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domingo, 2 de marzo de 2014

«Un rumor de lila rompiéndose», palabras sobre “El beneficio de la enfermedad” de Yasmín C. Moreno


Los primeros síntomas de la enfermedad en Yasmín se anuncian desde esa niña fantasmagórica de la portada, que nos deja casi sin respiración. Es ella misma, saliendo de su propio cuerpo, huyendo de la extrañeza que a veces supone estar encerrado dentro de una urna de órganos y pieles.
El cuerpo. En este poemario de Yasmín tiene una gran importancia todo aquello que procede del cuerpo, los instintos y las pulsiones primitivas. Constantemente desfilan en los versos el hambre, el deseo, la rabia, la crueldad, la ternura…
Y es que aproximarse a la enfermedad quiere decir adentrarse en una de las cosas que más tememos: el descontrol y el caos, el malestar y la fiebre. La enfermedad no es algo deseado. La enfermedad es algo que nos confirma lo frágiles que somos en realidad, lo efímero de la existencia y la posibilidad de la muerte. En El beneficio de la enfermedad, la poeta alude a enfermedades asociadas comúnmente a las mujeres en la adolescencia, como son la bulimia o la anorexia, pero también se enfrenta a la vejez prematura, la viudez y a la maternidad, que tiene una cara amable (excitante incluso)  y una cara oscura, que entraña el hecho de dar a luz a un ser que va creciendo poco a poco en las entrañas, y que llega a convertirse en parte de ti, y no querer salir.
¡Quién no ha deseado ser un feto para siempre!  (Pienso aquí en el feto parlante de Marsé en Rabos de lagartija. Un buen lugar de enunciación…)
Por tanto, nos encontramos en este libro con una doble faceta de la enfermedad: el rechazo y al mismo tiempo, una verdadera adicción por ella: Cómo pude enfermar estando contigo/ el cuerpo enfermo se convierte en un monstruo ávido. Hay una prolongación del cuerpo a la realidad, de modo que el cuerpo también se convierte en casa, una casa no siempre apacible, habitable. Uno de los motivos repetidos constantemente es el perpetuo nomadismo, el hecho de no tener un hogar (no hay hogar es lo mismo que decir que cualquier sitio es el hogar).  También es relevante esa condición de orfandad escogida que se presenta en poemas como “Muerte al padre”, que rezuma amor y extrañeza a partes iguales, o en el verso como si yo fuera mi propia madre, un feto abierto de mí. Por supuesto, la creación, el acto creador mediante la escritura es concebido como parto, como un proceso físico, visceral.
¿Qué nos provocan estos versos? A veces, pueden rozar el desagrado. Pero otras, en la mayoría de las ocasiones, la belleza y el horror se conjugan de tal manera que el resultado es plenamente estético y rotundamente literario. La enfermedad más grave en este libro es la de la letra, tema que repite obsesivamente: Si he de morir, que muera de esto. / Sé que moriré de mí misma. Esta poética que nace en el desgarramiento, le lleva a escribir versos tan estremecedores como: Quien está llamado al abismo lo estará siempre. Eso se sabe./ Y volverá a caer. Una/ y otra vez. ¿Una poética del abismo? ¿Un coqueteo descarado con la muerte? En la poeta no hay miedo, no hay elección. Elementos escatológicos acentúan el vértigo; en este libro hay gran profusión de los líquidos: semen, papillas y sangre, bastante sangre, o verbos como mearse y regurgitar, de gran sugerencia.  Por supuesto, abundan los tecnicismos, manejados hábilmente: etología, ontología, movimiento microsacádicos… Todo este léxico, combinado con palabras más amables y dulces -no nos olvidemos, por favor, de ese poema, tan pizarnikiano por otra parte-:

Despertar en un campo de lilas,
No despertar nunca del todo, ser
Un campo de lilas.
Ser la planta y su esqueleto
Y la lluvia y la lágrima y el
Campo de lilas.
Eso
Fue lo que me pasó.

