jueves, 24 de julio de 2014
hermosa turbulencia
eras un niño perdido y yo te amaba.
una por una conté las arrugas que aún no tenías, pero que iban poco a poco naciendo en tu silencio.
rostro abatido, desdibujado apenas, temblor o dulzura:
necesidad ronca de ser
remanso de vida en medio del páramo.
brillé con todas mis fuerzas.
en un instante preciso fui luna y constelación, satélite indecente que se hubiera escapado de su órbita.
-el amor no nos lleva a hacer tonterías,
simplemente saca a la luz el lado más vulnerable que hay en nosotros-.
me pregunté si el tiempo podría ayudarnos.
la respuesta era no.
conocía de memoria el ritmo de tus latidos.
pero, ¿qué significa latir?
dime:
se puede latir de miedo.
se puede latir de excitación.
- yo desconozco qué es eso que atraviesa mi cuerpo cuando estamos frente a frente
yo desconozco de dónde me nace este impulso,
esta depravación.
¿y sabes qué?
me da exactamente lo mismo-.
eras un niño perdido. yo era una niña perdida.
esa fue nuestra mayor virtud.
jueves, 17 de julio de 2014
«Te quieren casi casi vivo», instrucciones delirantes sobre cómo no debe leerse “Humano” de Diego Lebedinsky
Vivimos,
sin apenas darnos cuenta, en posición fetal. El ser humano parece no haber
salido del vientre de su madre todavía, y todo lo hace a tientas, con miedo,
para no salirse ni un milímetro del camino marcado, línea fronteriza y absurda que
el mundo ha trazado para él.
Hipotético amigo: ahora
te pido que salgas de ahí y abras Humano.
¡Pero hazlo ya! Abre las tapas rígidas de Humano.
Sí, así, eso es, hacia arriba, como si fuera un álbum de fotos antiguo. ¿Qué es
lo ves? Probablemente letras, muchas letras. -como en todos los libros, por
otra parte-.
Querido lector (nótese
la confianza, la cercanía con que te hablo): esta vez quiero que vuelvas a
mirar y respondas a mi pregunta, haciendo gala de ese cráneo privilegiado que
dices tener. Humano es un hervidero
de imágenes virulentas: una sucesión infatigable de versos que no tienen
suficiente con inundar las páginas, sino que además se cuelan en todos los rincones,
y salpican en los ojos -si te acercas mucho, incluso en el corazón-. ¿Una
definición de Humano?: hermoso ser
con vida propia. Los collages que habitan en él, a primera vista delirantes, se
convierten en el acompañamiento perfecto de la armonía poética. Gracias a esto,
disfrutar de su lectura es más fácil que acallar a un argentino, -como el autor
de este libro, por ejemplo-.
A continuación, me
gustaría que os imaginaseis a un tipo flaco atravesando el parque Lezama
(barrio de san Telmo, Buenos Aires). Ese pibe piensa. Piensa mucho. Y luego
pone por escrito sus reflexiones: ¿qué es el arte y cuáles son sus límites?,
¿tiene nombre propio la muerte?, ¿quién controla el mundo y quién nos controla
a todos?, ¿estamos tan sanos como nos dicen nuestras madres?, y lo que es más
importante: ¿de qué se alimenta el señor que atiende el quiosco de la esquina?,
¿resistirá al paso del tiempo, o sucumbirá entre alfajores y bizcochos de mate?
¡Cuidado! Llegados a
este punto no queda más remedio que dar un gran salto geográfico -que no
existencial, ojo-. Las anchas calles bonaerenses se transforman en las estrechas
aceras de Lavapiés, en el centro de la capital española. Cuna de “poetas
bohemios” y restaurantes indios, Lavapiés se convierte en lo que es, ni más ni
menos: un rincón del mundo como cualquier otro, donde late el espíritu de Allen
Ginsberg, Bob Dylan o Roberto Menéndez (véase el poema “A mí me importa”, pág.
13).
Aviso a navegantes: el
autor de la obra me confesó que su libro podía entenderse como una declaración
de intenciones. Traducir ese complejo sintagma a nuestro idioma equivale a decir
que todos y cada uno de los pedacitos humanos que componen este libro son fruto
de su mente perversa, y que nadie más podrá asimilar la maravillosa y única “Cagada de perro sobre
raíces salientes de un árbol”. Eso sí, podéis intentar salir de vuestro
agujerito y asomaros a este pozo de realidad. -¿Dije pozo? Ay. Lo que yo quería
escribir era inyección de realidad-.
Probad con esta nueva y novedosa droga, colegas. Si no os satisface, siempre
podéis hacer como Diego Lebedinsky:
Señores:
quisiera escribir
un poema
en la hoja de
reclamaciones.
lunes, 23 de junio de 2014
sonata del silencio a gritos
Mi corazón es un ánfora que cae y que se parte.
Mi amarte es una catedral de silencios escogidos...
