros, sin perder la esperanza. Yo hace tiempo que me desengañé y sé que rezar no me sirve de nada. Bueno, miento: me ayuda a sentirme completamente sola, más aún, desamparada. Y camino despacito no vaya a ser que me caiga, que además, ya van doliendo los oídos, y no tardará la garganta. Seguro que en cuestión de enfermedades puedo batir todos los récords yo solita, parece ser que mis defensas no saben reconocer al que ataca. -Y yo con todos los goles aquí acumulados, entre poste y poste, entre nuca y espalda.


A ver hasta cuándo aguanto hoy escribiendo, con la fiebre a mi lado sentada. Si creía que hacía todo esto para desahogarme estaba muy equivocada. Ahora que sé que van a llegar a tí, trato de endulzar mis palabras. Las fabrico con especial esmero, -sin darle mucho al salero, por eso de las calorías-, esperando que sepas triturarlas, y masticarlas bien, lentamente, letra por letra, hasta que sean una pasta incomestible que se deslice por tu lengua antes de traspasar la garganta... Al menos, he conseguido que ellas lleguen al sitio exacto donde se desvanece mi vida entera: tus labios de caramelo y mermelada. -Aunque, no sé, no me los imagino tan dulces como frambuesas con nata, sino quizás con un suave toque de limón en el labio inferior, o mejor, miel y limón, miel de hiel, pasión inexacta.


Posiblemente te resulten algo indigestas, y no puedas conciliar bien el sueño porque toda la noche te repetirán la misma perorata. Ojalá consigue acunarte con el aire de mis pestañas, y duermas eternamente, -como el hada durmiente, -y cuando despiertes, ya no sientas nada. Entonces podré tirarme al río, ahogarme en la corriente helada y detener esta fiebre que ya se me apodera y no me deja seguir siendo tan pesada. Seguir hablándote disimuladamente, sin tener que agachar los ojos, sin sentirme tan terrible, -y maravillosamente, -turbada. ¿Sabes qué? El chocolate ya me sabe a poco. La fiebre no remite, los ojos acuosos ya no tienen lágrimas.


No me pidas que te perdone, porque soy yo quien extendió demasiado alto las alas... El remedio para esto se llama olvido, y no quiero abrazarlo de momento, hasta que sepa el mundo una sola cosa. El motivo por el que sigo viva y muerta, libre y aprisionada. Me hubiera gustado susurrártelo al oído, pero no me saldrían las palabras, y mis mejillas pasarían por toda la gama de rojos, granates y escarlata...

Pues bien, sin poner más trabas, firmo mi sentencia de muerte no pronunciada: estoy lisa y llanamente perdida, triste y amargamente enterrada. Y es que de tí, de tu sonrisa y de tu pecho, hasta el tuétano y los huesos, estoy más que enamorada.