Todo este conjunto de elementos, digo, son un reflejo y una pequeña muestra de la vida, y especialmente, de aquello que duele y a lo que tememos pero que, al mismo tiempo, nos hace falta, porque forma parte de nosotros. Estar enfermo es que se preocupen por ti, es ser cuidado y devuelto por unos instantes a la infancia, a la bondad. ¿Es un crimen fingirse enfermo? ¿Es un crimen ponerlo por escrito?
Creo que no.
Este librito es una parábola, una exploración del hombre y un acercamiento a las pasiones que nos definen como seres humanos.
La escritura como necesidad febril para decir lo que no hay, para pronunciar el silencio:

Callar mucho tiempo es otra forma de ayuno
No abrir la boca para vaciarse hasta el fondo.

***
Concentré tanto mi pasado en una luz
Cuando no tenía pasado

He escrito tanto sobre la enfermedad
Para no estarlo.

Lean a Yasmín. Súfranla.


jueves, 27 de febrero de 2014

Nosotras: el deseo y la palabra

No oigo los sonidos orgasmales de ciertas palabras preciosas -dices, en un susurro, y yo me pliego hacia dentro, poseída por un deseo furioso y sangriento, un deseo que nada tiene que ver con Sade, un deseo que estaba en mí mucho tiempo antes de leer a Nabokov.
El deseo. La palabra deseo no me pertenece, no puedo nombrarla. No sé nombrarla. 
Qué inútil eso que llaman éxtasis, eso que llaman clímax, eso que se conoce como el paraíso. Pero el paraíso por qué, si somos sólo piel, uñas, costras. El paraíso, la más nítida de las distopías posibles. 
Un incendio. Un incendio convocado en cada una de las líneas, un incendio que todo lo arrase y me arrastre a mí con él. Que me ate fuertemente a la tierra, al barro, a la vida.
Qué fuimos sino cenizas, Alejandra. Yo tampoco oigo los sonidos orgasmales. No. Yo no voy a fingirlos. A decir: esto es mi cuerpo y esa es la tinta y, el resto, un torrente que puedes llamar deseo o pálpito o soledad bordada o pura incertidumbre. Yo querría haber hablado entonces con tu voz para que ahora fueras tú (vos, vos) quien gritase con la mía. La última inocencia. O la penúltima.
Quien diga que somos inocentes miente. Quien diga que somos malvadas miente. Quien diga cualquier cosa sobre nosotras miente, porque yo no soy esa ni soy ninguna ni soy yo misma.
Este es nuestro secreto. Voy hacia ti con hambre de palabra.




lunes, 24 de febrero de 2014

«Un deseo de aquí. Una memoria de allá », impresión literaria sobre "La misma hora todo el tiempo" de Diego Lebedinsky