(Fernando Pessoa)
lo sé:tu manera de latir es controlada.
pareces tan firme y tan solo.
tu mano posada en la barbilla
o tu mano empuñando un boli
o tu mano que no es siempre la misma mano
pero que es tuya
y por eso la echo tanto de menos.
has de saber (si aún no lo sabes)
que me doblo en dos antes de escribir un verso
y detengo el flujo de palabras
porque están vacías de contenido
porque ya no laten como de costumbre.
luego
leo tus frases atropelladamente
y todo absolutamente todo
me sabe a precipicio.
no tengo fuerzas para el llanto
no tengo ojos para la victoria
desde que olvidé la palabra triunfo
o la palabra enero o la palabra humedad.
comprendo que poseer es insignificante
hasta que llega el instante de la pérdida
y aúllo interminablemente por si la luna
por si tus ojos
o por si de repente
un coche verde y viejo se detiene en la curva
y tú estás dentro hablando conmigo.
permanezco horas mirándonos
hipnotizada ante mi propia ternura.
-es tan hermoso-.
ojalá me besases.
(a mí
a la mujer real que llora en la ventana
y no al fantasma que te abraza en el coche).
domingo, 22 de junio de 2014
«Cuando a la orilla de tu ser me asomo», partitura para “Mañanas escogidas” de Víctor Sierra Matute
Suena una música
como un eco apenas perceptible, pero no por ello menos hermoso. El corazón se
templa. Es entonces cuando llega el momento idóneo para abrir de par en par las
ventanas de tu casa, para que entre de lleno toda la luz de un nuevo día. Esos
primeros rayos de sol de la mañana, cegadores, vitales y asombrosos, tienen la
misma textura que los versos de Víctor Sierra Matute.
Mañanas escogidas
se nos aparece de pronto, deslumbrante en su sencillez y chiquito en su
edición, elaborado a modo de cuaderno de artista gracias a Ártese quien pueda ediciones. Pero no nos fiemos de las
apariencias, porque este libro contiene en su interior sonetos de un
virtuosismo atroz, atentos al ritmo y a la rima, a la que cada vez está más
desacostumbrado el lector de poesía actual. Sin embargo, hasta el más terco
versolibrista habrá de reconocer la belleza de las liras con las que da
comienzo este cuaderno, y en las que el poeta no vacila un solo instante en
recuperar ese gran poema amoroso que es el Cántico
espiritual de san Juan de la Cruz, y que deja entrever en endecasílabos
como: “transforma al amador en cosa amada” o “de polvo de tu cuerpo me has
herido”. A este polvo, que es motivo constante en el poema, no ha de restársele
importancia, ya que es un abierto homenaje a otro de los grandes: Francisco de
Quevedo. Así, no podemos leer estos versos finales de Víctor: “De polvo como
yo, pero de polvo” sin recordar estos otros: “Polvo serán, mas polvo
enamorado*”.
Normalmente, los
poetas escogen la noche y su misterio para volcarse en la creación y sus
precipicios. No es este el caso de Mañanas
escogidas, donde la luz es clara protagonista y, con ella, la vida, la
esperanza, el amor. El poeta se derrama en el papel para evocarla a Ella, que
con su intenso reflejo, todo lo enciende y lo trastoca: “Yo quiero ser la luz
desenfocada/ que duerme en tu pupila algunas veces.”; “Hoy vas nombrando el día
con los ojos/ y todo lo que tiene es todo tuyo”; “Tú ajena a todas estas
pequeñeces/ me miras y sonríes y amaneces”.
Otro de los
secretos (necesito desvelarlo, lo siento) que contribuye a crear estos poemas
dignos de un maestro orfebre, es sin duda la adopción de una estructura
circular, cíclica, que recuerda a los mejores poemas de Jorge Luis Borges tales
como “Arte poética” o “El poema de los dones”. El poeta, inmóvil frente a su
propia obra, interrogándola en medio del sueño, en una búsqueda de respuestas
que ralla lo imposible: “¿En qué destinos circulares/ quedaron atrapados
nuestros pocos/ universos de miel y de chatarra/ goteante?...
Y es que la
respuesta, si existe, sólo puede estar en la comunión de una piel con otra
piel, que se alza como una sola bandera y no sólo construye al poema, sino que
hace del poema un lugar habitable: “¿estamos o quizá ya hemos estado/ tan
juntos que mi lado es ya tu lado/ pues tienen los dos cuerpos mismo centro?”;
“La carne fue misión y estuvo viva/ cuando tuvo a su lado esa otra carne”. El
propio autor me confesó, durante un inolvidable paseo en el que contemplamos
desde las alturas la belleza de los tejados madrileños, que le gustaba pensar
que sus poemas podían suceder dentro de esas casas, en todos esos hogares. Y
ahora yo puedo decirle, con su libro en una mano y el corazón en la otra, que
sus palabras son un buen lugar donde sentarse a vivir, donde permanecer y
hacerse grande.
Cierro
estas líneas con una deliciosa estrofa del Cántico
espiritual, para que podáis capturarla y abrazarla, tal y como hizo en su
día Víctor:
De
flores y esmeraldas
en
las frescas mañanas escogidas,
haremos
las guirnaldas,
en
tu amor florecidas,
y
en un cabello mío entretejidas.
