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jueves, 22 de marzo de 2012

Sumisión pétrea



Me sé estatua petrificada
de trazo violento y arriesgado escorzo.
Me sé barroca en facciones,
y mis gestos se contorsionan
como serpientes rojas sin veneno alguno.
Me sé efigie, me sé altanera,
me sé silenciosa en mi grito de mármol,
me sé ojos abismo, me sé piedra
-roca dura, alma vieja-
tallada de improviso por una mano
-esa que habla conmigo mientras
va moldeando mis venas con cuidado
y a golpe de cincel-.
Me sé admirada, me sé poseída,
me sé completamente suya,
me sé artificio del sentido
pero me ignoro.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Pintando la realidad

El metro se ha parado a medio camino esta mañana; y yo con los desdenes de febrero atravesados en la garganta.
Si fuera retratista, pintaría cada nuevo día un óleo diferente, mezclando los colores en esa paleta inabarcable y sorprendente que es nuestra imaginación; pero como desafortunadamente el don de la pintura lo heredó mayoritariamente mi hermana, me limito a dibujar mentalmente la tonalidad de las vidas ajenas, sus brillos e imperfecciones. Disimulando mi condición de usurpadora sentimental en medio de un vagón abarrotado de gente, -en el cual he conseguido hacerme un huequito digno tosiendo un poco con aire enfermo- me confundo entre los viandantes, y comienzo a perfilar el retrato de una señora cualquiera, que apoyada en la barandilla más cercana, parece un trazo grueso de una brocha algo estropeada. A su lado, una niña con las mejillas carmín de granza me devuelve una sonrisa torpe y cansada, pero no por ello menos exultante. Frente a mí, dos ojos verde esmeralda yacen entrecerrados bajo unas gafas redondas, y cada vez que se abren, lo hacen como si fuera la primera y única vez. Sentado codo con codo, se halla un hombre difuso, con la cobarta amarillo cadmio bailando en su pecho, único foco de luminosidad en su oscura figura. Contrastes, contrastes... Y no muy lejos, el azul cobalto de un abrigo me recuerda los cuadros antiguos de mi madre, -furiosos paisajes que gritan en silencio, oleajes durante una tempestad donde se funden azul ultramar y violentos morados, abstractos túneles que parecen no tener fin, caprichos surrealistas donde se adivinan imágenes mitólogicas, retratos inquietos en sepia o carboncillo, y románticos paisajes impresionistas, mis favoritos, donde todo puede suceder.
Por fin, el banboleante metro -de la línea seis, indudablemente-, se detiene, y las puertas del vagón ceden con asombrosa lentitud. Los límites de mi cuadro se pierden, inevitablemente, y sin perder más tiempo, guardo los pinceles y me zambullo de lleno en la obra de arte inacabada: ese magistral retrato que es la vida, y que cada nuevo día me abruma con la intensidad de sus tonalidades.

viernes, 21 de enero de 2011

Ensueño al amanecer, viaje hacia ninguna parte...







Bosteza el sol en la mañana sobre los campos desnudos. Silenciosa pero insistentemente, un nuevo día despereza sus ojos entrecerrados, cansados, tercamente legañosos. La escarcha se derrite a duras penas entre temblores de pestañas. La noche ha sido hostil. - Y amanece, que no es poco-.

Amanece ante mis ojos meláncolicos, que se dejan arrastrar por una sucesión interminable de imágenes, que cada día se repiten, sin remedio. De pronto el tren acelera, dejando atrás viajeros desconocidos, con rostros desconocidos y corazones impacientes. Tal vez les vuelva a ver en algún momento de mi vida, tal vez no: frente a mí, unos insistentes ojos negros, entre tímidos y curiosos, me miran de perfil, se revuelven, se esconden y por fin se lanzan a un duelo absurdo por vencer a los míos. -Es inútil siquiera intentarlo: los ojos azules encadenan-.

Un poco más lejos, una sonrisa amarga se dibuja en un rostro opaco y gris, que apenas se refleja en el cristal, como si de la sombra de un fantasma se tratara. A su lado, resplandece una solitaria mujer, elegante y altiva, que se tambalea sobre sus tacones, demasiado altos. Junto a la ventana, un hombre extraño frunce los labios con enfado mientras lee el periódico, ese periódico que luego dejará abandonado en el asiento, y que inevitablemente, caerá en otras manos.

Me desconcierta el concierto de voces, ecos sonoros sin sentido; y las risas estridentes, y los silencios prolongados, y los amaneceres en el tren, a través de la ventana, que me inspiran con su belleza cuando nadie me está mirando. Esa belleza frágil, suspendida de un hilo... trasparente pero nítida, palpable y cálida, pero caprichosa.

Y es que a veces, me da pena que nadie contemple con estos ojos las primeras luces del día, las pinceladas dulces de la alborada, que sonrojan el cielo, tiñendo de naranjas la línea del horizonte, y susurrándome al mismo tiempo, versos desiguales que repito mentalmente hasta la extenuación.
Con los labios entreabiertos, cada día aprendo a resucitar de mis cenizas. Y es que, desde el tren, todo pasa más deprisa, incluso la vida, pero el tiempo se inmortaliza.

Los paisajes, como estampas, se quedan grabados en mi memoria: no necesito fotografías.
Los minutos se consumen, el tren se detiene, y todo vuelve a la normalidad. Entonces, justo antes de pisar el andén, mis pies vacilan; y me gustaría no bajar nunca del tren, y emprender un viaje, a cualquier destino que no sea mentira. "Un viaje hacia ninguna parte, donde tal vez exista la poesía..."