Dicen que la portada no es vital en un libro. Ejem. Pues yo tengo una objeción. Creo que eso solamente pueden decirlo aquellos que no sienten una devoción real por el objeto encuadernado que tienen en sus manos a la hora de la lectura.
Un corazón que pende de un hilo ante el rostro desamparado de un títere con apariencia de hombre: esta es la imagen que acompaña al título, ese título tan hondo que revela su disfraz de verso, que enseguida encontraremos en el interior. El creador frente a la hoja se está mirando a sí mismo, como en un espejo, y susurra en un murmullo la soledad/ es muy parecida a esta hora. Acá está un elemento clave, una pieza esencial en este libro mágico: la palabra escrita es un refugio para el poeta, que establece una batalla cuerpo a cuerpo con el lenguaje, lo invoca y deja que fluya libremente sobre el papel. Pero, ¿acaso esto silencia el resto de las cosas? ¿Acaso la mente y el recuerdo enmudecen ante los versos? No. Absolutamente no.
El cuerpo del domador se dobla en dos, sufre, y entre convulsiones logra articular: Hice mi cuerpo/ de búsquedas difíciles/ de soledad/ de hartazgo. (…) Hice mi cuerpo/ de muerte venidera. Las palabras maltratan a este ser que es un dios en cuanto creador, pero que, sobre todo, sigue siendo un hombre, un ser humano. Las palabras le hacen llorar hacia dentro, tratar de ponerle voz al imaginario cotidiano, en una búsqueda diaria de algo que está más allá, difícil de expresar, imposible de contener. Así, versos tan sencillos como estos hacen palpable la herida, la desgarradura ante los objetos, las cosas: el cielo en posición fetal/ apretado / sobre las ventanas. ; La tarde/ descosida en el calendario o una violenta dentellada/ de flores/ desabrochadas en la lluvia (…) La duda/ se alimenta de agujeros o el día/ tiene la arquitectura /de una hamaca cotidiana. Las muestras, como se puede ver, son infinitas. Hay que trasladar esto al mundo, y eso es algo que solo se puede hacer con la lectura.
El ejercicio (impuesto y no) del silencio es otro de los dones de este poemario. La imposibilidad de decir que aullaba Alejandra Pizarnik late en muchos de los versos de Diego Lebedinsky: Todo parece feliz/ pero no es verdad. Aquí nacen los minutos de silencio; El silencio se abalanza/ sobre todo lo que existe; En el silencio retumban/ las palabras no alcanzadas/ piden tormentas/ ennegrecen/ cualquier horizonte.
Recupera, con maestría, elementos ya empleados por la gran poeta: aquí vuelven la noche, el jardín, las voces, la ofrenda, las sombras: la noche/ no solo es más oscura/ que el día; Voy a deambular sobre la noche/ con mis manos. No falta, tampoco, el juego con la paradoja, los hilos de incertidumbre, que empujan a un murmullo, apenas un balbuceo (contundente, eso sí) al final del poema: me siento a ver/ lo que no será.

Y, en fin, ¿cómo describir a mi vez con palabras la impresión que desprende este libro deslumbrante? Hoy mi corazón/ es de un donante, nos dice el poeta, ya totalmente despojado de sí. El mío tiembla desbocado ante tanta letra viva y tanta literatura. Ante algo tan tan humano. 

Lean La misma hora todo el tiempo. Hagan el favor.


viernes, 11 de octubre de 2013

Gritos de mujer: Alejandra Pizarnik (1936-72)




Entonces tú dices Alejandra e inmediatamente ellos piensan: loca. Y es muy triste. Porque yo necesito de Alejandra, porque ella me acunó en su seno durante noches y noches en las que no podía hacer otra cosa que leerla en voz alta, traer sus versos a mis labios, sabernos una sola. 
Encontrarla fue muy hermoso. Pero más aún lo es saber que va a estar siempre cerca. Eso es un hecho. Y cuando el resto habla de suicidio, yo me tapo los oídos, por si las moscas.
Alejandra no está muerta, ¿cuántas veces tendré que repetirlo?

A continuación recojo una selección de sus heridas:


Escribes poemas
porque necesitas
un lugar
en donde sea lo que no es
                       
                     *

querer quedarse queriendo irse

                     *

si solamente hicieran una hoguera en mis labios
para quemar las sílabas que no se unen

                     *

Las cosas amarilleaban frente a mis ojos
recién venidos de un sueño de otoño.

                      *

no oigo los sonidos orgasmales de ciertas palabras preciosas.

                     *

entrar entrando adentro de una música al suicidio al nacimiento

                      *

Alguien entra en el silencio y me abandona.
Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Te anuncias como la sed.

                       *

Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde.
                       
                        *

tu voz
en este no poder salirse las cosas
de mi mirada
ellas me desposeen
hacen de mí un barco sobre un río de piedras
si no es tu voz
lluvia sola en mi silencio de fiebres
tú me desatas los ojos
y por favor
que me hables
siempre

                         *

Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.

                          *

cuando vea los ojos
que tengo en los míos tatuados