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jueves, 17 de julio de 2014

«Te quieren casi casi vivo», instrucciones delirantes sobre cómo no debe leerse “Humano” de Diego Lebedinsky





          
  Vivimos, sin apenas darnos cuenta, en posición fetal. El ser humano parece no haber salido del vientre de su madre todavía, y todo lo hace a tientas, con miedo, para no salirse ni un milímetro del camino marcado, línea fronteriza y absurda que el mundo ha trazado para él.
            Hipotético amigo: ahora te pido que salgas de ahí y abras Humano. ¡Pero hazlo ya! Abre las tapas rígidas de Humano. Sí, así, eso es, hacia arriba, como si fuera un álbum de fotos antiguo. ¿Qué es lo ves? Probablemente letras, muchas letras. -como en todos los libros, por otra parte-.
            Querido lector (nótese la confianza, la cercanía con que te hablo): esta vez quiero que vuelvas a mirar y respondas a mi pregunta, haciendo gala de ese cráneo privilegiado que dices tener. Humano es un hervidero de imágenes virulentas: una sucesión infatigable de versos que no tienen suficiente con inundar las páginas, sino que además se cuelan en todos los rincones, y salpican en los ojos -si te acercas mucho, incluso en el corazón-. ¿Una definición de Humano?: hermoso ser con vida propia. Los collages que habitan en él, a primera vista delirantes, se convierten en el acompañamiento perfecto de la armonía poética. Gracias a esto, disfrutar de su lectura es más fácil que acallar a un argentino, -como el autor de este libro, por ejemplo-.
            A continuación, me gustaría que os imaginaseis a un tipo flaco atravesando el parque Lezama (barrio de san Telmo, Buenos Aires). Ese pibe piensa. Piensa mucho. Y luego pone por escrito sus reflexiones: ¿qué es el arte y cuáles son sus límites?, ¿tiene nombre propio la muerte?, ¿quién controla el mundo y quién nos controla a todos?, ¿estamos tan sanos como nos dicen nuestras madres?, y lo que es más importante: ¿de qué se alimenta el señor que atiende el quiosco de la esquina?, ¿resistirá al paso del tiempo, o sucumbirá entre alfajores y bizcochos de mate?
            ¡Cuidado! Llegados a este punto no queda más remedio que dar un gran salto geográfico -que no existencial, ojo-. Las anchas calles bonaerenses se transforman en las estrechas aceras de Lavapiés, en el centro de la capital española. Cuna de “poetas bohemios” y restaurantes indios, Lavapiés se convierte en lo que es, ni más ni menos: un rincón del mundo como cualquier otro, donde late el espíritu de Allen Ginsberg, Bob Dylan o Roberto Menéndez (véase el poema “A mí me importa”, pág. 13).
            Aviso a navegantes: el autor de la obra me confesó que su libro podía entenderse como una declaración de intenciones. Traducir ese complejo sintagma a nuestro idioma equivale a decir que todos y cada uno de los pedacitos humanos que componen este libro son fruto de su mente perversa, y que nadie más podrá asimilar  la maravillosa y única “Cagada de perro sobre raíces salientes de un árbol”. Eso sí, podéis intentar salir de vuestro agujerito y asomaros a este pozo de realidad. -¿Dije pozo? Ay. Lo que yo quería escribir era inyección de realidad-. Probad con esta nueva y novedosa droga, colegas. Si no os satisface, siempre podéis hacer como Diego Lebedinsky:

                Señores:
                quisiera escribir un poema
                en la hoja de reclamaciones. 



lunes, 24 de febrero de 2014

«Un deseo de aquí. Una memoria de allá », impresión literaria sobre "La misma hora todo el tiempo" de Diego Lebedinsky



Dicen que la portada no es vital en un libro. Ejem. Pues yo tengo una objeción. Creo que eso solamente pueden decirlo aquellos que no sienten una devoción real por el objeto encuadernado que tienen en sus manos a la hora de la lectura.
Un corazón que pende de un hilo ante el rostro desamparado de un títere con apariencia de hombre: esta es la imagen que acompaña al título, ese título tan hondo que revela su disfraz de verso, que enseguida encontraremos en el interior. El creador frente a la hoja se está mirando a sí mismo, como en un espejo, y susurra en un murmullo la soledad/ es muy parecida a esta hora. Acá está un elemento clave, una pieza esencial en este libro mágico: la palabra escrita es un refugio para el poeta, que establece una batalla cuerpo a cuerpo con el lenguaje, lo invoca y deja que fluya libremente sobre el papel. Pero, ¿acaso esto silencia el resto de las cosas? ¿Acaso la mente y el recuerdo enmudecen ante los versos? No. Absolutamente no.
El cuerpo del domador se dobla en dos, sufre, y entre convulsiones logra articular: Hice mi cuerpo/ de búsquedas difíciles/ de soledad/ de hartazgo. (…) Hice mi cuerpo/ de muerte venidera. Las palabras maltratan a este ser que es un dios en cuanto creador, pero que, sobre todo, sigue siendo un hombre, un ser humano. Las palabras le hacen llorar hacia dentro, tratar de ponerle voz al imaginario cotidiano, en una búsqueda diaria de algo que está más allá, difícil de expresar, imposible de contener. Así, versos tan sencillos como estos hacen palpable la herida, la desgarradura ante los objetos, las cosas: el cielo en posición fetal/ apretado / sobre las ventanas. ; La tarde/ descosida en el calendario o una violenta dentellada/ de flores/ desabrochadas en la lluvia (…) La duda/ se alimenta de agujeros o el día/ tiene la arquitectura /de una hamaca cotidiana. Las muestras, como se puede ver, son infinitas. Hay que trasladar esto al mundo, y eso es algo que solo se puede hacer con la lectura.
El ejercicio (impuesto y no) del silencio es otro de los dones de este poemario. La imposibilidad de decir que aullaba Alejandra Pizarnik late en muchos de los versos de Diego Lebedinsky: Todo parece feliz/ pero no es verdad. Aquí nacen los minutos de silencio; El silencio se abalanza/ sobre todo lo que existe; En el silencio retumban/ las palabras no alcanzadas/ piden tormentas/ ennegrecen/ cualquier horizonte.
Recupera, con maestría, elementos ya empleados por la gran poeta: aquí vuelven la noche, el jardín, las voces, la ofrenda, las sombras: la noche/ no solo es más oscura/ que el día; Voy a deambular sobre la noche/ con mis manos. No falta, tampoco, el juego con la paradoja, los hilos de incertidumbre, que empujan a un murmullo, apenas un balbuceo (contundente, eso sí) al final del poema: me siento a ver/ lo que no será.

Y, en fin, ¿cómo describir a mi vez con palabras la impresión que desprende este libro deslumbrante? Hoy mi corazón/ es de un donante, nos dice el poeta, ya totalmente despojado de sí. El mío tiembla desbocado ante tanta letra viva y tanta literatura. Ante algo tan tan humano. 

Lean La misma hora todo el tiempo. Hagan el favor.