*Del soneto de Quevedo “Amor
constante más allá de la muerte”.
sábado, 21 de junio de 2014
eco matutino
de polvo de tu cuerpo me has herido.
(Víctor Sierra Matute)
mi cuerpo
sin tu cuerpo
como una cama de hotel
casi deshecha
en la que nunca
nadie
quiso hacer el amor
domingo, 15 de junio de 2014
poemas en la trinchera
no tembló mi pulso al disparar.
después
no hubo después sino angustia.
* * *
nos atrincheramos detrás del poema
hasta la pólvora
hasta el desgarramiento.
* * *
mientras duró la guerra
tuve pesadillas contigo.
no sabes cómo duele tanta paz.
* * *
no tengo miembros con los que acariciarte.
qué suave eres aquí
en mis pensamientos.
* * *
morir solo
en tierra de nadie.
qué fácil.
miércoles, 11 de junio de 2014
«Lo real empieza en la palabra», un vuelo de pájaro sobre “La fábrica de hielo” de Silvia Nieva
Hay que leer a los clásicos; hay que
aprender de los clásicos. Pero no sólo.
Vivo rodeada de personas que escriben y,
lo que es más importante, personas que recitan en lugares públicos los delirios
que otros guardan en un cajón. Y eso es imprescindible: hacer poesía real,
poesía que salga a la calle y se cuele por todos los rincones, poesía para
despertar, para no vivir en un limbo literario que no existe ni existirá nunca.
La poesía de Silvia Nieva es un fenómeno
meteorológico inexplicable, de una naturalidad que hace cosquillas en cada
poro, en cada centímetro de la piel. Y escucharla resulta un ejercicio de
autocontrol que consiste en no ceder al tambaleo, al peso que tienen sus
palabras bien escogidas, sabiamente domadas, pero siempre desde una mirada
humilde, la de la poeta que se hace al escribir, que si se atreve a construir
es porque antes se ha aclarado la voz y ahora está preparada para el grito:
Mientras, yo,
que existo para dar sentido a las
palabras,
que soy solo una imagen de lo
arbitrario de su signo,
entiendo hoy que ellas fueron
antes,
y declaro,
que la poesía ocurre
e inventa a los poetas. (pág. 19)
En “La fábrica de hielo” podemos
advertir que Silvia posee conciencia del lenguaje, tanto en versos donde se
pone de relieve la arbitrariedad del signo, el vacío inevitable de la letra: “Puedo
decir gafas, llámame, bastón y pelo. /Puedo decir que no puedo./ Y diré
sólo palabras”, como en otros en los que muestra que el único dueño del
lenguaje es el hablante, que tiene en sus manos el poder (a veces el dolor) de
crear, dar vida y sostener las cosas que nos rodean: “Esparadrapo. /Mi abuela
lo llama espadatrapo. / Mujeres que
inventan palabras el mundo y las palabras, /para evitar que otros escriban los
diccionarios”.
El frío está muy presente a lo largo de
todo el poemario. Es un frío que proviene de dentro, inherente a la existencia
y los obstáculos que se hallan en el camino. Así, la poeta estalla en
fragmentos desordenados de sí misma, de modo que es ella, y no otra, quien
tiene el poder para elevarse o hundirse, para volverse invisible o trascender: “Soy
la absurda heroína de mi drama cotidiano;” “Soy la socorrista de mi derrota”; “Soy
la arena de mi propio fango”. Pese a las dosis de hielo que flotan en las páginas como diminutos icebergs, creo que la clave del libro se encuentra en
un verso que reza de la siguiente manera: “Será que hay que vivir”. Esta rotunda
defensa de la vida es aquello que mueve el corazón del lector que, al
reconocerse en las palabras de la poeta, vuelve a ellas una y otra vez, de modo
que las hace suyas y de toda una colectividad; versos, en definitiva, que
luchan por hacerse universales.
Y esto no es todo, ni mucho menos. En la poesía de Silvia anida el
sobresalto, la magia, lo que no es posible prever y, sin embargo, sucede: “No
quiero jugar a las piedras, la tiza, las piedras, /el salto, y las piedras./
Porque si salto no toco suelo/ y volar es otra cosa”. Aquí está la libertad de
la escritora, sus alas enormes, que vuelan por encima del resto aun a pesar de
las inclemencias: “No quiero el instante rápido de lo público, / el esconder de
la batalla. No quiero que saber leer nos obligue a leer.” La palabra
conformidad no tiene lugar en su diccionario, y ella lo sabe. Esta fábrica
necesita alimentarse de un combustible especial, que sigue su ritmo propio:
“Pido ser lenta,/ que me dé tiempo a hacer el mundo”,y ante todo, tiene clara
su labor, que no es otra que la de poner sobre el papel lo real, que empieza y
termina en la palabra, en la de Silvia y en la de todos los que creemos en el
poder de la escritura: “Sé construir,/ puedo morirme hoy. He terminado”.
Al sol, el hielo tarda poco en
derretirse; no así sus palabras, cálidas e inmortales.
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